lunes, 12 de mayo de 2008

El baño anual de Buda

Hoy fue el cumpleaños de Buda, al menos en Hong Kong, en donde la fecha se celebra el octavo día del cuarto mes del calendario lunar. Parecía un día auspicioso, al estilo del que vio nacer al Príncipe Siddartha. El sol brillaba radiante en el cielo azul, las flores esparcían sus delicadas fragancias, los pájaros nos deleitaban con sus cantos y miles de hongkonenses se empujaban unos a otros para ser los primeros en llegar al templo.
Tuve que sobornar a mis hijas para que me acompañaran a ver cómo se celebra en Hong Kong el cumpleaños de Buda. Después de cinco años en Asia, ellas están convencidas de que ya han visto todos los templos de todas las religiones que tenían que ver en el curso de su vida y sospecho que tienen razón.
Pero si había algo que nunca habíamos hecho, era ver a Buda tomar su baño anual.
El santuario budista más famoso de esta zona queda en Lantau, una isla muy cerca de Hong Kong que tiene un Buda gigante al que se le nota que fue construido hace 15 años y que es muy popular entre los turistas.
Temiendo las multitudes me decidí por otro Monasterio, el de los Diez Mil Budas, construido hace 70 años en lo alto de una montaña y cuyo acceso está flanqueado por varias imágenes de Buda, cada una de las cuales es distinta a las demás.
El folleto de información dice que el Monasterio tiene no diez sino trece mil estatuas y debe ser verdad, porque las escaleras de acceso rodeadas por las estatuas son de nunca acabar. Al llegar al templo éramos nosotras y no el Buda quien necesitaba una ducha.
Por todos los templos, pagodas y pabellones del Monasterio había fieles encendiendo varas de incienso y entregando ofrendas de flores, frutas o arroz.
Al final de una larga fila que la daba la vuelta a todo el recinto, los creyentes sacaban agua de unos recipientes y bañaban dos pequeñas estatuas del Buda niño. Las imágenes son enjuagadas con fragantes aguas como un símbolo de purificación interna que ayuda a eliminar los pecados. La simbología del baño es que es fácil librarse de la suciedad corporal, pero mucho más difícil limpiarse de la avaricia, la ira y la ignorancia que llevamos adentro.
Ver la celebración me hizo pensar en un personaje que me resulta enigmático y del que me atraen enormemente su inteligencia, su sensibilidad y la naturaleza de su trabajo.
Es el monje budista francés Matthieu Ricard, quien vive en el Monasterio de Shechen Tennyi Dargyeling en Nepal. Ricard es hijo del filósofo Jean-François Revel y luego de obtener un doctorado en genética molecular en París en 1972, decidió dedicarse al budismo tibetano. En los últimos años, Ricard ha empleado parte de su tiempo explorando las aplicaciones clínicas de la meditación a través de una entidad llamada el Instituto Mente y Vida del que también hace parte el Dalai Lama.
Hace tres semanas Ricard dio una corta conferencia
ante un grupo de trabajadores de un hospital en Estados Unidos. Varias cosas que dijo me dejaron pensando y por eso decidí transcribirlas:

Instintivamente, todos tenemos la tendencia a depositar nuestras esperanzas y nuestros miedos fuera de nosotros. Si vemos a alguien muy exitoso, famoso, rico, lindo y fuerte y aún así nos enteramos de que esa persona es miserable, pensamos que con lo mismo nosotros seríamos felices.
Al mismo tiempo, conocemos gente que enfrenta muchas adversidades y que aún así mantiene un sentido de dirección de su vida con alegría, fuerza interior, paz y libertad.
Por supuesto que las condiciones externas importan y ser saludable, poder expresar nuestra libertad, recibir educación, todo eso es importante. Pero al final, lo importante es la calidad con la que experimentamos la vida y que es lo que yo llamo “florecer”. La mente es fuerte y por eso podemos estar desesperados en nuestro pequeño paraíso, o estar llenos de fuerza en circunstancias muy difíciles.
El entrenamiento de la mente puede transformar nuestras emociones. Esa cualidad de la mente de darse cuenta de lo que pasa es lo que en lenguaje budista llamamos el aspecto luminoso de la mente.
Tendemos a creer que meditar es dejar la mente vacía, relajarse y sentarse debajo del árbol de mango a pasar un buen rato. Meditar es ser capaz de estar en el momento presente, cultivar cualidades como la compasión y contemplar la realidad. Eso transforma nuestras relaciones y es posible porque la mente es flexible y el cerebro es plástico.
Uno no aprende a esquiar esquiando un minuto cada dos semanas y lo mismo sucede con el piano o con el ajedrez. ¿Qué nos hace creer que nuestra mente, el componente central de nuestra experiencia, va a llenarse de armonía y de compasión ilimitada sólo porque queremos que así sea?
Todos sabemos lo que es sentir compasión por los demás, pero no gastamos tiempo cultivándola de la misma forma en que gastamos tiempo en esa bicicleta que no va a ninguna parte, cuando hacemos ejercicio.

Matthieu Ricard también es fotógrafo y ha publicado varios libros con trabajos como éste que incluyo aquí.
Los fondos recaudados con la venta de sus libros de fotografía van para una fundación que financia proyectos humanitarios en India, Nepal, el Tíbet y Bután. Para los más curiosos, este video (en inglés) del propio Ricard da una idea de quién es este monje y del impacto que la fuerza de una sola persona puede tener. Y para quienes tienen aún más tiempo, está el libro recomendado al lado.

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