domingo, 11 de mayo de 2008

Epidemia...de frialdad

No parece un buen tema para el Día de la Madre, pero qué hacemos si es noticia.
Ha habido una racha de suicidios en Japón que la prensa de ese y de otros países califica de "epidemia". Japón sí es el país desarrollado en donde más gente se mata, pero hablé con dos personas que llevan más de veinte años trabajando en prevención del suicidio en Tokio y los dos coinciden en que hablar de “epidemia” es sensacionalista. El problema, creen ellos, es que la sociedad es muy fría y que el sistema de salud no está diseñado para atender los problemas de salud mental.En Japón, el suicidio ha sido siempre una forma aceptable de morir. Desde los samurais que preferían hacerse el hara-kiri antes que ser humillados o derrotados, hasta el ministro de Agricultura que en mayo del año pasado se ahorcó tras ser acusado de corrupción, elegir la propia muerte es visto hasta cierto punto como una salida honrosa.
Aún así, la nueva racha de suicidios con un método químico que se ha puesto de moda, tiene horrorizada a la población. Más de 50 personas se quitaron la vida en abril usando la receta divulgada en Internet y sólo en esta semana tres hombres y una mujer se asfixiaron en el interior de una camioneta alquilada.
Como en otros casos similares, las víctimas no tenían una relación previa y se habían conocido a través de uno de los muchos sitios de Internet en Japón que atraen a potenciales suicidas y propician los encuentros macabros.
Otras víctimas actuaron por cuenta propia, como una colegiala de 14 años que se encerró en su cuarto y se mató no sin antes dejar un aviso en la puerta con la advertencia: “No abrir. Gas en producción”. Cuando la madre volvió al hogar el gas todavía no se había disipado y la mujer tuvo que ser hospitalizada. Cien vecinos fueron evacuados de sus casas.
“Hay un factor humano de imitación que es lo que se llama suicidio contagioso. En Japón hay 125 millones de personas que viven saturadas por los medios masivos, por lo tanto la información se disemina rápidamente y los mas vulnerables se dejan afectar”, me dijo William Wetherall, investigador en salud mental y miembro de la junta directiva de la Asociación Japonesa para la Prevención del Suicidio.
Wetherall admite que la sociedad en Japón es más comprensiva con el suicidio en comparación con otros países, pero rechaza la noción de que quitarse la vida sea un “rasgo cultural” japonés como se comúnmente se cree. “El suicidio tiene que ser explicado en cada caso particular. La gente se mata por sus propias razones”.
En las estadísticas de suicidio de la Organización Mundial de la Salud, Japón ocupa el décimo lugar después de varios países de Europa Oriental como Rusia, Hungría y Lituania. Sin embargo, tiene la tasa más alta entre las naciones desarrolladas: 24 suicidios por cada 100 mil habitantes, contra 13 en Alemania y 11 en Estados Unidos.
La paradoja es que Japón es un país en donde desde muy temprano se enseña al individuo a mostrar empatía por los demás, a pesar de que está mal visto exteriorizar los sentimientos. “Quienes trabajan en prevención del suicidio recomiendan a la gente que esté alerta a las señales que dan amigos y familiares, pero reducir la frialdad de la sociedad es algo que puede tomar años o incluso generaciones”, dice Wetherall.
¿Cómo dar soluciones de corto plazo a algo que no puede ser arreglado de la noche a la mañana? “La gente que se quita la vida siente que no tiene otra alternativa sino matarse. Las causas pueden ser financieras, emocionales, interpersonales o de salud mental, y por lo general son universales. La diferencia entre un país y otro está en la ayuda disponible y cuán accesible es esa ayuda para que un individuo sienta que tiene alternativas distintas al suicidio”, explica Jason Chare, director de TELL, un servicio telefónico de consejería psicológica en inglés con sede en Tokio.
En otras palabras, si la sociedad es incapaz de ayudar a alguien que está deprimido, el Estado tiene que poder hacerlo y eso explica la divergencia en las estadísticas entre Japón y los otros países ricos.
Análisis aparte, la mitología del suicidio en Japón está llena de historias.
Una de las más famosas es la de los 47 samurais que en el siglo XVIII se mataron después de haber vengado la muerte de su señor. Ya en la era moderna, en lo peor de la crisis económica de los 90, los “guerreros corporativos” se suicidaban para que sus familias cobraran los seguros de vida. Los problemas económicos llevaron a tanta gente a quitarse la vida en esa época, que la empresa de ferrovías japonesa instaló grandes espejos en las plataformas de los trenes para que los suicidas puedan verse a sí mismos y cambiar de opinión antes de lanzarse a la vía.
Todavía hoy cuando alguien se suicida tirándose al tren, su familia es obligada a pagar por la interrupción del servicio y por los costos de limpiar la carrilera. Por eso los potenciales suicidas están optando por métodos que no acarrean traumas adicionales a sus familias, como la creación de monóxido de carbono en estufas portátiles.
A pesar del surgimiento de nuevas formas de terminar la propia vida, el ahorcamiento sigue siendo la forma más utilizada y uno de los lugares preferidos en las cercanías de Tokio, es el bosque de Aokigahara en las faldas del Monte Fuji, escenario de un famoso libro en el que al final una pareja de amantes se suicida.
Es un lugar lindo y tenebroso contraindicado para los supersticiosos, en donde se dice que todo el que entra acaba perdiéndose. Una especie de Triángulo de las Bermudas japonés en donde ni los telefonos celulares ni los sistemas de navegación funcionan.
De eso no puedo dar fe porque nunca en esta vida me atreví a ir y dudo que en la otra lo haga.

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