lunes, 5 de mayo de 2008

Bye Bye Ling Ling

Nunca he tenido mascotas. O mejor dicho, he tenido pero nunca han vivido con nosotros. En Miami, por ejemplo, nuestra mascota era Lolita, la orca del Seaquarium.
Tal vez por falta de imaginación, o por vivir a menos de diez minutos del acuario, o simplemente porque habíamos comprado el pase anual y nos daba culpa no usarlo, siempre que estábamos sin programa acabábamos en el Seaquarium.
Era como nuestro segundo hogar. Íbamos tanto que el carro estacionaba solo, los porteros no se molestaban en mirar nuestros pases y el vendedor de arepas de choclo nos saludaba de nombre.
La que más se alegraba era Lolita. Yo juro que cuando nos veía entrar, la ballena se acercaba al borde de su estanque y se erguía por encima del agua para que la viéramos sonreír con sus dientes filosos.
Nos sabíamos de memoria sus piruetas y adivinábamos de inmediato cuándo no se sentía bien, porque sus saltos eran menos espectaculares y su canto más melancólico.
Elegíamos los puestos del estadio dependiendo de la estación: primera fila en el verano, para que Lolita nos refrescara con sus chapoteos. Décima fila en el invierno, cuando sólo los turistas incautos acababan empapados.
Rara vez íbamos a ver a los delfines o el insípido espectáculo de los leones marinos. Estábamos demasiado ocupadas visitando a Lolita y cerciorándonos de que los empleados del Seaquarium la trataran bien.
Yo estoy segura de que ella habría preferido vivir en nuestro edificio para estar cerca de nosotros, pero sabíamos que iba a ser difícil acomodar sus casi siete metros en la piscina del conjunto, así que ni siquiera se lo propusimos a la oficina de administración. También estaba el tema de la comida. Una orca come más de 200 kilos de pescado por día.
Cuando supimos que nos íbamos de Miami fuimos a despedirnos de Lolita. Le explicamos que iba a ser un desafío encontrarle un lugar apropiado en Japón, en donde la gente se disputa el espacio codo a codo. Además, le dijimos, ya había como siete orcas en los parques acuáticos japoneses y nadie nos garantizaba que iban a ser amigables con ella. Ya nos habían advertido de la timidez de los japoneses.
Fue una despedida larga y llorosa, aunque como Lolita estaba en su estanque nunca supe bien si lo que corría por sus mejillas eran lágrimas o agua salada. A la salida del parque pasamos por la tienda de souvenirs y compramos orcas de peluche para poder abrazarlas cuando nos sintiéramos tristes.
Para asombro nuestro, al cabo de dos semanas de esa despedida ya habíamos encontrado a nuestra nueva mascota.
Sucedió el martes 7 de enero del 2003. Yo tengo pésima memoria, pero me acuerdo de ese día porque fue la primera vez que me atreví a salir sola con mis hijas a caminar por las calles de Tokio.
Las niñas y yo habíamos llegado una semana atrás y Adrián, que estaba en Japón desde hacía dos meses, dedicó los primeros días a explicarnos cómo era la ciudad, cómo se tomaba el metro y cómo evitar pedir sushi de caballo en los restaurantes que quedaban cerca del hotel.
El 7 de enero era la fecha en que Adrián tenía que volver a su trabajo. Lo despedimos alegres en la puerta de la habitación, pero la sonrisa se me esfumó cuando las niñas preguntaron qué íbamos a hacer ese día.
Yo veía con pavor aproximarse el momento en el que tendría que salir a la calle y aventurarme en el nuevo planeta al que nos habíamos ido a vivir. Agarré la guía de Tokio que había comprado antes del viaje y empecé a buscar programas para niños. Al pasar una página lo ví: ahí estaba Ling Ling, el panda gigante del Zoológico de Ueno.
“Alístense que nos vamos”, les dije triunfal a mis hijas.
Subirnos en el tren correcto fue fácil. El zoológico quedaba a 40 minutos de distancia y no era necesario hacer cambios de estación. No había acabado de felicitarme por haber sido capaz de llegar a ese punto, cuando miré a mi alrededor y me di cuenta de algo que me hizo tambalear en el minúsculo espacio que ocupaba en medio de la congestión matutina: toda la gente que nos rodeaba en el vagón era asiática y hablaba un idioma incomprensible. Todos, pensé yo, sabían exactamente a dónde se dirigían, tenían familia y amigos. Sus raíces estaban en Japón y sus vidas rebosaban memorias de ese lugar. Fue una sensación de soledad y desamparo que no creo haber vuelto a sentir. Y de pánico.
Cuando miré a mis hijas volví a entrar en razón, practiqué los ejercicios de respiración que alguien me había enseñado y localicé los avisos luminosos del tren. Ya estábamos cerca.
Seguimos a la masa y llegamos sin errores a la entrada del zoológico. De ahí al cubículo de Ling Ling fueron unos pocos pasos. La verdad es que en esa primera visita el panda no nos puso mucha atención. Tampoco ayudaba el hecho de que estábamos separados por un vidrio y que el lugar estaba lleno de apetitosas ramas de bambú.
Pero yo le quedé eternamente agradecida a Ling Ling, porque gracias a él había tenido mi bautizo urbano en Tokio y a partir de ese día no hubo nunca un lugar al que no me atreví a ir.
Nos encariñamos con Ling Ling. Lo visitábamos con frecuencia y seguimos de cerca sus andanzas amorosas, como cuando hace unos tres o cuatro años se fue de viaje a México, en donde lo esperaban unas curvilíneas pandas con las que intentó, sin éxito, producir un heredero.
Los pandas no son conocidos por su expresividad y Ling Ling no era diferente, pero estoy segura de que él también nos tomó cariño y se entristeció cuando nos vinimos a Hong Kong y lo dejamos de visitar.
Ling Ling murió de un ataque al corazón el sábado pasado, a la edad de 22 años y siete meses, lo que en tiempo humano equivale a 70 años.
Un funcionario del zoológico dijo que los trabajadores lo encontraron como dormido en su lugar favorito, un hueco en el que solía sentarse.
La gente en Tokio ha dejado flores y mensajes de condolencia en su jaula y la televisión ha mostrado escenas de dolor. Por lo visto, no éramos los únicos que queríamos a Ling Ling.
Según el Fondo Mundial para la Naturaleza, sólo quedan 1.600 pandas viviendo en libertad en China, y un poco más de 100 sobreviven en cautiverio.

2 comentarios:

  1. Me encantó la historia de las mascotas familiares!... Un poco extraños sus gustos, pero que se le va a hacer. Así sea una ballena o un gatito los animales nos producen sentimientos tan amorosos y compasivos que la buena onda cuando estamos cerca a ellos permanece el resto del día... Me muero de la curiosidad por saber cual será la próxima mascota de la familia en tierras lejanas.

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  2. Ya fuimos a visitar los cuatro Pandas de Hong Kong pero no nos inspiraron. Dicen que no lejos de aqui hay delfines rosados, así que esa es otra posibilidad. Seguimos estudiando el tema, pero como en las otras oportunidades, tendrá que ser amor a primera vista.

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