miércoles, 23 de abril de 2008

Pasaje a la India 5

A pesar del cansancio, saltamos de la cama a las seis y media. Nos habíamos quedado hasta tarde oyendo las historias del dueño de la posada, el mayor Durga Das, un oficial retirado del Ejército indio cuyos antepasados, también militares, habían hecho parte de las tropas que defendieron Udaipur de las invasiones de otros príncipes hindúes y de los musulmanes.
Orgulloso, el mayor nos mostró su colección de fotografías. En muchas de ellas, él aparecía al lado de Arvind Singh Mewar, hijo del último maharajá de Udaipur y el sucesor número 76 de una dinastía que reclama ser una de las más antiguas del mundo.
Me impresionó la reverencia con que el mayor se refería a la familia real de Udaipur y pensé cómo en Occidente maharajá es una mala palabra, sinónimo de auto-indulgencia y de ostentación sin recato. En la India yo sólo había visto respeto y veneración por los antiguos príncipes, como si la pobreza ultrajante en que vive la gente no fuera consecuencia en parte de la indolencia de sus majestades.
Otra cosa me había impresionado: en todos los lugares en donde habíamos comido y dormido en la última semana, casi todas las personas de servicio eran hombres. En la posada del mayor Durga Das no era diferente, lo que me recordó algo que había pasado en Tokio dos años antes y que había sido para mí una inesperada introducción a una cultura de la que entonces no sabía nada.
Entre las muchas amigas de mi hija Gabriela en Japón, había una niña india llamada Parini, que un día la invitó a jugar a su casa. Antes de la cita, la mamá de Parini me llamó por teléfono para advertirme que ella trabajaba y preguntarme si me importaba que dejara a las niñas con su empleada.
En realidad, la señora usó la palabra “helper”, con lo que yo me imaginé una empleada filipina de las muchas que hay en Japón. “Ningún problema”, le dije y colgué el teléfono, felicitando mentalmente a mi hija por codearse con gente tan educada.
Al día siguiente, un miércoles por la tarde, fuimos a la casa de Parini y un hombre nos abrió la puerta. “Una familia en la que la mujer trabaja y el hombre se queda en la casa”, pensé. Inusual, pero debe ser lo que se usa en la India.
El señor me invitó a sentarme y me ofreció un jugo. Actuaba con tanta humildad que empecé a sospechar. Cuando se fue a la cocina y encendió la licuadora, mi cerebro por fin hizo la conexión: el señor no era el dueño de la casa sino el empleado, y yo estaba a punto de dejar a mi hija de 8 años con un hombre al que no había visto jamás.
Me tomé el jugo más largo de mi vida tratando de inventar excusas para deshacer el programa: ¿Tareas sin hacer? No, eran vacaciones. ¿Cita médica? La niña no podía estar más rozagante. Tenía la mente en blanco. Cuando no me quedó más remedio me levanté y me despedí, dejándole claro a Gabriela que la empleada era un empleado y advirtiéndole que si notaba algo raro me llamara. Hay momentos en que es una bendición que nadie alrededor entienda español.
Sobra decir que no pasó nada y que cuando volví a buscar a mi hija -media hora antes de lo acordado porque no aguantaba más la ansiedad- me sentí avergonzada de haber mirado con desconfianza al empleado.
Sentí lástima por él. Seguramente tendría esposa e hijos a los que había dejado atrás para ir a trabajar a Japón, un país distante y ajeno en el que la policía trata como sospechosos a los empleados domésticos extranjeros y los hostiga aunque tengan todos sus documentos en regla.
Pero en todo caso había algo en esa inversión de géneros, de hombres desempeñando oficios que yo siempre ví como femeninos, que me incomodaba y quizás me incomoda aún. Si no fuera así, seguramente no lo habría notado en la India.
Esa mañana en Udaipur el aire estaba claro y fresco y el sol, que al mediodía dispara sus rayos como lenguas de fuego salidas de una historia bíblica, apenas comenzaba a asomarse.
Dejamos la posada y nos pusimos a andar por un camino estrecho. Una procesión de mujeres y niñas en saris de colores se aproximaba en sentido contrario, seguida de cerca por una vaca escuálida.
Antes de cruzarse con nosotros, la procesión se detuvo y las mujeres, que cargaban recipientes con comidas y bebidas, se inclinaron y empezaron a derramar todo en el piso.
Me sentía como una intrusa interrumpiendo la pooja matinal, la ceremonia con que los hindúes empiezan el día y que es una forma de conectarse con uno o varios dioses para invocar su bendición.
Ante todo, me moría de ganas de preguntarles cómo ese tramo de la carretera que a mí me parecía tan desprovisto de encanto como cualquier otro, podía ser la sede local de los dioses.
Nos quedamos a ver la pooja tratando de hacernos los invisibles, hasta que las niñas indias que hacían parte del grupo se acercaron y empezaron a tocarnos y a reírse. Querían que les tomáramos fotografías, y como si no conocieran otras cámaras que las digitales, nos hacían mostrarles las fotos inmediatamente para poder burlarse unas de las otras.
En medio de la confusión que habíamos traído al culto matutino, la vaca aprovechaba para comerse las ofrendas, mientras algunas mujeres trataban de espantarla con delicadeza, para no ofenderla, digo yo.
Había sido un comienzo auspicioso de nuestro último día en Rajasthan. A media mañana nos despedimos con tristeza de Arvind, nuestro conductor durante una semana en el norte, y embarcamos en un vuelo de cuatro horas a Thiruvananthapuram, la capital del estado de Kerala. Thiruvananthapuram solía llamarse Trivandrum hasta 1991, cuando el gobierno decidió cambiarle el nombre por uno que todo el mundo pudiera pronunciar.
En los últimos años, diferentes estados en la India han tratado de reinstaurar los nombres que las ciudades tenían antes de la llegada del Imperio Británico, y por eso Calcuta ahora se llama Kolkata, Bombay se llama Mumbai, Madras se llama Chennai y Trivandrum se llama Thiruvananthapuram.
Cualquiera que fuera su nombre, nos sentíamos en un lugar remoto, al sur del sur de la India. El clima, que durante nuestro paso por Rajasthan había sido seco y calcinante, en Kerala era húmedo y calcinante.
En el aeropuerto nos esperaba Mulgi, otro conductor que yo había tenido el buen juicio de reservar desde Hong Kong, y que según me habían asegurado era experimentado y responsable. También creo que tenía una suerte loca, porque durante las tres interminables horas que duró el recorrido hasta Alappuzha -nuestro primer destino- Mulgi no hizo sino esquivar accidentes a punto de ocurrir.
Durante los preparativos del viaje, yo me había debatido entre recorrer por tierra una buena parte de Kerala, o atravesar un famoso pantano en barco, fondeando ocasionalmente para poder ver de cerca un poco de la vida rural de la región.
Me decidí por el barco y aunque había insistido en que me garantizaran que era limpio y estaba en buenas condiciones, siempre temí que llegada la hora tendríamos que compartir las camas con ratones y cucarachas. Pero en ese momento, viajando a toda velocidad por las carreteras suicidas de Kerala y lamentándome de no haber hecho más con mi vida cuando la tuve, la alternativa de dormir abrazada con un insecto me parecía deseable.
Al día siguiente, cuando me desperté, me dolían los músculos abdominales. Tres horas de tensión en Kerala habían logrado lo que a duras penas ha conseguido mi entrenador australiano.

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