domingo, 16 de marzo de 2008

La Gran Muralla de censura

En los últimos días, los reportes sobre el levantamiento en el Tíbet han luchado por penetrar la muralla de censura que el gobierno chino ha edificado alrededor de los medios de comunicación y de la Internet, para mantener control sobre lo que se divulga dentro y fuera del país.
Hasta esta noche la agencia oficial Xinhua había publicado escasa información sobre lo sucedido en Lhasa y la televisión oficial insistía en ignorar las mayores protestas que se han producido en el Tíbet en los últimos 20 años.
Entre tanto, otra batalla se libra en Internet.
Aparte de un periodista de la revista inglesa The Economist, quien se encontraba por casualidad en Lhasa, al parecer ningún medio de comunicación internacional ha logrado desplazarse a la capital del Tíbet, luego de que las autoridades chinas prohibieron el acceso ferroviario y aéreo a la región autónoma.
Algunas agencias de noticias internacionales han reportado el bloqueo intermitente de sus sitios, en tanto que el acceso al popular website de transmisión de videos Youtube.com fue bloqueado en el continente chino luego de que aparecieron en éste docenas de imágenes de las protestas en la capital tibetana.
En contrate, otros sitios de origen chino equivalentes a Youtube.com, seguían en el aire anoche gracias a que se abstuvieron de reproducir las imágenes de los disturbios.
A diferencia de las protestas de la Plaza Tiananmen en 1989 que ocurrieron en la era pre-Internet, la situación del Tíbet pone en evidencia la dificultad para un estado autoritario como el chino en controlar el flujo de información sin alienar el crecimiento de los nuevos medios electrónicos.
De acuerdo con cifras oficiales, China tiene 210 millones de internautas, la mayor población online del mundo. Cada día más de 200 mil nuevos subscriptores se suman a la autopista de la información, por lo que controlar su comportamiento y aislar a los críticos del sistema ha probado ser una tarea problemática.
En las semanas que precedieron a la realización del Congreso del Partido Comunista en octubre pasado, más de 2.500 websites y blogs fueron cerrados, según la organización Reporteros sin Fronteras.
Ante la proximidad de los Juegos Olímpicos la censura se ha intensificado, extendiéndose a sitios que según el gobierno ofrecen contenido pornográfico. Críticos de las medidas han sugerido que detrás de las campañas de “limpieza” existe el objetivo de perseguir a los disientes, de los cuales alrededor de 50 han sido detenidos en los últimos meses.
En el caso más prominente, un abogado de derechos humanos y autor de un popular blog, fue formalmente detenido el mes pasado bajo cargos de subversión del poder del estado y puede enfrentar hasta tres años de encarcelamiento. El activista y su esposa estaban bajo arresto domiciliario desde el 2006 pero se comunicaban con el exterior a través de la Internet.
Si bien la Internet ha probado ser un desafío para el gobierno en el control de la información que se difunde dentro y fuera de China, también es una herramienta de propaganda que las autoridades han empezado a utilizar.
Blogs que consisten en destacar las virtudes de la cultura china y se mantienen alejados de cualquier crítica política son vistos con buenos ojos por el gobierno. Las autoridades también utilizan los blogs para monitorear el ánimo general en asuntos políticos y económicos así como para moldear la opinión pública.
Grupos de periodistas occidentales se han dado a la tarea de traducir en los últimos días el contenido de blogs del continente chino que comentan sobre los incidentes del Tíbet, y han encontrado que el grueso de los comentarios de los internautas es contrario a la causa tibetana.
Al censurar los websites y blogs que se oponen al régimen, el gobierno está creando un aparente panorama de unánime oposición interna a la causa del Tíbet, cuya veracidad es imposible de comprobar y cuyas consecuencias están por verse.
El levantamiento en Lhasa y sucesivas protestas en regiones chinas con poblaciones de origen tibetano, son una prueba de fuego en el manejo de la información por parte de las autoridades chinas, en momentos en que todos los ojos del mundo están puestos en Pekín. No es la primera y ciertamente no será la última crisis de relaciones públicas que China enfrente en este año Olímpico.

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