viernes, 18 de abril de 2008

Pasaje a la India 4

Antes de salir de Hong Kong había resuelto estudiar un poco la historia de la India, o al menos de Rajasthan y Kerala, las zonas que íbamos a visitar, para no exhibir mi ignorancia de manera tan alevosa durante el viaje.
El texto que casi todas las librerías recomendaban era “Una Historia de la India”, del inglés John Keay. Decidí comprarlo, convencida por el comentario del periódico londinense The Times que lo describía como “ambicioso, colorido y fascinante”.
No sé lo de colorido y fascinante, pero puedo atestiguar lo de ambicioso: 534 páginas en letra de tamaño 10 puntos. Después de varios días de cargar el libro de un lado al otro de mi apartamento sin pasar de la quinta página, acepté que a menos que cambiara de estrategia jamás adquiriría el conocimiento que necesitaba, en el tiempo que me quedaba.
Abandoné el libro, encendí el computador, entré a Wikipedia y escribí la palabra Rajput. Yo esperaba que me contara la historia de los antiguos príncipes de Rajasthan. Me dí cuenta de que necesitaría un Plan C cuando llegué a este párrafo: “Prithviraj Chauhan demostrado ser el último gobernante de Rajput Delhi. El Chauhans, dirigido por Govinda, nieto de Prithviraj, más tarde estableció un pequeño estado centrado alrededor de Ranthambore en la actual Rajasthan. El Songara secta de los clanes más tarde Chauhan dictaminó Jalore, mientras que la sección del Hada y el mismo clan establecido su imperio en los Hadoti región en la mitad del siglo 13”. Juro que es una transcripción literal.
El Plan C funcionó de maravilla: en el vuelo a Nueva Delhi hice lectura rápida de la guía Lonely Planet.
Ahora que regresé he vuelto a hojear el libro de historia. Y no es casualidad: la India ofrece más preguntas que respuestas y tal vez lo que estoy buscando no está en los libros, pero así como hay países que parecen estar en dos dimensiones –que no menciono para no ofender a nadie- la India está definitivamente en tres dimensiones y la religión, o mejor, las religiones, tienen mucho que ver en esa amalgama.
Nuestra siguiente escala en el viaje eran Jaipur e Udaipur, ciudades que durante trescientos años fueron gobernadas por maharajás hindúes bajo el dominio de emperadores musulmanes. El resultado está a la vista en palacios y fuertes que recuerdan las construcciones más famosas de Andalucía.
Yo asociaba la estética hindú con faldas hippies e incienso dulzón, pero esas ciudades medievales al borde del desierto, algunas en ruinas y otras en pleno esplendor, me maravillaron.
El flujo de turistas es constante. Muchos vienen de otros países, pero también hay masas de indios y paquistaníes para quienes los lugares históricos no son una escala en su ruta turística sino un sitio de peregrinación.
Parada ahí, siento un poco de vergüenza de mi ignorancia y me arrepiento de no haber puesto atención cuando en el colegio la madre Isabel enseñó el capítulo de las invasiones de los mogoles, que no se deben confundir con los mongoles, aunque los primeros descienden en parte de los segundos. O algo así.
El guía que contratamos relata entusiasmado las hazañas de guerreros y cabalgaduras, y revela con un guiño detalles picantes de la vida amorosa de los maharajás, lo cual supongo explica por qué más tarde en una librería, mi hija menor me pregunta de qué se trata el Kamasutra.
Dejo de escuchar al guía y me pongo a pensar en la relación de los indios con Dios, dios, los dioses, Buda, Mahavira, Zoroastro, los diez gurús, Alá…
No sé si envidiar o tener lástima de los creyentes. O sentir lástima de mí, una escéptica sin carácter que todavía voy a misa y patrocino la Primera Comunión de mis hijas, todo sin mucha convicción.
Los contrastes de la India y la miseria en que viven cientos de millones de sus habitantes, me hacen pensar que considerando todo lo que los fieles hacen para complacerlos, los dioses no son muy agradecidos. Muchos hindúes van a diario al templo, y otros tienen altares en sus casas o cerca de ellas, en los que ponen ofrendas todos los días.
El guía me señala una imagen de Ganesh, el dios más popular del hinduismo, representado por un niño con cabeza de elefante y cuatro brazos. Me explica que la escultura es inusual porque la trompa del elefante, en lugar de mirar a la izquierda mira a la derecha, y que figuras de Ganesh como ésta son raras y muy codiciadas.
También son temperamentales y todo el que tiene un Ganesh orientado hacia la derecha, vive bajo el miedo constante de ser castigado si alguna vez se le olvida renovar la ofrenda.
Al día siguiente pasamos frente a un almacén de antigüedades y Adrián mira con codicia dos figuras de vacas talladas en madera. Son lindas y no cuestan mucho, pero a la hora de decidir doy marcha atrás y me opongo rotundamente: me acabo de acordar que en la India la vaca es una criatura sagrada que representa a todos los otros seres vivos, y que mientras en la vida real una vaca sólo necesita agua y pasto, quién sabe qué extravagantes ofrendas harán felices a estas vacas de madera.
De Jaipur viajamos a Udaipur, un trayecto de seis horas lleno de imágenes sublimes: mujeres regresando de recoger agua en el pozo, taxis rurales que hacen realidad la expresión “llenos hasta el techo”, camellos, elefantes y buses pintados de todos los colores. En el reino del revés que es la India, los buses le piden al carro de atrás que por favor haga sonar la bocina.
Udaipur fue fundada por un maharajá que siguió el consejo de un ermitaño y es un imán que atrae gente de todas partes.
Según Rudyard Kipling, el autor de “El Libro de la Selva”, la pantera Baguira nació en Udaipur. Y en las habitaciones de su palacio más famoso, que reposa en la mitad de un lago, se filmaron las escenas tormentosas de Octopussy, la entrega número 13 en la serie de James Bond. Las nuevas generaciones encontrarán esta referencia más comprensible: una de las películas de The Cheeta Girls (yo tengo hijas pre-adolescentes y por eso sé de lo que hablo) está siendo rodada en Udaipur.
Si no fueran de un maharajá, diría que los palacios de Udaipur son dignos de un maharajá. La lista de maravillas arquitectónicas y tesoros que encierran llega a ser soporífera. O tal vez el soporífero era nuestro guía, que se empeñó en narrarnos cada batalla ganada por los príncipes hindúes e insistió en hacernos una lista detallada de cuáles de ellos eran hijos legítimos y cuáles adoptados.
Las historias de las peripecias amorosas de los maharajá locales eran menos entretenidas que en Jaipur, pero esa ausencia fue compensada por murales con relatos gráficos (gráficos es la palabra clave aquí) del romance entre el Señor Krishna y su amada Radha.
Por un golpe de suerte, habíamos reservado una posada en lo alto de una colina en las afueras de Udaipur. Fue un alivio escaparse del bullicio de la ciudad y oír otra vez el canto de los pájaros y el mugido de las vacas. Necesitábamos un descanso de la algarabía de los días anteriores y nos prometimos que a la mañana siguiente nos levantaríamos temprano a caminar y explorar la zona.

2 comentarios:

  1. Leo esta historia y no puedo sentir más que admiración y envidia. La cultura oriental es algo que me fascina cada vez más y me muero de ganas de conocer todas esas maravillas. Por el momento, estoy atenta a cada publicación del Blog. Te felicito!

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  2. Yo me he dado cuenta de que uno nunca termina de aprender. La cultura oriental es tan milenaria que uno logra apenas raspar la capa exterior. Gracias por tu comentario.

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