sábado, 15 de marzo de 2008

China juega a la defensiva

Transformar Pekín en una ciudad del futuro y dotarla con infraestructura para recibir 100 millones de visitantes durante los Juegos Olímpicos ha sido, como se sabe, una tarea monumental. Pero no se compara con el otro desafío que enfrenta China y que está resultando más difícil de vencer: silenciar las protestas dentro y fuera del país por el manejo de situaciones como la del Tíbet, el genocidio en Darfur y la falta de garantías ciudadanas en el gigante comunista.
Grupos defensores de derechos humanos, periodistas, minorías étnicas y hasta montañistas acusan al gobierno chino de estar escalando la represión para acallar cualquier nota disonante con la imagen de armonía que las autoridades se han empeñado en transmitir al mundo.
China ha apostado su orgullo nacional a la realización exitosa de los Juegos Olímpicos, y al parecer nunca estuvo en sus cálculos que tendría que jugar a la defensiva en tantos frentes a la vez.
En uno de los episodios más recientes, ocurrido esta semana, las autoridades anunciaron que la tripulación de un vuelo interno logró abortar un plan terrorista cuyo objetivo era derribar un avión que se dirigía al aeropuerto Pekín.
Según la policía, el complot fue planeado por extremistas islámicos de Xinjiang, una enorme región autónoma en el noroeste chino que tiene frontera con Afganistán y Paquistán y cuyos habitantes son de origen turcomano.
Xinjiang ha sido un permanente escenario de tensiones étnicas desde la entrada del ejército chino en la región durante la revolución de 1949.
Los uigur, habitantes originales de Xinjiang, acusan a China de persecución religiosa y cultural y se quejan de que el gobierno ha aprovechado la guerra global contra el terrorismo para reprimir también a los movimientos pacifistas que abogan por la separación de China.
"Permanentemente Pekín ha exagerado la naturaleza terrorista de la comunidad disidente en Xinjiang. Eso le ha dado un buen pretexto para lanzar su ofensiva y al mismo tiempo decirle al gobierno estadounidense que el país está cumpliendo su obligación internacional en la guerra contra el terror", dice Willy Lam, profesor adjunto en la Universidad China de Hong Kong.
El gobierno ha negado que la amenaza terrorista sea una fabricación y señala que su prioridad es garantizar la seguridad de atletas y visitantes durante la realización de los juegos.
Pero activistas de los derechos humanos insisten en denunciar que existe una campaña generalizada de silenciamiento que se agudiza a medida que se aproximan los Juegos Olímpicos.
"La gran preocupación de las autoridades es que se mantenga una imagen de estabilidad y armonía y hasta cierto punto eso es entendible porque se debe cuidar la seguridad, pero estamos viendo un aumento en el maltrato de activistas, lo mismo que detenciones y arrestos domiciliarios", señala Mark Allison, investigador de Amnistía Internacional para el este asiático.
De acuerdo con Allison, la policía china ha aumentado el uso de normas que le permiten detener sin juicio y enviar a campos de reeducación a ciudadanos que considera sospechosos.
Varios disidentes han sido víctimas de este procedimiento recientemente, pero también pequeños delincuentes, especialmente en Pekín.
"La policía está barriendo la ciudad de personas que considera indeseables y las envía a campos de trabajo durante 3 o 4 años, en donde son adoctrinadas y obligadas a hacer turnos. Lo mismo puede ser un activista que un taxista que comete infracciones", denuncia Allison.
La persecución también se ha extendido a los periodistas que trabajan en China. El Club de Corresponsales Extranjeros tiene registro de 180 reporteros que fueron víctimas de hostigamientos el año pasado, en algunos casos con violencia física y destrucción de equipos.
El celo del gobierno chino por acallar a sus críticos ha llegado a tal punto que el país está negando permiso a expediciones de montañismo para que escalen su lado del monte Everest.
El gobierno sospecha que algunos grupos están planeando protestas a favor de la independencia del Tíbet aprovechando el paso de uno de los relevos de la antorcha olímpica por la cima del mundo a comienzos de mayo.
Los disturbios de los últimos días muestran que las autoridades chinas no estaban tan equivocadas cuando temían que podría haber levantamientos en el Tíbet, pero prueban también que por más que lo intente, es improbable que China pueda mantener todos sus esqueletos en el clóset de aquí hasta la realización de los Juegos Olímpicos.
A pesar de la planeada imagen de perfecta armonía que las autoridades insisten en propagar, la realidad es que además de su cuestionable récord en materia de derechos humanos, el crecimiento explosivo de China ha generado conflictos que están latentes y que corren el riesgo de hacer erupción.
Entre ellos está el descontento de los maltratados emigrantes internos, la pérdida de fe en un sistema plagado de corrupción y la mayor inflación de la última década, que castiga duramente a los sectores más sufridos de la población.

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