jueves, 20 de marzo de 2008

Más sobre el Tíbet: la amenaza del separatismo

Cuando Kosovo declaró su independencia el mes pasado, varios países cerraron filas con Serbia y se negaron a reconocer al nuevo estado. Esos país son, casualmente, los mismos que lidian con reclamos separatistas de grupos étnicos minoritarios. De las 55 minorías en China no todas son problemáticas, pero al menos cuatro no se resignan a haber perdido el derecho a la autodeterminación, tal como se está viendo en el Tíbet.
La furia desplegada por los tibetanos en Lhasa es sintomática de la tensión que existe entre los habitantes originales de esa región y los chinos de origen Han, que constituyen el 92% de la población del gigante asiático.
China invadió el Tíbet en 1950 y desde entonces ha fomentado la inmigración de sus nacionales a esa región. En los últimos ochos años el flujo se ha intensificado, a raíz de la campaña oficial bautizada “Ir al Oeste”, que busca equilibrar el grado de desarrollo entre la remota mitad occidental del país y la prospera e industrializada costa oriental.
Pero mientras Pekín reclama haber llevado la modernidad al Tíbet, el Dalai Lama, líder político y espiritual de los tibetanos, califica la inmigración de genocidio cultural. “Sea que el gobierno lo admita o no, hay un problema. Hay una antigua herencia cultural que está en serio peligro”, dijo esta semana el religioso.
El Dalai Lama no cree que sea posible aspirar a la independencia del Tíbet y su llamado es de respeto a los valores culturales de su pueblo, pero parte de la población de la región, en un alto porcentaje gente joven, no comparte esa posición y fue la masa que salió a protestar violentamente en contra del dominio chino.
Para Pekín, sin embargo, la independencia del Tíbet y de otras regiones que aspiran a la separación, el tema está totalmente fuera de cuestión. Y ningún tema es tan sensible como el de Taiwán.

Cuestión de honor
Las protestas en Lhasa no podrían haber llegado en un peor momento y no sólo por tratarse del año de las Olimpiadas de Pekín.
El próximo sábado Taiwán celebra sus elecciones presidenciales y al tiempo con esa votación, el país decidirá si presenta su candidatura a las Naciones Unidas bajo el nombre de Taiwán y no de República de China, como ha sucedido en el pasado. Taiwán fue excluido de la ONU en 1971, cuando la Asamblea General aceptó al Partido Comunista como el gobierno legítimo de China.
Pekín ha reiterado que la realización del referendo es un desafío a su autoridad y que inevitablemente escalará las tensiones a lado y lado del estrecho que separa a la isla del continente. “Todo el que quiera distanciar a Taiwán de la madre patria no tendrá éxito y está condenado a fallar”, declaró ayer el premier chino Wen Jiabao.
China aspira tarde o temprano a anexar la isla que se separó cuando las fuerzas de Chiang Kai-shek huyeron a Taiwán tras ser derrotadas por los comunistas en 1949. Ninguno de los partidos que disputarán el poder este sábado en Taipei quiere eso, pero tampoco defienden la independencia absoluta, una posición que sería suicida desde el punto de vista militar.
Para China, recuperar Taiwán es fundamentalmente una cuestión de honor y de supervivencia de la clase política. Fracasar en ese propósito significaría que el gobierno no tiene total control de la población, lo que muchos creen produciría una rebelión generalizada en la que el Partido Comunista podría acabar expulsado del poder.
La misma lógica aplica al sofocar las protestas de la minoría Uigur, unos 9 millones de musulmanes originarios de una extensa región en el noroeste chino que limita con ocho países, entre ellos Afganistán y Paquistán.
Xinjiang, el territorio de los Uigur, fue invadido por China en 1949 y desde entonces Pekín implementa un proceso de aculturación similar al del Tíbet. “Sesenta a setenta por ciento de los grupos activistas Uygur son disidentes pacifistas que se oponen a la aculturación china en detrimento de sus propias costumbres. Otros demandan más libertades civiles y sólo una pequeña proporción pueden ser considerados secesionistas”, dice Willy Lam, profesor adjunto en la Universidad China de Hong Kong.
Pekín es implacable con las actividades de los separatistas Uygur y periódicamente hace redadas que dejan como saldo muertos y heridos a los que el gobierno acusa de ser parte de redes terroristas internacionales.

Reclamo mongol
La mano dura es aplicada también a los activistas de Mongolia Interior, una porción de la antigua Mongolia que en 1947 cayó bajo el control del Partido Comunista.
Los pobladores de esa remota zona rica en recursos naturales se quejan de colonialismo cultural y han apoyado iniciativas separatistas. Los líderes independentistas han sido castigados con largos períodos de encarcelamiento y sus procesos son mencionados con frecuencia por los activistas de derechos humanos.
En éste como en los casos del Tíbet, Taiwán y Xinjiang, la posibilidad de conceder independencia está totalmente descartada por el gobierno y también por la población china, sometida a décadas de propaganda oficial dirigida a alimentar el nacionalismo.
Los habitantes de origen Han en la China saben que tienen poco en común con minorías étnicas como la tibetana o la Uigur, pero se oponen a renunciar al control de esos territorios por motivos más cercanos al orgullo nacional que económicos o estratégicos.

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