sábado, 12 de abril de 2008

Pasaje a la India 3

Decidimos viajar en tren a Agra. Eran las cinco de la mañana y me impresionaron las hileras de cuerpos durmiendo en el piso de la estación de Delhi. No eran viajeros a la espera de un tren fuera de horario, sino inquilinos permanentes que se protegían de la intemperie en el único hogar que conocen.
La India es un país de trenes, que al igual que las personas parecen venir en castas. Investigando para el viaje, había descubierto la existencia del “Palacio sobre Ruedas”, la versión india del Expreso de Oriente desde el cual se puede ver pasar el país por la módica suma de 600 dólares diarios.
Optamos por un tren de una casta más humilde, el Shatabdi Express, que a 8 dólares por cabeza nos llevó en dos horas a Agra, té y curry vegetariano incluídos. Una ganga, aunque sospecho que a esa hora mi estómago no apreció del todo el menú.
En Agra teníamos una misión, además de cumplir el sueño de toda la vida de ver el Taj Mahal.
Adrián es argentino, pero su abuelo que era hijo de un militar inglés en la India, nació en Agra. Nuestra misión entonces, era visitar la Iglesia Anglicana en donde había sido bautizado el bisabuelo de mis hijas, y reconstruir esa parte de la historia que había transcurrido en Asia.
La Iglesia se mantiene en pie y aunque seguramente ya vio tiempos mejores, es evidente que alguien la cuida.
Sus paredes están llenas de lápidas que hablan de militares muertos durante el Motín de 1857, una rebelión de los 200 mil soldados indios que servían en el ejército de la Compañía Británica de las Indias Orientales.
El motín duró un año y medio y fue detonado por un hecho insólito: la llegada de un nuevo rifle, que utilizaba balas cubiertas por una capa de grasa que debía ser arrancada con los dientes.
Los soldados que eran hindúes estaban convencidos de que la grasa utilizada era de vaca, el animal sagrado. Los que eran musulmanes creían que las balas tenían grasa de cerdo, cuya carne está prohibida por su religión.
La insensibilidad de los ingleses para entender la repulsión que producía en las tropas locales tener que morder las nuevas balas, desencadenó la revuelta.
El bisabuelo sobrevivió a esos tiempos convulsionados y acabó en Argentina, luego de una estancia de algunos años en Río de Janeiro, en donde trabajó para una empresa de telecomunicaciones y jugó fútbol en el recién fundado Club Botafogo.
Misión cumplida, muy temprano al día siguiente viajamos de Agra a Jaipur, la capital de Rajasthan, en el noroeste del país.
A la salida de Agra pasamos por un enorme lote baldío, en el que decenas de mujeres inclinadas parecían estar sembrando. Pero no era tierra sino estiércol de vaca lo que cubría el terreno, y las mujeres no sembraban sino que amasaban el estiércol hasta formar discos de unos veinte centímetros de diámetro, que una vez secos se usan como combustible para cocinar.
La carretera a Jaipur es lo que en la India se conoce como una autopista: dos carriles de ida y dos carriles de vuelta en los que de vez en cuando, sin que nadie sepa por qué, aparecen camiones en contravía.
No podría decir que nos faltaron emociones en el viaje. Impasible, Arvind negociaba la vía con camiones extraviados, jeeps cargados de parroquianos y diabólicos tuk-tuks. Me pasé todo el tiempo saltando en el asiento de atrás, pensando que “hasta aquí llegamos” y felicitándome por haberle enviado a mi hermana una lista con nuestros contactos en la India, así por lo menos sabría por dónde empezar a buscarnos.
El paisaje se puso cada vez más desértico y los saris de las mujeres cada vez más coloridos. En un momento, la velocidad del tránsito disminuyó hasta casi detenerse. Se me ocurrió que había habido un accidente. Por la forma en que todo el mundo manejaba, en ese punto ya me parecía un milagro que no hubiera habido alguno.
El accidente en realidad, éramos nosotros, que viajábamos en una camioneta por una ruta por la que durante siglos sólo transitaron hombres y bestias. Ajeno a la conmoción de bocinazos y zigzagueos, un grupo de pastores con turbantes rojos guiaba por la mitad de la carretera a su rebaño de ovejas.
En un arranque didáctico se me ocurrió explicarles a mis hijas que las ovejas iban para el mercado de Agra, en donde serían vendidas y acabarían en la mesa de alguien. En ese momento juraron que nunca más volverían a comer cordero, y hasta ahora lo han cumplido. Como el pollo tiene gripa, el pescado contiene mercurio y la carne de res está muy cara, creo que nos tocará volvernos vegetarianos.
Antes de llegar a Jaipur paramos en Fatehpur Sikri, una ciudad medieval construida por el emperador Akbar el Grande, un musulmán descendiente de los mongoles, los persas y los turcos que dominaron gran parte de la India durante trescientos años, a partir del comienzo del siglo XVI.
Fatehpur Sikri es uno de los sitios declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y al igual que las otras ciudades de Rajashtan que visitamos, está llena de monumentos que mezclan la iconografía islámica con la hindú.También está llena de gente, como todas las calles, plazas, parques, templos, mezquitas, muelles, tiendas, baños, restaurantes y aeropuertos en que estuvimos.
Hace unos años, cuando nos íbamos a vivir a Tokio, un amigo que ya había estado en Japón me dijo que Tokio era como la salida del estadio los domingos por la tarde, excepto todo el tiempo y en todas partes. La imagen me hizo gracia, pero confieso que nunca sentí realmente que la capital japonesa fuera tan congestionada.
La descripción en cambio, le ajusta muy bien a la India.
Durante el viaje llegué a entender a los sadhu, individuos que cortan todos los lazos con la vida material y se retiran a vivir en aislamiento. También se ven sadhu en las ciudades, abstraídos de la agitación que hay a su alrededor. La gente los alimenta y al mismo tiempo les teme. Hace poco leí un libro en el que la autora, una australiana, aseguraba que una doble neumonía que casi la mata se la produjo con su mirada penetrante un aghori, que es como se llaman los sadhu que viven alrededor de los sitios de cremación y que cubren su cuerpo con las cenizas de los muertos.
Nosotros nos topamos con un sadhu en un templo hindú en Udaipur. El asceta nos pidió dinero a cambio de la fotografía, lo que me hizo dudar de su determinación de alejarse de la vida material. Pero quién era yo, una semi-atea que vive en el país en que la única divinidad es el dios dinero, para dudar de la espiritualidad del prójimo? Le dí 200 rupias.

2 comentarios:

  1. Es increíble como vive esa gente, tanta desigualdad, tantos contrastes y tanta belleza, todo al mismo tiempo. Creo definitivamente que lo que les permite seguir en su cotidianidad es su riquísimo mundo espiritual. Una lección para nosotros que nunca estamos contentos con nada, podríamos aprender de ellos y entender que menos es más.

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  2. Eso es verdad. Ellos viven en otra esfera espiritual, pero no deja de incomodarme que vivan una vida medieval en pleno siglo XXI.

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