lunes, 2 de abril de 2012

Ética App-licada

Según contó hace algunas semanas el periódico The New York Times, en una cena el año pasado del Presidente Obama con la crema y nata de Sillicon Valley, el mandatario le preguntó a Steve Jobs, el fundador de Apple, qué se necesitaba para que los empleos manufactureros que se habían ido a China volvieran a Estados Unidos. “Esos empleos nunca van a volver”, le contestó brutalmente el creador de los iPhones, iPads, MacBooks y otros prodigios tecnológicos que han hecho de Apple la empresa más valiosa del planeta.
Lo que el Presidente Obama quería saber era cómo hacer para que Estados Unidos se parezca más a China, pero la realidad indica que lo que está pasando es justamente lo contrario y en muchos aspectos, es deseable que así sea. Hablemos de la investigación hecha por una ONG internacional, la Asociación para el Trabajo Justo (en inglés, FLA) sobre las condiciones laborales de los empleados que trabajan en Foxconn, el conglomerado manufacturero de origen taiwanés que hace los productos de Apple en China.
Hecha pública esta semana, la investigación confirma lo que todo el mundo sospechaba y es que las condiciones en Foxconn dejan mucho que desear. Semanas laborales de más de 60 horas, ciclos de hasta 11 días sin descansos y artificios matemáticos para evitar pagar tiempo extra, son la norma en las factorías que escupen aparatos electrónicos a razón de uno y medio cada segundo.
La reacción al reporte de la FLA fue igualmente vertiginosa. Apple, que sabe identificar una buena oportunidad de marketing cuando la ve, prometió corregir todas las anomalías y trabajar con el proveedor para empezar a ofrecer a su mano de obra condiciones laborales que se acercan más a las de sus pares en Occidente. Es un resultado de la globalización que está elevando el piso para beneficio de los trabajadores chinos.
Como en las fábricas de Foxconn se hacen productos de muchas marcas y no sólo los de Apple, el encarecimiento de la manufactura china, al menos en el ramo electrónico, será general. Dudo mucho que Apple y otros empresas lo descontarán de sus márgenes, o sea que se lo trasladarán al consumidor, lo cual es indeseable si uno mira su propio bolsillo, pero correcto si hemos de acabar de una vez por todas con la hipocresía de vivir criticando a China, mientras nos beneficiamos de los precios bajos de todo lo que produce.
No hay vuelta que darle, si las fábricas chinas se empiezan a parecer más a las de Estados Unidos la vida será más cara, pero quiero creer que el mundo será un lugar un poco mejor cuando explotar a los operarios deje de ser la norma y pase a ser la excepción.
Quiero dedicar unos párrafos al papel de la prensa en todo esto. Durante años se ha sabido que detrás de los muros inexpugnables de las fábricas de Foxconn en China, hay cientos de miles de millones de personas que llevan una existencia miserable.
Una racha de suicidios de una veintena de obreros ocurrida hace dos años causó algún revuelo, pero no encendió las alarmas.
Lo que empezó a hacer que el asunto caminara en la dirección correcta, fue una serie de reportajes aparecida en The New York Times a comienzos de este año, en la que el periódico exponía el costo humano asociado a la producción de iPhones y iPads.
La forma tan exhaustiva pero al mismo tiempo equilibrada en que el periódico inspeccionó la cadena de suministros de Apple, resultó teniendo un impacto fundamental y sospecho que duradero en las relaciones laborales en China.
No fue la prensa libre de Beijing –ah, se me olvidaba que eso no existe- ni la presión de nosotros los consumidores negligentes lo que destapó la olla, sino un grupo de reporteros que estaba haciendo su trabajo. He aquí otro aspecto en el que, contrario a lo que quiere el Presidente Obama, China debería parecerse más a Estados Unidos.
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miércoles, 4 de enero de 2012

Lecciones

Nueva York.- Por si faltaran evidencias de que el crecimiento mundial está siendo liderado por Asia, un dato reciente que da mucho para pensar: el número de estudiantes chinos en pregrado en universidades de Estados Unidos aumentó 43 por ciento en el ultimo año, mientras que los ciudadanos chinos matriculados en estudios de postgrado subió 23 por ciento. En este momento, uno de cada cinco estudiantes internacionales en EEUU proviene de China, uno de cada siete de la India y uno de cada diez de Corea del Sur.
La presencia de estudiantes asiáticos en las universidades norteamericanas no es nueva –hace dos o tres décadas el mayor influjo era de japoneses- pero el actual salto en las matrículas de estudiantes chinos muestra que a medida que China gana poder, un porcentaje mayor de su población aspira a recibir la que es considerada la mejor educación universitaria del mundo.
Siguiendo este tema, me puse a leer las reacciones de los lectores estadounidenses a la noticia de que casi 160 mil chinos entraron a universidades de este país en el ultimo año y lo que encontré me sorprendió. Lejos de pensar que agregarle diversidad a la comunidad estudiantil la hace menos parroquial y ayuda a sus miembros a desenvolverse en un mundo globalizado, muchos de quienes comentaron el hecho, ven la oleada de estudiantes asiáticos como una amenaza.
No basta, dicen, con que los trabajadores chinos estén acabando con los empleos de millones de nortamericanos, sino que la superioridad educativa del país está siendo compartida, y posiblemente mejor aprovechada, por un número creciente de extranjeros que tiene los recursos para costearla.
Argumentan también que los estudiantes foráneos y en particular los asiáticos, son los responsables por el aumento a niveles estratosféricos de las matrículas universitarias, lo que ha hecho cada vez más inalcanzable la educación de primera calidad para la población en general. Muchos comentarios parecen puro y simple racismo, pero creo que en el fondo todos reflejan el miedo creciente a que China siga ganando terreno frente a Estados Unidos. Eso, si bien es entendible, tambien es un error.
Anque es verdad que las universidades norteamericanas se benefician de tener estudiantes de afuera que, al contrario de los locales, pagan matrícula plena y rara vez reciben becas o préstamos, las bondades de tener un alumnado diverso van más allá.
Para empezar, les da a los estudiantes locales una ventana al mundo que de otro modo no tendrían, porque hay que recordar que apenas un tercio de todos los estadounidenses ha sacado alguna vez el pasaporte.
Además, quienes se gradúan y vuelven a sus países de origen, lo hacen con una nueva comprensión del mundo y eso en el caso de China, en donde impera el hermetismo, es invaluable. No es exageración decir que el estudiante chino de hoy puede convertirse en el socio comercial de mañana.
Más importante todavía es que muchos de los graduados acaban quedándose en Estados Unidos, o sea que los beneficios de la educación que recibieron (y por la cual pagaron) nunca sale de aquí y a larga acaba traduciéndose en innovación y creación de empleos. Quienes desde foros de internet en Estados Unidos piden que los estudiantes chinos sean devuelto al cabo de sus estudios, están jugando en contra.
La antipatía por los chinos es circunstancial y lo mismo pasaría con los latinoamericanos si la oleada de estudiantes extranjeros viniera de nuestros países, pero ese no es el caso. De hecho, el número de estudiantes latinoamericanos en Estados Unidos bajó 2,2 por ciento en el último año. Entre México, Brasil, Colombia y Venezuela, los países que más estudiantes exportan a los EEUU, las cifra en el 2010 no llegó a 35,000.
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lunes, 12 de diciembre de 2011

The Forest and the Trees

Nota: algunas de las columnas que escribo quincenalmente para el periodico El Tiempo de Colombia, son traducidas al inglés y publicadas por WatchingAmer­ica.com, un portal de Internet cuyo objetivo es reflejar de la manera más fiel posible, lo que se piensa en otros países acerca de Estados Unidos y de sus políticas. La columna que incluyo a continuación fue publicada en WatchingAmerica.com en noviembre.

New York.- The occupants of Zuccotti Park are accused of being incoherent and without agenda. The hundreds of protesters who for weeks have been camping in a public sector of Wall Street have not been able to reach an agreement on what it is that bothers them about the current state of affairs.
I recently went to the scene of protests and saw that the group is, undoubtedly, quite diverse. They range from the unemployed and students to housewives and artists, to trade unionists, civil servants and aging rock fans. The truth is that it is easy to regard that motley group (mishmash) with condescension, because, among other things, discontent is so wide spread, and therefore so undefined, that it does not seem real.
But it is real. Protesters in Zuccotti Park and those in other cities where protests are being replicated feel cheated because the system is not giving them all the benefits to which they feel entitled and their American Dream has remained simply a dream.
The protesters are correct when they point to the bankers’ greed, and that of the elite in general, as one of the reasons for the economic crisis. The U.S. Budget Office has just published a report confirming that in the past three decades, the income of the richest fringe of the population grew at an accelerated rate. The rich became richer. In contrast, the incomes of those who find themselves at the lowest point of the spectrum moved at a snail’s pace.
They are also correct when they complain that there have not been obvious penalties for the protagonists of the unleashed financial debacle. Or when they point out that the government is not creating the number of jobs needed, nor doing enough to extend the benefits of quality education to the entire population.
All that is legitimate, but the forces involved are much larger, and it appears that those protesting in Zuccotti Park can’t see the forest for the trees. The pains experienced by the U.S. are the result of a paradigm change that has prevailed for most of the last century and that has made us believe that the prosperity enjoyed by most Americans would never end.
From my perspective, I see a self-indulgent society, in which individual rights seem to have become more important than duties. And signs of this distortion are everywhere. For example, in the cavalier attitude of many employees who do not seem to notice that the unemployment rate is at 9 percent. Or in the excessive consumption and waste. Not to mention the lack of environmental awareness or the obesity of millions of people.
In my view, the lagging U.S. economy is not the product of a momentary situation, nor can it be remedied through presidential directives. We are witnessing a change in direction, in which emerging economies (especially Asia) are demanding their fair share and count on a hard working, ambitious and increasingly educated population to achieve it.
A columnist for The New York Times reported this week the case of a Vietnamese girl he knew, who gets up at 3 in the morning to go over her books before walking two hours to the nearest school. I am sure she is not the exception.
I am not suggesting that the only thing left for Americans to do is resign themselves to witness their lifestyle going down the drain, nor that the course of history cannot be changed. But to regret what was and is no longer, as the mass in Zuccotti Park is doing, will not accomplish anything. As in the famous Kennedy speech, they would be better served to ask what it is that they can do for their country.
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The Costs of War

Nota: algunas de las columnas que escribo quincenalmente para el periodico El Tiempo de Colombia, son traducidas al inglés y publicadas por WatchingAmer­ica.com, un portal de Internet cuyo objetivo es reflejar de la manera más fiel posible, lo que se piensa en otros países acerca de Estados Unidos y de sus políticas. La columna que incluyo a continuación fue publicada en WatchingAmerica.com a comienzos de septiembre.

New York.- In one week it will be 10 years since the terror attacks on the twin towers, an event that defined a century and impacted the daily lives of Americans. I remember exactly what I was doing when I first saw the image of those burning buildings. But the moment that stayed recorded in my mind in the days that followed the attack was the speech President George W. Bush gave before Congress. Even though it wasn’t my war, nor was it my country that was attacked, the night of the speech I felt the need to listen to Bush and to applaud inside when he promised, not only in the name of his country but also on behalf of the free world, that he would bring justice. If the Islamic fundamentalists wanted war, that is what they would receive.
A decade later, revengeful euphoria has been replaced by a mix of exhaustion and skepticism. Bush never promised to deliver a quick war. But not even in his worst nightmares could he have imagined to see his country bogged down on so many fronts and without an end in sight. The War on Terror has been the longest and, possibly, the costliest war in American history.
The numbers vary according to the source, but it is believed that the economic cost of the conflict could be between $3 billion and $5 billion. American military spending has doubled in the last 10 years, which, when added to the tax cuts promoted by Bush in the era of the attack, has had disastrous consequences for the government’s economy and for individuals.
Ultimately, the cost of the war has come out of the pockets of households, each one of which, according to the Nobel prize-winning economist, Joseph Stiglitz, had to disburse around $17,000.
The human cost is even more difficult to estimate, but equally devastating. The total number of dead soldiers, insurgents and civilians in Iraq, Afghanistan and Pakistan has reached 250,000. If the number of injured is added, the total could reach a million, and the figure would rise to 7 million or 8 million if refugees and internally displaced persons were accounted for.
All life is valuable, and I am not going to make comparisons; however, anywhere you look, the balance is disproportionate with the total number of dead on Sept. 11 — around 3,000 people.
Finally, the war has also had a cost in moral terms, not only because the United States invaded Iraq with the false premise that Saddam Hussein's regime had weapons of mass destruction, but also because, in the “fog of war,” it has violated the human rights it has always claimed to defend.
The campaign against fundamentalism has not brought the benefits of stability or democracy to the countries where it has been waged. Nor has it served to gain the good faith of sectors of the population in danger of being radicalized.
What is particularly bitter and disappointing is that after having paid such a high price and having inflicted enormous suffering on so many innocents, the life of Americans is more uncertain. The economy is more fragile, security is more precarious, [and] daily routine — in airports, governmental offices, banks — is more bureaucratic and difficult to navigate.
It would be difficult to just blame George Bush and his war-like mentality. But it is fair to say that along with him, there were millions — from inside and outside the United States — who wrapped themselves in the flag of justice and clamored for revenge. As Americans prepare to remember al-Qaida’s bloody attack, these days are also an opportunity to reflect on the bloody consequences.
Translated by Arie Braizblot
Edited by Heidi Kaufmann
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viernes, 2 de diciembre de 2011

El águila y el dragón

El tema que nos mantuvo en vilo esta semana fue la tan esperada aprobación por el Congreso norteamericano del Tratado de Libre Comercio con tres naciones, entre ellas Colombia. Como muchos otros compatriotas, creo que el tratado es positivo no solo por sus aspectos prácticos, sino por el simbolismo que tiene. Al fin y al cabo, para que exista una relación comercial estrecha tiene que haber una buena dosis de confianza y no está mal que Estados Unidos haga demostración pública de que la tiene en nosotros.
Evacuado el tema del TLC, los democratas y republicanos siguen teniendo mucha tarea por hacer, la más importante encontrar la forma de disminuir los gastos gubernamentales, para empezar a resolver el desequilibrio presupuestal de este país. Nadie se opone a la idea de poner la casa en orden. Pero en su afán de echar tijera los parlamentarios, especialmente los de extrema derecha, están proponiendo recortes en la ayuda externa que tendrán consecuencias funestas en lo humanitario y también en lo diplomático.
Estados Unidos es el mayor benefactor a nivel mundial. Tan solo el año pasado donó 30 mil millones de dólares para programas de educación, salud, infraestructura y varias otras áreas. Es más del doble de lo que donaron Inglaterra, Francia, Alemania y Japón, ninguno de los cuales tiene los problemas fiscales que aquejan a los norteamericanos.
Si la propuesta que defienden los republicanos en la Cámara se abre paso, hasta un 20 por ciento de esos fondos desaparecería y miles de proyectos cruciales para los países pobres, como purificacion de agua o lucha contra la mortalidad infantil, tendrán que ser desactivados. El efecto se sentirá también en Colombia, el mayor recipiente de ayuda norteamericana en América Latina. ¿Se justifica un resultado tan indeseable cuando la ayuda externa se lleva apenas un 1 por ciento de todo el presupuesto? La respuesta es obvia.
Pero más allá de las consecuencias humanitarias que un grupo importante de ONGs ya ha empezado a denunciar, la propuesta de reducir drásticamente la ayuda externa norteamericana, demuestra una inmensa miopia por parte del Congreso.
La asistencia a otros países es una inversion en seguridad a largo plazo y no puede ser percibida como un gasto discrecional. Darle la espalda a los otros países no va a ayudar a cerrar el hueco en las finanzas públicas de Estados Unidos, pero sí va a disminuir su ya menguado liderazgo internacional.
La Secretaria de Estado, Hillary Clinton, que asumió el cargo con el objetivo de potenciar el estatus y la influencia de su país, lo dijo esta semana claramente: “Espero que la gente entienda que si bien tenemos que arreglar nuestros problemas domésticos, no podemos abdicar nuestro liderazgo sin que a la larga eso se vuelva contra nosotros”.
Apelar a “la gente”, sin embargo, no parece tampoco muy promisorio. El público general no sólo está desinformado -uno de cada cinco norteamericanos cree equivocadamente que un tercio del presupuesto se va en ayuda externa- sino que exige que la caridad empiece por casa.
Mientras el águila disminuye de tamaño, dragones y otras especies siguen ganando espacio. Por primera vez este año, China publicó un documentó en el que define su política de ayuda externa y revela que en el período entre el 2004 y el 2009, su presupuesto de asistencia a otros países aumentó en 30 por ciento.
Al lado de las norteamericanas, las contribuciones chinas siguen siendo mínimas, pero la tendencia no deja de ser importante, sobre todo, porque según las cifras oficiales, un total de 161 países recibió algún tipo de ayuda.
A China le sobran los fondos, me dirán algunos, pero es una cuestión de prioridades, más que de dinero. En las próximas semanas sabremos dónde tienen las suyas los legisladores norteamericanos.
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sábado, 8 de octubre de 2011

Más es menos

Nueva York
Hace poco salí por primera vez a hacer mercado en esta ciudad y lo que debió ser una tarea de unos cuantos minutos, se convirtió en un tortuoso ejercicio que me tomó casi dos horas. Lenta y laboriosamente recorrí el supermercado tratando de decidir entre hileras y más hileras de productos que a mí me parecían idénticos pero que según los fabricantes no lo son, porque contienen cantidades de sodio, grasa, fructosa, gluten, lactosa y decenas de otros ingredientes, sabores y colores que, supuestamente, los diferencian.

El momento de parálisis total sobrevino cuando me acerqué a la gondola de jugo de naranja, que no sólo contenía una cantidad ridícula de marcas distintas, sino también de variedades. Había jugo puro, concentrado, con mucha pulpa, con poca pulpa, sin nada de pulpa, con calcio, con vitamina C, con varias vitaminas a la vez, con naranjas de Valencia, de Brasil, de la Florida. También había jugo que no era jugo, pero que de cierta manera lo era porque tenía muchas de sus mismas propiedades. (¿?)

Parece apenas una anécdota, pero no lo es. Decidir lo que uno quiere y disponer de cada vez más alternativas para elegir, es uno de los pilares sobre los cuales está construida la sociedad norteamericana. Tener el control de las propias decisiones es la esencia de la libertad y sin ese ingrediente, la democracia es impensable.

El imperativo de decidir y la complejidad de hacerlo, es lo que se dedica a estudiar la investigadora indio-norteamericana Sheena Iyengar, cuyo libro “El Arte de Escoger” me llegó a las manos hace poco y me ayudó a entender las implicaciones del tema, más allá de la góndola del supermercado.

En sus experimentos, Iyengar ha comparado el desempeño de grupos de estadounidenses al de individuos de origen asiático y ha encontrado que mientras los primeros se destacan cuando están en control de sus decisiones, los segundos están más cómodos con las resoluciones tomadas por alguien que tiene mayor jerarquía o que representa los intereses del grupo al que pertenecen.

El poder de definir la propia vida, de ser exactamente lo que cada cual quiere ser, es una motivación tan poderosa para los norteamericanos que quizás por eso les cuesta entender que no es lo mismo para todo el mundo. “Ellos hacen elecciones desde tan temprano en sus vidas, que están convencidos de que todo el mundo nace con la misma habilidad”, observa Iyengar.

Aunque el libro no se mete en temas tan agudos, uno podría extrapolar y sugerir que como varios años de enfrentamientos en Iraq y Afganistán lo han demostrado, exportar soldados no es lo mismo que exportar valores, por lo que entender la perspectiva desde la cual los otros toman sus decisiones, haría la política exterior norteamericana más simpática y quién sabe si más exitosa también.

Así como la libertad de escoger no es una receta para prescribir a todo el mundo, la obsesión por ofrecer cada vez más alternativas se ha convertido en una dolencia que tampoco le sirve a la sociedad norteamericana.

Uno de los experimentos más famosos de la doctora Iyengar, en el que un grupo de individuos tenía que elegir entre 24 sabores diferentes de mermelada, mostró que cuantas más alternativas disponibles, mayor es la indecision y la parálisis. Y claro: cuando hay tantas opciones posibles, uno nunca podrá sentir que realmente eligió la mejor.

En un país en donde el supermercado promedio ofrece 49 mil artículos y para escoger un libro en Internet hay que enfrentarse a una selección de 27 millones de títulos, el proceso de decidir no es liberador, sino frustrante y opresivo. La superabundancia y la necesidad de tener todo al alcance, ha acabado por esclavizar al país que tan obsesivamente persigue la libertad, creando una paradoja en la que más es definitivamente menos.
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jueves, 30 de junio de 2011

Tigres o tortugas

Hace ocho años, cinco meses y veinticinco días aterricé por primera vez en Asia. Durante algunos de esos años he incluido en este blog anécdotas, noticias y relatos de viajes, como una especie de antídoto a la soledad que a veces se siente cuando se está tan lejos de la patria y de los afectos.
Ahora que me preparo para dejar Asia y volver a vivir en Occidente me alegro de haber escrito estas letras, porque la memoria no es de fiar y la vida práctica, con sus trámites y procedimientos, tiene el mal hábito de desalojar a los recuerdos.
Hay un momento, sin embargo, del que posiblemente nunca me voy a olvidar, aunque jamás lo haya puesto por escrito. Fue un lunes por la mañana en Tokio, muy poco tiempo después de haber llegado a la ciudad, cuando por primera vez me subí a un tren atestado de pasajeros.
Sofocada entre dos oficinistas, miré a mí alrededor y me di cuenta de que estaba naufragando en un mar de orientales. Hasta donde alcanzaba la vista, yo era la única alienígena en el planeta desconocido y asustador al que acababa de llegar. Sentí tanto miedo que me quedé paralizada y juro de todo corazón que no entiendo cómo no me desmayé.
Cuando vuelvo a ese momento y me pregunto qué fue lo que me aterrorizó, la respuesta es simple: yo sabía muy poco de Asia, en especial de la porción al este del continente que se conoce como el Lejano Oriente. Venía cargada de ignorancia y de prejuicios y, lamentablemente, esa es una posición en que los seres humanos nos encontramos con frecuencia.
Hoy estoy lejos de ser una experta, pero sé lo suficiente para entender que este siglo será muy distinto al que lo precedió y que si las profecías sobre el futuro crecimiento de Asia se cumplen, es mejor que empecemos a familiarizarnos con este continente.
Según el Banco Asiático de Desarrollo, a mediados de este siglo Asia será responsable por más de la mitad del producto interno bruto, el comercio y la inversión de todo el planeta. En medio de la desaceleración mundial, esta región ha seguido en la trayectoria del crecimiento y debemos agradecer que sea así, porque ha jalonado a todo el resto.
Creo que es importantísimo seguir tomándole el pulso a China y superar la imagen del gigante asiático como una gran fábrica de baratijas. Cada año se gradúan en China seis millones de universitarios y muchos de ellos van a trabajar a compañías como BGI, una empresa de Shenzhen que se dedica a la investigación del genoma humano y que es líder mundial en su campo. Detalle: la edad promedio de los empleados de BGI es 23 años.
Cuando llegué al Oriente tenía tanto que aprender, que lamento no haberlo hecho de manera más ordenada y provechosa. Aún así, creo que al cabo de ocho años puedo destilar al menos una lección: la educación ha sido una de las claves en el crecimiento asiático de las últimas décadas.
La transformación ha provenido no sólo de gobiernos como el chino o el indio, que hacen genuinos esfuerzos por democratizar el acceso a la instrucción, sino también de los individuos, que la ven como un medio seguro para acceder a un futuro mejor. Hace 40 años el promedio de escolaridad en los países más pobres de la región era de cuatro años, mientras que el año pasado llegó a casi ocho.
Ningún país puede crecer de manera acelerada sin contar con una mano de obra calificada. En Asia estudiar es un valor y todo el que puede lo hace con empeño. Los latinoamericanos tenemos todo para alcanzar a los tigres, los dragones y los elefantes del Oriente, pero no lo haremos mientras nuestros sistemas educativos y nuestros valores se mueven a paso de tortuga.
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domingo, 15 de mayo de 2011

Lección aprendida

Nada como trastearse para darse cuenta de todos los objetos que uno acumula sin preguntarse siquiera si los usa.
Estamos por trastearnos y de los closets de mi apartamento han salido en estos días: una silla de camping (la última vez que acampamos fue en el 2006), un nebulizador portátil (mi hija de 15 años dejo de usarlo cuando tenia 4), discos de larga duración (por lo menos de la década de los 80), espinilleras, pelotas de tenis, aletas de buceo, walkmans, raquetas de ping pong… En fin, una miscelánea de objetos que algo se usaron, pero que básicamente van a pasar a engrosar la lista de desperdicio que los seres humanos dejamos a nuestro paso.
Ya he hablado antes de cómo en Tokio las autoridades logran que los habitantes se hagan cargo de su basura y se avergüencen de no ser más sensibles con el medio ambiente. Yo tuve amigos en Japón que para ahorrar agua se bañaban cada dos días y sólo soltaban la cisterna del baño cuando era absolutamente necesario. ¿Una exageración?
Tal vez no, si uno le cree a un reporte de la organización no gubernamental WWF, en el que explica qué pasaría si toda la humanidad tuviera un estilo de vida equivalente al que llevan los habitantes de Hong Kong. Lo que pasaría, para decirlo en pocas palabras, es que se necesitarían recursos equivalentes a dos planetas Tierra.
El problema, por un lado, es el consumo. Según el informe, cada habitante de Hong Kong gasta 86 kilogramos de papel por año. La cifra parece un exabrupto, pero con solo mirar la superficie de mi escritorio se me ocurre que tal vez no esté tan desenfocada. Un tercio de ese papel viene de la tala ilegal en países como Malasia e Indonesia, en donde la destrucción del bosque tropical avanza triunfal.
La comida merece capítulo parte. Los hongkoneses son ávidos consumidores de pescado y “delicias” como la sopa de aleta de tiburón, parte integral de cualquier banquete chino, ha hecho que se multiplique por diez el número de especies de tiburón que están en peligro de extinción.
Cada habitante de la ciudad come 62 kilos de pescado por año –tres veces el promedio mundial- de los cuales sólo una pequeña fracción se pesca en las inmediaciones y el resto se importa de 150 países distintos. Se consumen también 30 kilos de carne de res, que es exactamente el doble de lo que comen los europeos.
Por el lado de los desperdicios, a Hong Kong no le va mejor. Según algunos cálculos, cada individuo aquí produce 900 kilos de basura al año, o sea más que el promedio de un norteamericano. Son tantos los desechos que se acumulan, que para mediados de esta década ya no habrá en la región más espacio para rellenos sanitarios.
El caso de Hong Kong es relevante por el riesgo de que sea el modelo hacia donde están avanzando otras ciudades chinas, que empiezan a entrar en una era de prosperidad. China ha duplicado su población en los últimos cincuenta años y el día en que ese ejército de consumidores se comporte como lo hacen sus coterráneos de Hong Kong, tendremos un problema de dimensiones monumentales.
Por ahora China produce apenas 115 kilos de basura por cabeza, pero con una población superior a 1.300 millones de personas, cualquier variación en ese indicador merece ser mirado con atención.
Yo no soy muy optimista y me temo que estemos en la antesala de una crisis ecológica irreversible, pero eso no significa que no haya nada que podamos y, sobre todo, que debamos hacer.
No siempre podremos saber si el pescado que nos comemos tiene un origen certificado, o si el papel que usamos no salió de las selvas de Borneo. Pero a muchos de nosotros nos vendría bien un poco más de frugalidad y, gracias a este trasteo, esa para mí es una lección aprendida.
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martes, 8 de febrero de 2011

Nuevo Pasaje a la India

En una fría mañana del mes pasado, fui con un equipo de 20 funcionarios y voluntarios de una organización no gubernamental que trabaja en proyectos de educación, a la aldea de Kakalwada en Rajashtan, noroeste de la India.
La idea del viaje era crear una conexión entre los voluntarios que todo el año hacen proselitismo, organizan eventos y recogen fondos para esta ONG en lugares como Bélgica, Canadá o –en mi caso- Hong Kong, y los niños que patrocinan con sus campañas.
Un grupo de 30 alumnas de la escuela local de Kakalwada nos estaba esperando. Las niñas estaban descalzas pero impecables en sus uniformes azul claro y ni bien llegamos, empezaron a hablar sin ninguna timidez de su vida cotidiana, de sus materias favoritas y, sobre todo, de sus planes para el futuro.
En un país en donde las castas sociales siguen determinando las vidas de muchos de sus habitantes y casar a las hijas adolescentes es práctica común, aquí estaban estas jovencitas, demostrando que no sólo eran buenas para matemáticas y lenguaje, sino excepcionales en el arte de imaginarse una vida mejor que la que tuvieron sus madres.
Sabiendo que se han criado en un medio pobre y limitado, sin acceso a televisión o teléfono celular y mucho menos a Internet, me asombró que tuvieran tanta confianza en sí mismas y que no se dejaran intimidar cuando la conversación entraba a terrenos más delicados, como los cambios del cuerpo en la adolescencia o los riesgos de contagio del HIV.
Esas niñas no se ganaron la lotería de la vida como nos pasó a otros, que nacimos y crecimos en familias que entendían la importancia de la educación y tenían los recursos para costearla. Pero sí tuvieron la fortuna de entrar en el radar de Room to Read –así se llama la ONG- que implementa programas para aumentar el alfabetismo y mejorar la calidad de la instrucción en los estado más pobres de la India y en ocho países más de Asia y África.
Además de las materias convencionales como historia o ciencias naturales, las estudiantes de Kakalwada hacen talleres de salud y reciben entrenamiento para pensar de manera crítica y aprender a tomar decisiones inteligentes. Es un programa bautizado como “herramientas para la vida” y no puedo imaginar un activo más valioso para las niñas y jóvenes de todo el mundo, que saber cómo ampliar sus horizontes e identificar las oportunidades que se les presentan. Otras tres mil niñas en aldeas remotas y tugurios de la India están cobijadas por esta iniciativa y un total de diez mil se benefician a nivel mundial.
A pesar del impacto que tiene, este proyecto educativo es una gota de agua frente a la terrible realidad de que el 42 por ciento de las mujeres que nacen en los países en desarrollo, nunca llegan a ir al colegio. La tragedia es que todos los estudios demuestran que cuando una niña recibe educación, cambia no sólo su vida y la de su familia, sino la de toda su comunidad.
El analfabetismo en India no se limita a las mujeres. Según las Naciones Unidas, 35 por ciento de todos los analfabetas del mundo están en ese país y a no ser que se produzca un cambio dramático en la tendencia, a mediados de este siglo ese porcentaje será del 50 por ciento.
Frente a semejante desafío es fácil caer en el desaliento, pero yo creo que hay otro camino. La batalla contra el atraso es librada a diario, en salones de clase descascarados sin tableros ni pupitres, por alumnos ansiosos por aprender y profesores que tienen pasión y no apenas una obligación.
Los que salimos favorecidos en la lotería de la vida, tenemos el deber moral de ayudar a esa causa. Después de todo, haber nacido donde nacimos y no en una aldea miserable en el norte de la India, no fue cuestión de mérito, sino única y exclusivamente de suerte.


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miércoles, 22 de septiembre de 2010

Pobre país rico


En el templo principal del monasterio budista de Songzanlin, cerca de la frontera entre las provincias de Yunnan, Sichuan y el Tíbet en la China, una treintena de monjes escucha en silencio la instrucción que desde sus tronos imparten dos lamas. La nieve ligera que empezó a caer en la madrugada hiela el paisaje y poco a poco más monjes, desarropados en sus túnicas rojizas, buscan refugio en el ambiente tibio y pesado del templo.
La mayoría de los habitantes de Songzanlin son jóvenes de origen étnico tibetano y su vocación religiosa significa una boca menos que alimentar para sus familias, detenidas en una existencia medieval tan remota en el espacio como en el tiempo.
Son familias que viven de cultivar cebada, vender leña o criar yaks, que nunca han aprendido mandarín -el idioma oficial del país- y que, aisladas en las primeras estribaciones del Himalaya, no se han dado cuenta de que la locomotora china en la que están subidas avanza a todo vapor.
Aprovechando un feriado local, este año pasé unos días en el norte de la provincia de Yunnan, al lado del Tíbet. No fue la primera vez que vi pobreza en China, pero el viaje me sirvió para poner en contexto lo que de otra manera serían apenas estadísticas y para entender mejor el desafío que significa integrar y modernizar a una nación de estas dimensiones.
Con tantos rascacielos, enormes avenidas y trenes de alta velocidad, es fácil caer en la tentación de creer que China ya es un país del primer mundo. Pero, a pesar de esa prosperidad aparente, la pobreza es una realidad monumental: 700 millones de chinos viven en el campo, en condiciones parecidas a las de las zonas más pobres de Boyacá, Córdoba o Atlántico.
Es cierto que parte del crecimiento económico está llegando al campo. En muchos pueblos minúsculos se ven excavadoras y tractores en febril actividad y no es raro encontrarse con carreteras que están recién construidas. Pero lejos de las costas, en donde se concentra la producción industrial, China parece más el tercer mundo que la tercera economía mundial.
El desequilibrio en China viene al caso precisamente ahora, cuando Estados Unidos está presionando al gobierno del presidente, Hu Jintao, para que revalúe el yuan y encarezca sus exportaciones. El argumento es que si los productos chinos se vuelven más caros, los otros países -empezando por Estados Unidos- comprarán menos, ahorrarán más y saldrán más pronto de la crisis actual.
Estados Unidos culpa a China por su déficit comercial y el aumento del desempleo, sin admitir que la incapacidad que tienen los norteamericanos para ahorrar es en buena parte el origen de sus problemas. ¿Será que China tiene que dejar de crecer para remediar los males de la economía estadounidense?
No lo tiene que hacer, ni lo va a hacer. Su estatus de cuasi potencia implica responsabilidades, pero hacer que sus productos se vuelvan más caros, como lo quiere la administración Obama, no es una de ellas. Seguir creciendo y lograr que ese crecimiento se disemine por toda la sociedad es el objetivo primordial de China y lo que le permitirá mantener la armonía y la cohesión social.
Más tarde este año, de visita en Brasilia, el presidente Hu dijo que el desarrollo de China será lento, arduo y pacífico. Pacífico no sé, pero lento y arduo, no me cabe duda. Aunque siga creciendo como lo ha venido haciendo, pasarán cuarenta años antes de que su ingreso per cápita sea equivalente al de Estados Unidos. China será el mayor país en desarrollo, pero es exactamente eso: un país en desarrollo, con algo así como veinte Colombias a las que tiene que sacar de la pobreza.
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martes, 23 de marzo de 2010

El futuro del "Made in China"

Hace un año los empresarios que operan en la zona de la cuenca del Río Perla, de donde sale la tercera parte de las exportaciones chinas, estaban tratando de sortear la peor crisis de su historia por falta de órdenes de compra y haciendo lo posible por no agravar unos índices de desempleo que no se veían desde los años ochenta.
Doce meses después, las cosas no podrían ser más distintas. Las exportaciones chinas, que en febrero del 2009 estaban 26 por ciento por debajo de las del 2008, subieron el mes pasado 46 por ciento. La “fábrica del mundo”, como se conoce la zona en la provincia china de Guangdong en donde se hacen los tenis Nike, los iPod, los televisores, los celulares, las Barbies y prácticamente una tercera parte de todo lo que el mundo consume, está parada no por falta de pedidos sino por falta de trabajadores.
Los 1.300 millones de chinos, esa supuesta mano de obra inagotable que le permite a China producir barato y liquidar a sus competidores, deben estar en otra parte porque en la provincia de Guangdong no están.
“En una de las fábricas que producen para nosotros, sólo han vuelto a trabajar 18 de los 80 operarios que corresponden. Y ese es apenas uno de los casos”, me contó el fin de semana un empresario del ramo textil.
Cuando el empresario dice “han vuelto a trabajar”, se refiere al hecho de que las fábricas en el sur de China funcionan con trabajadores que provienen de todas partes del país y que regresan masivamente a visitar a sus familias para celebrar el Año Nuevo Lunar, que este año cayó a mediados de febrero. Ya casi estamos a finales de marzo y la inmensa mayoría de los operarios migrantes todavía no volvió. Quién sabe si volverá.
Lo que pasa en Guangdong es una tendencia. No es un fenómeno pasajero ni apenas una consecuencia del dinero que el gobierno ha inyectado en la economía en el último año. La mano de obra en China que hace unas décadas no tenía más remedio que someterse a la explotación, ahora es más educada y está encontrando mejores alternativas en otros sectores como la agricultura, la construcción y en industrias que requieren personal más calificado.
La industrialización del centro y el oeste del país, significa también que los operarios pueden conseguir empleo más cerca de sus familias, en lugar de tener que migrar al sur.
El gobierno chino no ha admitido abiertamente que haya escasez de mano de obra, pero el jueves las autoridades de Guangdong decretaron un aumento del 21 por ciento en el salario mínimo, la mayor alza desde 1994.
Eso dice algo, pero ¿exactamente qué?
Es posible que al comienzo los productores traten de absorber la subida en sus costos para seguir compitiendo, pero tarde o temprano se lo van a trasladar al consumidor, o sea a usted y a mí. Creo que debemos prepararnos para entrar en la era en la que “Made in China” será sinónimo de productos mejores y más caros. Exactamente como sucede ahora con “Made in Japan”.
Si tal como lo viene exigiendo Estados Unidos, China acepta revaluar su moneda, el encarecimiento será aún mayor.
Algunos empresarios tratarán de producir en otros países de Asia como Vietnam o Myanmar, pero esa solución no le sirve a todo el mundo, por un tema de calidad y de logística. Tal vez sea una buena oportunidad para América Latina, si algunas multinacionales deciden devolverse a producir a nuestro hemisferio como ya ha sucedido, por ejemplo, con México.
¿Dejará China de ser la fábrica del mundo? Dejará de ser competitiva en la producción de cosas baratas a costa de exprimir a la gente y pagar sueldos miserables. De ser la potencia en la elaboración de textiles, juguetes y una inmensa variedad de chucherías, el país asiático está pasando a fabricar helicópteros, sofisticados microchips y motores de carro.
Todo indica que dentro de algunos años, eso de “Made in China” tendrá un significado completamente distinto.
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jueves, 18 de febrero de 2010

Fido y yo

Entre las cosas más odiosas que tienen las sociedades prósperas y desarrolladas es el desmesurado cariño que le tiene la gente a sus mascotas. Aclaro que soy dueña de perro, así que no se me puede acusar de no haber experimentado (más o menos) el amor por los animales. Pero la atención, y sobre todo los recursos que se destinan a atender a los animales domésticos en el primer mundo, son tan desproporcionados que francamente hacen que uno pierda la fe en la humanidad.
Yo soy una experta en vestuario para perros. Durante los cuatro años que viví en Tokio me paraba a esperar a que mis hijas volvieran en el bus del colegio, al frente de un almacén de ropa y accesorios para mascotas. La vitrina era primorosa: había lindos modelitos marineros para la primavera, delgados chalecos de algodón en tonos pasteles para el verano y chaquetas forradas con piel de oveja para defenderse del frío del invierno.
La colección de objetos caros e inoficiosos que vendían en el lugar era inagotable y tan asombrosa, que con el tiempo empecé a llegar 10 o 15 minutos antes de la hora al paradero, sólo para ver qué otras ideas obscenas se les habían ocurrido a los diseñadores.
La bilis se me ha seguido alborotando en Hong Kong, en donde debe haber la concentración de perros por metro cuadrado más alta del mundo. En mi edificio, para no ir más lejos, vive un solterón que tiene dos empleadas domésticas hacinadas en una pieza de cinco metros, de manera que sus dos perros, un mastín y un bulldog, pueden dormir cada uno en una habitación.
Hay partes de Corea, China y Vietnam en donde los perros y los gatos todavía hacen parte del menú, pero ese es otro tema. En Hong Kong, los perros son ciudadanos de primera categoría, mejor tratados por la sociedad que los indigentes y los refugiados, que viven en condiciones deplorables.
Para un reportaje hace un tiempo, visité unos edificios decrépitos en donde hay desempleados, inmigrantes venidos de China continental y ancianos sin familia, durmiendo en cuartos que parecen jaulas, más aptos para animales que para seres humanos.
En contraste, muchos afortunados caninos de esta ciudad usan accesorios de marca, van a spas, tienen sesiones de acupuntura y sólo se alimentan de comida orgánica. Hasta en la muerte las mascotas son tratadas como nobleza, cremadas como si fueran personas y despedidas con lágrimas en emotivas ceremonias oficiadas por sacerdotes budistas o cristianos.
El otro día entré a un sitio web mantenido por una funeraria para animales, en donde los dueños que han perdido mascotas escriben mensajes de recordación y comparten fotografías con otros "dolientes". Una señora hablaba de su escarabajo, al que extrañaba tanto que soñaba con encontrárselo en el cielo. Conmovedor.
La cosa es mucho peor en Japón, en donde estadísticamente hay más perros y gatos que niños menores de quince años. Con la tasa de natalidad en retroceso desde hace décadas, los japoneses están remplazando a los niños por animales, lo que al parecer les proporciona una cierta experiencia maternal o paternal, sin los sacrificios asociados a tener bebés de verdad.
¿No podría todo ese dinero derrochado aliviar el sufrimiento de seres humanos en otras partes del mundo? Creo que los que malcrían a sus mascotas ni siquiera se lo plantean. Los animales, que deberían ser una fuente de cariño y compañía, se han convertido en las partes más afluentes de Asia en un símbolo de estatus, una simple extensión de sus dueños, ellos mismos autoindulgentes, mimados y desconectados por completo de la realidad en que vive el resto del planeta.
Gandhi decía que el progreso moral de una nación podía ser juzgado por la forma como trata a sus animales. Obviamente, el líder indio hablaba de maltrato, pero creo que la misma reflexión es válida para los que tratan a sus mascotas mejor que a sus congéneres.
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lunes, 8 de febrero de 2010

La sombra del gigante

Desde lo alto de la Puerta de la Paz Celestial, el lugar en donde hace 60 años Mao Tse-tung proclamó la fundación de la República Popular China, un inmenso retrato del “Gran Timonel” vigila todavía a los transeúntes. Al frente de la imagen, en la vastedad interminable de la Plaza Tiananmen, enormes pantallas de televisión retransmiten un desfile militar, mientras decenas de policías permanecen atentos a los movimientos de las multitudes que transitan por allí.
Caminando por la plaza, ordenada y relajadamente, hay una muchedumbre de funcionarios públicos, farmaceutas, dentistas, maestros, pequeños empresarios, estudiantes. Es la gran clase media china que, aprovechando un feriado, hace turismo por la capital para ver con sus propios ojos el milagro del que también es protagonista.
Por primera vez, después de seis años, hace un tiempo volví a Beijing, o Pekín, como todavía se le dice en Latinoamérica a la capital china. No esperaba ver mucha gente vestida con chaqueta estilo Mao ni cargando el libro rojo debajo del brazo, pero la que vi tiene que ser una de las transformaciones más aceleradas y más asombrosas de toda la historia.
En las últimas tres décadas China ha sacado de la pobreza a más de 200 millones de personas y no debe haber un lugar en donde ese milagro económico se note más que en Beijing: enormes avenidas, lujosos centros comerciales, autopistas, rascacielos, hoteles, cafés (decenas de ellos), un aeropuerto como de los Supersónicos y claro, los escenarios deportivos construidos para los Olímpicos del año pasado, frente a los cuales todos los estadios del mundo parecen anticuados.
En 798, como se llama el flamante distrito de arte de la ciudad, modernas galerías exhiben cuadros ultravanguardistas para deleite de una masa joven y pudiente. Entre tanto, las calles que alguna vez estuvieron abarrotadas de bicicletas, están ahora abarrotadas de carros, producto de un boom al que la crisis económica le ha hecho apenas una leve cosquilla.
Todo sería muy bonito, si no fuera porque desde lo alto de la Puerta de la Paz Celestial, el retrato de Mao sigue vigilando a los transeúntes de la Plaza Tiananmen, contradiciendo la noción de que para ser moderno y avanzado, para convertirse en un ícono cultural y hasta en un ejemplo a ser imitado, un país tiene que ser democrático.
Para alguien como yo, que ha vivido bajo la órbita de ideas como el respeto a los derechos humanos, el sufragio universal y la libertad de expresión, hablar de progreso equivale a hablar de democracia. Caminando por Beijing entendí que en China tal vez eso nunca sea verdad y que es un error creer que el gigante asiático va a camino de convertirse en una nación próspera y moderna al estilo occidental.
Estamos tan orgullosos de nuestros valores –fue por esos valores que le dieron el Nóbel de Paz a Obama- que creemos que el despegue chino será insostenible a no ser que el Partido Comunista acepte cambios políticos. ¿Y si estamos equivocados?
Algunos lectores se preguntarán a quién le importa si China es o no una democracia. Yo diría que a todos. En menos de veinte años, la economía china será más grande que la de Estados Unidos y esa acumulación de poder tendrá consecuencias, no sólo en nuestros bolsillos, sino también en nuestro sistema de valores.
Rara vez en la historia la supremacía económica de un país no ha estado acompañada de influencia política y militar. Estados Unidos es un clásico ejemplo de eso. Exportar –o imponer si es el caso- su concepción del mundo, es lo que hacen las potencias y China no será diferente.
Por ahora, el crecimiento del gigante asiático se traduce en que podemos comprar productos baratos y vender nuestros recursos naturales a buen precio. Un día será ideología, además de dinero, lo que estará en juego.
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martes, 6 de octubre de 2009

Los primeros 60

No sería la inauguración de un Mundial de Fútbol o la apertura de unos Juegos Olímpicos, pero en todo caso la conmemoración de los 60 anos de fundación de la República Popular China el jueves pasado, fue un espectáculo digno de verse.
Aparte de las acrobacias, las super-elaboradas coreografías y los prodigiosos fuegos artificiales nocturnos (no por nada los chinos inventaron la pólvora), a mí me impresionó el desfile militar presidido por el mandatario Hu Jintao y que permitió constatar de primera mano en qué va el desarrollo bélico del país que aspira a ser la próxima potencia global.
Los gastos de defensa chinos –al menos los que el país asiático declara oficialmente- siguen siendo irrisorios comparados con los de Estados Unidos si se tiene en cuenta el tamaño de su población y la extensión de su territorio, pero hay una diferencia fundamental y es que China no es ni aspira a ser una democracia.
La falta de transparencia que caracteriza al régimen de Beijing impera también en lo militar y si es poco lo que se sabe acerca del armamento que está comprando y desarrollando, más nebulosa aún es la noción de por qué lo tiene y cómo piensa usarlo. No se trata de estigmatizar al gigante asiático por envidia de su creciente influencia mundial, pero si el siglo XXI será el siglo de China, es legítimo preguntarse qué clase de mundo tienen los chinos en mente.
En su reporte este año al Congreso norteamericano sobre la capacidad militar china, el Pentágono dijo que las tecnologías y las armas que el país está perfeccionando sirven no sólo para intimidar y atacar a Taiwán, su enemigo natural, sino también para disputar la superioridad de las fuerzas aéreas y navales estadounidenses.
La queja de los norteamericanos es que China está en un acelerado proceso de transformación de su ejército, que de ser una fuerza masiva diseñada para pelear largas guerras dentro de su territorio, se está convirtiendo en una fuerza capaz de ganar conflictos cortos y de alta intensidad con adversarios tecnológicamente sofisticados, precisamente como Estados Unidos.
Uno de los ejemplos más claros de esa estrategia es la velocidad a la que China está construyendo submarinos. Los expertos creen que China ya tiene más submarinos que Rusia y es posible que antes de que termine esta década haya superado también a los norteamericanos. Cuál es el propósito de esa carrera armamentista, es lo que todo el mundo se pregunta.
El argumento de Beijing es que comparado con el de otras potencias su gasto militar sigue siendo muy bajo y que su objetivo es desarrollar un ejército que sea proporcional a su fuerza económica y a su estatus internacional.
Es un anhelo legítimo, dirán algunos. ¿Si otros países tienen un ejército sofisticado por qué China, que ya es la tercera economía del planeta, no lo podría tener?
Volviendo al desfile, estoy segura de que dejó perplejo a más de uno. Además de los soldados y de las armas más convencionales, China exhibió 108 misiles de corto y largo alcance, que le crearían dificultades a Estados Unidos en caso de que se produjera un conflicto entre ambos países, motivo la soberanía de Taiwán.
Para los que se perdieron el despliegue militar de la década, más adelante incluyo una selección de fotos de la agencia Xinhua, pero permítanme comenzar por las arrebatadoras señoritas que hacen parte de las Milicias Civiles de Beijing y que con sus minifaldas rosadas y botas a go-go, deben ser un arma de destrucción masiva más peligrosa que cualquier misil.




Las milicianas marcharon con perfecta sincronización despertando rabiosos aplausos de los espectadores y hasta una pícara sonrisa del presidente Hu Jintao. En un día lleno de simbolismos el mandatario chino eligió usar una chaqueta Mao, para que a nadie le quede duda del camino que su país va a seguir transitando.


El elemento femenino en el desfile del jueves fue tan vistoso y llamativo, que seguramente la belleza y no sólo el amor a la patria, pesaron a la hora de seleccionar a las participantes.





Pero ya basta de chismes. Vuelvo a lo serio: aqui están China y su poderío militar, cortesía de Xinhua:













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miércoles, 9 de septiembre de 2009

La era del linchamiento digital

Primer Caso: una enfermera de la provincia china de Heilongjiang es despedida de su empleo y repudiada a nivel nacional, luego de que sube a la Internet un video que muestra cómo masacra a un gato callejero con la punta de sus tacones.
Segundo Caso: un hombre y su amante, que trabajan en la misma empresa, se ven obligados a renunciar a sus trabajos después de que la esposa engañada se suicida, dejando escrito en un blog el testimonio de su vía crucis.
Tercer Caso: el secretario de la oficina de asuntos marítimos de la ciudad de Shenzhen es destituido cuando un video que lo muestra acosando a una niña de 11 años, es divulgado en un portal de Internet.
Cuarto Caso: Un funcionario del catastro de la ciudad de Nanjing es despedido de su trabajo una semana después de que aparecen en la red fotografías que lo muestran usando un costoso reloj y fumando cigarrillos caros.
Quinto Caso: un campesino se salva por poco de ir a prisión, cuando cibernautas prueban que una fotografía de su autoría en la que supuestamente aparece un tigre extinto hace dos décadas, no es otra cosa que un montaje.
Los protagonistas de todas estas historias ocurridas a lo largo del último año y medio, tienen algo en común: han sido blanco de lo que en China se conoce como una “búsqueda de carne humana”.
Haciendo uso de Google y de otras herramientas de búsqueda locales, miles de cibernautas chinos se unen para desenterrar y exponer al público la vida privada de ciudadanos comunes y empleados oficiales a los que consideran inmorales o que están por fuera de la ley.
La cruzada de los “buscadores de carne humana” empieza en el mundo virtual pero se traslada a la vida real de los señalados, quienes son sometidos a una violenta campaña de desprestigio. El hostigamiento incluye graffitis amenazantes en las casas y llamadas a los lugares de trabajo de las víctimas, la mayoría de las cuales acaba renunciando o siendo despedidas ante la insoportable presión.
Los buscadores de carne humana no son un grupo homogéneo, ni tienen identidad definida o afiliación conocida. Se encuentran en los tableros de mensajes y salones de chats de los sitios de alto tráfico en Internet y combinan sus habilidades tecnológicas para rastrear la identidad real de quienes consideran villanos.
La enfermera que mató al gato en Heilongjiang, por ejemplo, fue identificada por las imágenes de fondo del video y porque había comprado los zapatos asesinos en eBay. El burócrata de Shenzhen cuyo acoso a una menor fue registrado por la cámara de un restaurante, fue reconocido y destituido en cuestión de días.
Al gobierno chino no le hacen gracia los buscadores de carne humana porque percibe el peligro que hay detrás del fenómeno. Tampoco está claro lo que piensa el grueso de la opinión pública, que sabe que un día de estos puede acabar siendo víctima del linchamiento digital.
La idea de que grupos de vigilantes patrullan la red a la caza de quienes infringen normas no escritas de moralidad y rectitud es asustadora, pero dice mucho de la China de hoy en día y es una lección para otras sociedades.
La Internet le esta dando voz a esa parte de la población –en China ya hay 300 millones de internautas- que desconfía de la justicia que provee el Partido Comunista y se rebela ante la falta de rendición de cuentas de los funcionarios públicos.
Es un mecanismo espontáneo de definición de valores y de regulación de la sociedad, que pretende remplazar a instituciones que claramente no cumplen su papel.
He ahí la lección para políticos, jueces y burócratas en todo el mundo: la Internet está cambiando las reglas de juego entre gobernantes y gobernados y a menos que haya mecanismos más ágiles y transparentes para atender las aspiraciones de justicia de la población, seguiremos a merced del linchamiento digital.
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miércoles, 2 de septiembre de 2009

Dime con qué bolsa andas...

Hace algunas semanas cuando estaba en Bogotá un amigo –o amiga, porque no me he podido acordar quién fue- me hizo notar que además de la cartera con mis efectos personales, yo siempre salía a la calle con un talego de papel o de tela que alguna vez me habían dado en un almacén.
El comentario me incomodó porque sentí que contenía una dosis de crítica, como si eso de salir con una bolsita no fuera suficientemente glamoroso y me hiciera parecerme al Doctor Chapatín, el personaje mexicano del que otros dinosaurios como yo seguramente se acordarán.
Mi reivindicación llego la semana pasada cuando leyendo este artículo del New York Times, entendí de dónde había sacado yo el vicio de salir a la calle con mi bolsita. Es que en Tokio, en donde viví cuatro años, todas las mujeres andan por ahí con la cartera en el hombro y una inefable bolsa de papel en la mano.
Y cuando digo todas, me refiero a TODAS: las de pantalones de dril, las de shorcitos de jean, las de abrigo Chanel y hasta las de minifalda Moschino, que exhiben sin pudor la flaquísima blancura de sus piernas.
La bolsita tiene una justificación: en una ciudad grande en donde el transporte público es la norma, hay que salir preparado para todo. Las cosas básicas como billetera, llaves, pañuelitos y gafas se llevan en la cartera. Todo lo demás: el paraguas por si llueve, el chal por si hace frío, la mini-toalla para secarse el sudor, la botella de agua, la libreta de notas, la cámara de fotos, el iPod para los trayectos largos, el maquillaje para retocarse a mitad del día, la ropa para ir al gimnasio, las compras del día y demás misceláneos, se cargan en la bolsa de papel.
Lo que yo no había entendido pero me lo explicó el New York Times, es que además de su uso práctico el talego cumple una función estética que explica de manera elocuente el estilo de quien lo carga.
Así como en las carteras, en las bolsas de papel -me vine a enterar- también hay categorías. Las más apetecidas son las de Prada, Marc Jacobs, Louis Vuitton y una marca popular entre las jovencitas japonesas llamada Cecil McBee.
No siempre es necesario comprar en los almacenes caros para hacerse al preciado objeto: para eso ya existe en Internet un activo mercado de bolsas de segunda mano, que se negocian por el equivalente a 10 o 20 dólares dependiendo de su categoría.
Eso sí, es importante cuidarlas planchándolas después de cada uso, preferiblemente por el revés para evitar que se les borre el logo.
Una vez conseguido el accesorio, el secreto es saber usarlo. Las bolsas menos elegantes se destinan al día a día. Las más cotizadas para el fin de semana y los encuentros con el novio.
El artículo del New York Times me dejó intranquila. Agradecí que me hubiera explicado de dónde venía mi afición por el talego, pero me deprimió que pusiera en evidencia mi falta de estilo en el tema.
Corrí a mi cuarto y de inmediato puse en la basura la bolsa de tela negra que venía usando desde hace meses y que me gustaba porque era grande y no se arrugaba.
Luego abrí mi closet y exploré en detalle qué otras alternativas tenía. Esto fue lo que encontré:





Traté de imaginarme saliendo a la calle todos los días con un logotipo colgado de mi mano, pero me costó trabajo.
Eso no es para mí.
Algunas japonesas podrán hacerle propaganda gratis a los señores costureros porque con ello se sienten lindas y exclusivas.
Yo por mi parte pienso volver a mi viejo talego negro que no pasa de moda por la sencilla razón de que nunca lo estuvo.
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martes, 18 de agosto de 2009

La morada del Dragón

Sé muy poco de artes marciales y mis conocimientos de Kung Fu son miserables, pero tengo que confesar que tengo una debilidad inexplicable por Bruce Lee. Debe ser todo ese cine barato que vi con mi hermana en la pubertad, cuando nos escapábamos al barrio de al lado y comprábamos boletas para entrar a la película que estuviera en cartelera, sin siquiera mirar el título.
Más que felices e indocumentadas éramos desprogramadas y como dirían en inglés no-supervisadas, es decir que los adultos que eran responsables por nosotras no tenían ni idea de en qué andábamos.
Esa oportunidad la aprovechó Bruce Lee para poblar mi imaginación con sus patadas voladoras, sus movimientos sobrenaturales y su perfección felina.
Entre película y película de Bruce Lee a veces nos tocaban unos Spaghetti Westerns de hacer sonrojar a Los Tres Chiflados, lo cual no hacía sino aumentar mi ya para entonces ilimitada admiración por el Dragón.
Esta irrelevante historia viene al caso porque por fin el gobierno de Hong Kong paró durante cinco minutos de pensar en cómo hacer más plata y ha mostrado interés en conservar uno de los pocos lugares que guardan la memoria de Bruce Lee.


El lugar es una casa localizada en el número 41 de la calle Cumberland en la zona de Kowloon y como lo conté hace ya un tiempo en esta crónica, no es precisamente un templo de artes marciales, a pesar de haber sido la última morada del legandario maestro de Kung Fu.
Luego de más de un año en que los fans y hasta la propia hija de la estrella hicieron lobby para que el gobierno rescatara la casa, la Comisión de Turismo se decidió y está convocando a todos los que tengan una buena idea de qué hacer con la propiedad, a que la expresen a través de un concurso.
Las bases de la competencia que pagará unos 6 mil dólares al ganador están explicadas en este sitio web y el plazo para concursar vence en octubre.
Si todo sale bien, la casa que en este momento le pertenece a un octogenario millonario chino, será donada para que se convierta en el museo con el que todos los aficionados a las artes marciales sueñan.
Pueda ser. Hong Kong no tiene muchos hijos ilustres y sería una tristeza que la memoria del más ilustre de todos, se diluya sin pena ni gloria.
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viernes, 14 de agosto de 2009

El tratamiento del buldózer

Hace más de un año escribí aquí en este blog, sobre la facilidad con que ciudades como Hong Kong han destruido su patrimonio histórico, sencillamente porque resulta más rentable demoler los edificios antiguos y revender el terreno, que gastar en restaurarlos.
Lamentablemente, el dinero no es la única motivación para borrar la memoria colectiva de un pueblo y en China hay por lo menos dos ejemplos claros de ello.
El primero y más dramático es Beijing, la capital china, sede de cinco dinastías y durante siglos el corazón político y religioso del país, que ha sido cuidadosa y sistemáticamente transformada para hacer de ella una ciudad moderna, reluciente y sin memoria.
La destrucción de la antigua Beijing es un “acto deliberado de vandalismo cultural”, le oí decir hace poco a Jasper Becker, periodista inglés y autor de un libro cuyo tema inicial eran las reliquias arquitectónicas de la capital china, pero que acabó siendo una especie de réquiem de los centenares de monumentos y templos que han caído víctimas del buldózer.
Según Becker, 50 de los 64 kilómetros cuadrados que comprende la antigua Beijing ya han sido demolidos no sólo para dar paso a autopistas y rascacielos, sino sobre todo para re-escribir la historia de China, de manera que las nuevas generaciones conozcan apenas una versión higienizada del pasado.
El libro de Becker se llama “La Ciudad de la Tranquilidad Celestial” y le ha gustado a mucha gente, pero también ha despertado indignación entre quienes creen que había muy poco rescatable en la maleza de sucias callejuelas y edificios de inquilinatos de que se componía la ciudad.
Cuando conocí a Becker me impresionaron su seriedad y su genuino desconsuelo por el aniquilamiento del pasado, pero me llamó la atención que entre la audiencia que se había congregado para oirlo hablar, hubiera también varios amigos de la modernidad desenfrenada en la que se ha embarcado China.
El segundo ejemplo reciente de eliminación de la memoria histórica del país es Kashgar, una ciudad en el extremo occidental del país, que antes de que China empezara su demolición sistemática era catalogada como una de los ejemplos mejor preservados de arquitectura islámica en Asia Central.El problema con Kashgar es que está en la provincia de Xinjiang, una inmensa región anexada a la República Popular China luego de la revolución, cuyos habitantes son musulmanes de origen túrquico, es decir que culturalmente están muy distantes de la etnia que predomina en el resto del país, los Han.
El conflicto en Xinjiang da para otro post, pero es relevante mencionarlo porque para muchos es el motivo que subyace en la decisión del gobierno chino de demoler el 85% del casco antiguo de Kashgar y trasladar a sus habitantes a vivir en modernos bloques de edificios.
Las autoridades, por su parte, niegan la intención de borrar la memoria histórica de Kashgar y argumentan que el estado ruinoso de las actuales construcciones causaría una tragedia en caso de producirse un terremoto de la magnitud del de Sichuan.
Mientras grupos de defensa del patrimonio histórico hacen esfuerzos infructuosos para que Kashgar sea declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, los buldózeres continuan trabajando y el pasado del país milenario... desvaneciéndose.
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Regreso

Luego de larga y más o menos (in) justificada ausencia, vuelvo a ponerme al frente de este blog con la firme intención de actualizarlo con frecuencia. La maravilla es que aún en medio de mi largo silencio, seguí recibiendo visitas y comentarios.
Pido disculpas y doy gracias a mis fieles y generosos lectores, a quienes espero en el futuro no abandonar tanto ni con tanta determinación.
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sábado, 20 de junio de 2009

La nueva ficción del Mercader de la Muerte

A fines de este mes terminan en Bangkok las audiencias que definirán la extradición a Estados Unidos del ruso Viktor Bout, conocido como el “Mercader de la Muerte”, a quien la justicia norteamericana reclama por conspiración para vender armas a un grupo terrorista.
Bout fue capturado en marzo del año pasado en una operación encubierta, en la que agentes de la DEA se disfrazaron de guerrilleros de las Farc interesados en la compra de armamento.
Aunque Estados Unidos esperaba que la extradición de Bout fuera concedida por Tailandia en forma expedita, el proceso se ha arrastrado durante casi un año en el que los abogados defensores han conseguido repetidos aplazamientos.
Rusia ha salido en defensa de su ciudadano y el juez tailandés ha manejado el caso con parsimonia, consciente de que su decisión inevitablemente molestará a una de las dos potencias.
Según el periodista Douglas Farah, quizás el mayor especialista mundial en Bout y sus conexiones, el ruso ha hecho más que utilizar artificios legales para evitar ir a parar a una cárcel estadounidense. “Los rusos gastaron mucho dinero para tratar de liberarlo rápidamente pero no funcionó”, me dijo Farah, quien sigue el caso desde Washington.
Señalado como uno de los principales traficantes de armas del mundo, Bout ha sido acusado por la ONU de armar al exdictador liberiano Charles Taylor –juzgado en La Haya por crímenes contra la humanidad- así como a otros sangrientos regímenes africanos.
Más relevante para Colombia, de acuerdo con las investigaciones de Farah, entre 1998 y 1999 Viktor Bout arregló la entregó a las Farc de 10 mil fusiles que le urgían a la guerrilla para repeler una ofensiva militar.
Esta semana los abogados del “Mercader de la Muerte” agregaron una pieza de relaciones públicas a su estrategia de dilatar las audiencias con la publicación de una larguísima entrevista a la esposa de Viktor Bout en el periódico Bangkok Post, popular entre la élite bilingüe tailandesa.
En el reportaje, presentado como gran primicia, la esposa de Bout retrata las “terribles” circunstancias en que las autoridades mantienen a su marido en la prisión, sin acceso a periódicos ni teléfonos, con pocos libros y en compañía de asesinos. “No puede dormir y está muy nervioso”, se quejó la entrevistada.
Me pregunto si la señora Bout o el periodista acólito que presentó su versión sin ningún cuestionamiento, tendrán alguna idea de las condiciones en que la guerrilla mantiene a sus secuestrados. La peor prisión en Tailandia debe ser un hotel cinco estrellas al lado de la mejor cárcel guerrillera de Colombia.
En otro aparte, la señora Bout enumera las muchas cualidades humanas de su esposo. “Es aficionado a la poesía y la filosofía…Por encima de todo es un hombre de familia que comparte mucho tiempo con su hija”, sostiene.
Bout es buen padre, entonces. Quién lo diría. Tal vez podría ponerse a conversar con el Profesor Moncayo para que intercambien experiencias en materia de paternidad.
La forma como se está tratando de influenciar el caso creando una narrativamente totalmente distinta a la realidad es alevosa. Lo peor es que a juzgar por los comentarios de los lectores, una parte de la opinión pública compra la idea de que las acusaciones contra Bout son un montaje de los norteamericanos para castigar al gobierno ruso.
“Me pregunto si el gobierno tailandés hace esto para complacer al Tío Sam”, escribe un lector. “Qué historia tan interesante. Es bueno ver la otra cara de la noticia”, opina otro.
Ojalá que la reciente ofensiva de relaciones públicas no sea la antesala de una decisión que evite la extradición de Bout a Estados Unidos. La guerra en Colombia tiene muchos culpables pero como me dijo Douglas Farah, “es gente como Bout la que le ha dado oxígeno a las Farc para que puedan durar 45 años peleando”.
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