jueves, 1 de mayo de 2008

Pasaje a la India 6

Atrás quedaron los palacios fabulosos, los camellos a camino del desierto del Thar y los pastores rajashtanis con sus turbantes rojos. El paisaje tropical de Kerala parecía una escena rural de algún país de Latinoamérica: palmeras y matas de banano, mujeres de caderas rotundas y andar parsimonioso, niños jugando sobre el piso de tierra, hombres con faldas de colores…
¿Hombres con faldas de colores? Viendo películas de Bollywood yo me había convencido de que los hombres indios eran galanes bien parecidos y sumamente varoniles. Pero desde que estuve en Kerala y vi a los señores usar minifalda, no puedo evitar pensar que cuando no están en el set de grabación, los adonis del cine indio andan por ahí mostrando las piernas. Intrigada por saber el origen de la falda, se me ocurrió preguntárselo a Mugli, nuestro avezado conductor. Me imagino que me contestó en malayalam, el dialecto local, porque no le entendí nada. Mugli hablaba un idioma indescifrable en el que de vez en cuando aparecían palabras en inglés.
La falda, supe después, se llama Lungi, y se usa de dos maneras: larga y con la abertura al frente, o con el borde levantado y guardado en la cintura, que es cuando se convierte en un modelito tipo Coco Chanel que provee máxima ventilación en un clima húmedo como el de Kerala.
Lo que más me intrigaba del Lungi era la forma insistente en que mis interlocutores se lo subían y bajaban.
Cuando volví a Hong Kong y leí un poco sobre el tema entendí mejor: en el sur de la India es indebido que un hombre con las rodillas descubiertas se dirija a una mujer. Eso explicaba por qué cada vez que hablaba con alguien del sexo masculino, el individuo se desataba la falda y la dejaba caer sobre sus piernas. Cuando yo me alejaba, el Lungi volvía a su estado original, o sea se convertía en una diminuta pieza de ropa frente a la cual, lo que usan las adolescentes japonesas parecen maxifaldas.
A pesar de las diferencias en el vestuario, Kerala se parecía a la zona bananera de Colombia y la sensación de familiaridad era tan fuerte, que decidí mirar el mapa. Descubrí que los dos lugares están en la misma latitud. Como yo no sé nada de geografía, todavía estoy impresionada con la coincidencia.
Luego de dos horas de viaje en el camino hacia Alappuzha, nos desviamos para poder acercarnos al mar. Adrián ya lo había visto en Mumbai, pero para mí era la primera vez. “¡Éste es el Mar Arábigo!”, les anunciamos emocionados a mis hijas. Se quedaron mirándonos a la espera de la parte interesante de la historia. Como no dijimos nada más, se agacharon a jugar con la arena. A ellas les parecía idéntico a los otros mares que habían visto antes en su vida, pero eso no era verdad.
Por ese horizonte al que ahora mirábamos, habían aparecido los barcos de Vasco de Gama que habían abierto la ruta marítima a la India. Hasta entonces, el comercio de Europa con el Lejano Oriente lo hacían caravanas que atravesaban Asia Central por un camino accidentado y peligroso.
Los portugueses convirtieron el comercio de especias como la canela, el cardamomo y el jengibre, en la principal actividad económica del mundo en la Edad Media. Gracias a esos comerciantes, y a los misioneros que llegaron con ellos, el 20% de la población de Kerala todavía practica el cristianismo.
En la playa encontramos a un grupo de pescadores que recogía una enorme red. Eran mayores de edad y muy delgados, y las palmas de sus manos tenían la consistencia del cuero. Nos quedamos absortos mirándolos jalar la red, mientras repetían un canto que les ayudaba a mantener el ritmo. Era un trabajo duro bajo el sol implacable del trópico indio.
Un oficio sin mucho futuro, que quizás sus hijos cambiaron por un empleo en construcción en el Golfo Pérsico. Casi dos millones de keralenses han emigrado a países árabes para trabajar como obreros o como empleados domésticos. Las remesas que envían cada año, cinco mil millones de dólares, son la sangre que corre por las venas de Kerala.
Eso explicaba por qué desde que habíamos aterrizado en Trivandrum, no habíamos visto la pobreza horrenda de otros lugares en el norte.
Retomamos el camino al puerto de Alappuzha, una pequeña ciudad a la que llaman la Venecia del Oriente porque está en medio de un sistema de lagos y lagunas con ocasionales islas habitadas.
Le confirmamos a Mugli que nos encontraríamos dos días después, y embarcamos en un kettuvallam, una góndola motorizada al estilo de las barcazas en las que se transportan granos, adaptada para viajes turísticos. El barco era grande y limpio, una especie de casa flotante hecha de paja en la que mi pesadilla de dormir abrazada a una cucaracha nunca se materializó.
Nos habían advertido que el sur de la India era otro país, muy distinto de la región en el norte que acabábamos de visitar. Era verdad. Era mucho más verde y más hindú, sin la fuerte influencia islámica que nos había maravillado en Rajashtan.
Navegamos por la red de canales, interrumpiendo la rutina de las familias que viven en las orillas cultivando arroz, banano y yuca en minúsculos pedazos de tierra.
"¿Yuca?", le pregunté en español al capitán del bote tratanto de averiguar cómo se llamaría el tubérculo en el dialecto local. “No”, se apresuró a corregirme. “Mandioca”. Suerte que yo hablaba malayalam y le entendí. Al día siguiente cuando el barco paró en una tienda acuática a comprar pescado para el almuerzo, divisé un bulto de mandiocas y me abalancé sobre él. No había visto una yuca en meses y sabía que pasarían varios más antes de tener otra oportunidad.
La yuca frita fue una adición bienvenida al menú del barco, que estaba a cargo de un sonriente cocinero, un maestro en el arte de acortar y alargar su falda con un solo movimiento. La comida era deliciosa y nos permitió alcanzar el grado de gourmets en la modalidad de curry. Para cuando terminó el viaje, habíamos probado todo lo que fue, es y será susceptible de ser preparado con curry, incluyendo pollo, pescado, lentejas, papas, ocra, calabaza, pepinos, arvejas, zanahoria, coliflor, repollo y lo mejor: huevos cocidos al curry, porque no hay nada como un desayuno liviano para empezar el día. Sobra explicar por qué me acordé con inmensa gratitud de mi amiga de Hong Kong que me insistió en que comprara Mylanta para el viaje.
El recorrido en barco estuvo lleno de pequeños momentos memorables: niños chapoteando en el agua que paraban de jugar para decirnos adiós, vendedores ambulantes que detenían sus canoas para ofrecernos plátanos o camarones recién pescados. Vacas pastando en un corredor de tierra de un metro de ancho. De vez en cuando, veíamos a una mujer lavando la ropa. ¿O más bien debería decir destruyendo la ropa? No sé qué hay con la ropa limpia en la India, pero volví con la impresión de que en ese país sólo hay una forma de lavar, y esa forma es levantar la prenda de ropa enjabonada y azotarla con toda la fuerza contra una piedra.
Estoy segura de que la potencia del primer impacto debe haber eliminado hasta la última partícula de suciedad, pero las lavanderas –en dos semanas nunca vi a un hombre lavando la ropa- repiten la operación una docena de veces, hasta estar seguras de que cada pieza de ropa lavada se verá vieja, gastada y totalmente limpia.
Los barcos turísticos siempre se detienen en los mismos lugares y el nuestro no fue diferente. A media mañana desembarcamos en Champakulam, un pueblo en la mitad del sistema de canales de Kerala cuya principal atracción es la Iglesia de Santa María, una joya de arquitectura indo-portuguesa.
Cuando llegamos a la Iglesia, un grupo de niños recibía el catecismo y aprendía himnos en uno de los corredores exteriores. A pesar de mi descreimiento, sentí admiración por los sacerdotes portugueses que se habían aventurado hasta estas lejanías en nombre de la fe, y me impresionó que su mensaje siguiera vivo casi cinco siglos después.
Lo que yo no sabía en ese momento, es que el mensaje había llegado a la India mucho antes, a bordo de un barco romano.
A mi regreso a Hong Kong, averiguando sobre el tema, descubrí que los cristianos en la India no son monolíticos ni están todos alineados con Roma, pero sí tienen algo en común: están convencidos de que el primero en convertir almas en la India fue el propio Apóstol Santo Tomás, quien según ellos desembarcó en Kerala hace 1.900 años.

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