lunes, 31 de marzo de 2008

Pasaje a la India

Es sabido que la India es una potencia en informática, pero eso no me ha servido de consuelo en los últimos días, en los que he tratado sin éxito de conectarme a Internet, y de paso a este blog.
Hace una semana empezamos a viajar por el nor-oeste de la India entre los estados de Uttar Pradesh y Rajasthan, en el límite con Paquistán. Debemos haber recorrido unos 800 kilómetros, la mayoría por carretera, a excepción del trayecto Delhi-Agra que hicimos en tren.
Venir a la India es cumplir un sueño. Al fin y al cabo, ¿cuándo me imaginé yo que iba a estar frente al Taj Mahal, o que visitaría palacios como de “Las Mil y Una Noches”, en los que los maharajás mantenían decenas de esposas y cientos de concubinas custodiadas por eunucos?
La verdad es que no sé muy bien qué esperaba encontrar en la India. Creo que me imaginaba el país envuelto en una atmósfera mística, algo así como la visión pasteurizada que venden los propagandistas de la "Nueva Era".
Lo que he encontrado es mucho más crudo, espectacular y conmovedor. Una belleza de colores dramáticos y definidos, sin nubes esotéricas que la diluyan.
La India que he visto es un lugar remoto no sólo en el espacio sino también en el tiempo, una superposición de culturas cuyas huellas se amontonan una sobre otras. Un verdadero choque a los sentidos, bello y al mismo tiempo aterrador.
A pesar de ser una de las naciones más industrializadas del planeta y del optimismo de los economistas sobre su crecimiento sostenido, las grandes ciudades indias parecen sacadas de los cuadros de El Bosco, y no queda claro si el país está en construcción o más bien en destrucción.
La respuesta, seguramente, son ambas cosas.
La semana pasada, por ejemplo, los diarios anunciaron la compra de la marca de automóviles Jaguar por el grupo Tata, un imperio económico indio que hace parecer enanos a todos los demás conglomerados económicos del Tercer Mundo.
Pensar que una de las marcas más emblemáticas de carros de lujo, le pertenece ahora a empresarios de un país en donde las calles están pavimentadas de miserables, es una ironía, por decir lo menos. Pero ayuda a entender las contradicciones que son la esencia de este país.
India tiene una clase profesional educada y ambiciosa que creció hablando inglés y que se mueve con total facilidad entre otras culturas. Pero ellos son apenas una porción de los 1,000 millones de habitantes del país, así como también son una minoría los descendientes de los marajás, que a pesar de haber perdido sus títulos y sus pensiones en la década del 70, siguen siendo tratados como realeza en sus regiones.
El grueso del país son los pobres, que dominan el paisaje y conviven con los animales y la basura en perfecto caos.
Para alguien con tendencias límpido-compulsivas como yo (mi cuñado colombiano nos acusa a mi hermana y a mí de tener la manía del orden y la limpieza), viajar por la India ha sido un desafío físico y al mismo tiempo intelectual.
He tenido que caminar descalza sobre el piso de templos hindúes cubiertos de excremento de palomas y salpicarme la cara con las aguas de un lago en el que a pocos pasos familias enteras toman baños ceremoniales.
O, como nos sucedió en Nueva Delhi, sumergir los pies en aguas estancadas y comer alimentos ofrecidos con la mano a todos los feligreses, durante un recorrido a Bangala Sabh, el templo más importante de la religión Sikh, al que nos llevó Daljeet Singh (en la foto).
Singh nació en Cashemira, la region que la India y Pakistan se disputan desde 1947, y cumple al pie de la letra los preceptos del Sikhismo, como no cortarse ni afeitarse un solo pelo del cuerpo. Por eso, debajo del turbante de siete metros que cubre su cabeza, este imponente indio, descendiente de una raza de guerreros legendarios, tiene una cabellera que le llega a la cintura.

2 comentarios:

  1. Me gustaria saber más del viaje a la India

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  2. Ojalá nos muestres mas fotos y nos cuentes más historias de ese viaje divino!

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