martes, 8 de abril de 2008

Pasaje a la India 2

Uno sabe que está volando sobre Nueva Delhi porque eso es lo que dice el piloto, pero a través de la ventana del avión sólo se ve la nube de contaminación que flota sobre la ciudad y que asfixia a sus 17 millones de habitantes.
Después de meses de anticipación y semanas de preparación, interminables negociaciones electrónicas con agentes de viaje honestos y truculentos, visitas al médico para recibir vacunas contra enfermedades desconocidas, después de consumir varios volúmenes de historia y no menos de 5 mil miligramos de remedios contra la malaria, aterrizamos en la capital de la India al atardecer de un sábado.
A la salida del aeropuerto, el conductor que había arreglado desde Hong Kong nos esperaba sosteniendo un cartelito con mi nombre. “Me llamo Arvind”, dijo con su sonrisa blanquísima. Qué alivio.
A pesar de los 23 e-mails que había intercambiado con la señora Pednekar, la agente de viajes en la que había depositado toda mi fe y un adelanto de fondos considerable, tenía miedo de que nos hubieran dejado a merced de los taxistas y los vendedores de souvenirs, custodiando hijas y maletas en el pandemonio que se forma a la salida del aeropuerto cada vez que llega un vuelo.
En la India los turistas llevan el signo US$ escrito en la frente. Cualquiera que parezca extranjero es asediado, perseguido, tocado, acosado y preguntado sin tregua. “What´s your name?”, “Money?”, “What country? Columbia? Columbia… Good! “Money?”.
Gracias a la mezcla de blanco, negro e indígena que me dejaron como herencia mis antepasados, yo esperaba mimetizarme con el entorno como me pasa en Hong Kong, en donde un día me dicen que soy árabe, al día siguiente italiana y al tercero filipina. Cuando me preguntan si soy de la India explico que soy un tipo diferente de india, pero sospecho que hay que ser colombiano para entender el chiste.
Por lo pronto estaba en Nueva Delhi y era evidente que éramos turistas.
Varias cosas me impresionaron de la capital. Pero su belleza no fue una de ellas. Aparte de los edificios gubernamentales y de las acicaladas manzanas del barrio en donde están las embajadas, Delhi se ve como un día después del bombardeo: una cuadra tras otra de edificios descascarados y casas cayéndose a pedazos, debajo de una maraña indescriptible de cables aéreos.
Buses con colgantes racimos humanos esquivan a toda velocidad las vacas que pastan en el medio de la vía, mientras que una procesión interminable de “Tuk-tuks” – los populares taxi-motocicleta de tres ruedas inventados en Asia y manejados por choferes suicidas- zigzaguean a la caza de pasajeros, sumando el persistente tuk-tuk de sus motores al barullo infernal del caos callejero.
Después están los pobres. Un tapete humano extendido sobre las calles disputando espacio y comida con los perros, los monos y las palomas, una imagen que habría de volverse familiar en nuestro viaje a la India.
De donde yo vengo las palomas son una plaga, pero en la India los animales, y no sólo las vacas, son sagrados. Por eso los hindúes son vegetarianos y en las calles hay un comercio de granos para atender a los practicantes hindúes que cumplen con el precepto de alimentar a los animales.
Me tomó dos días superar el asalto a los sentidos que es ese país. Me cuestioné seriamente si iba a ser capaz de resistir dos semanas y me preguntaba si habría hecho bien en embarcar a mis hijas (la idea original había sido de Adrián, así que él era el principal culpable) en un viaje en el que por ahora parecía haber mucho de educación, pero poco de recreación.
Por supuesto que estaba equivocada. Y una vez más fueron los sentidos los que me avisaron. Sucedió en nuestro segundo día en Delhi, cuando visitamos el templo Bangala Sabh de la religión Sikh.
Era domingo y el templo estaba lleno de fieles. Empezamos a caminar descalzos sobre el mármol blanco y no sé qué fue, si el espectáculo de las mujeres con sus saris multicolores o los hombres con sus magníficos turbantes, pero la visión me conmovió hasta las lágrimas.
En el centro del templo, en una especie de escenario, tres músicos cantaban himnos del sikhismo acompañándose con el Harmonium, un pequeño teclado que produce un sonido similar a los bajos de un acordeón, y un par de Tablas, tambores hechos con cuero de cabra característicos de la música del subcontinente.
Fue el primero de muchos contactos que tendríamos en los siguientes días, con la intensa religiosidad del pueblo indio.

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