sábado, 24 de mayo de 2008

Operación Dragón

Ayer fui a un motel. Un telo como se le conoce en Argentina o un love hotel, como le dicen en Asia.
Lectores menores de edad pueden seguir leyendo porque no estoy a punto de revelar detalles escabrosos de mi vida privada, aunque pensándolo bien eso me daría más audiencia… Una idea para considerar en el futuro.
Como venía diciendo, fui al Romance Hotel, un lugar horroroso en una calle cualquiera, llena de moteles igualmente antiestéticos.
Fue una pequeña excursión que había empezado a planear la noche anterior cuando estaba en mi cama (qué apropiado) a punto de dormirme. Estaba pensando en una noticia que había leído en el periódico y que contenía una dirección en Hong Kong que me llamó la atención.
Encendí la luz, salté de la cama en búsqueda de mi mapa y luché contra la presbicia hasta que encontré la calle que mencionaba el diario: Cumberland Road, una pequeña avenida en una zona fuera de la isla de Hong Kong llamada Kowloon Tong. No era lejos y pensé que con la combinación adecuada de medios de transporte, podría ir y volver en hora y media.
Ya sé que parece poco tiempo para ir a un motel pero, en primer lugar, había asuntos urgentes que resolver como por ejemplo un artículo sobre China que debía (todavía debo) terminar. Y en segundo lugar, la verdad es que yo no tenía ni idea de que el sitio a donde iba era un motel.
Un poco después del mediodía tomé un bus que me dejó en una estación del metro en la que me subí en un tren en dirección a Kowloon Tong. Esa era la parte fácil. La parte difícil era el último tramo que tenía que hacer en taxi (yo no confío en mi sentido de la orientación), porque una vez que uno sale de Hong Kong la gente habla nada o casi nada de inglés, y mi cantonés es totalmente inexistente. Ni siquiera sé decir el nombre de mi edificio en este idioma imposible, lo que avergüenza profundamente a mis hijas que no entienden cómo pueden tener una mamá tan obtusa.
Tal como sospechaba, el conductor del taxi que paré no entendió una sola palabra de lo que dije. Los dos hicimos nuestro máximo esfuerzo para entendernos, hasta que él se apiadó de nosotros y se bajó del carro a pedirle ayuda a la primera jovencita con aspecto de letrada que pasó por allí.
Luego de un largo intercambio en inglés y en cantonés en el que el taxista y la joven se turnaban el mapa como si contuviera el secreto de Jack Sparrow, el chofer declaró triunfal que sabía a dónde nos dirigíamos.
Me subí al carro y saque mi iPod para distraerme durante la larga travesía, que debió durar unos dos minutos y medio. Estábamos a cinco manzanas. Le pagué al taxista que no podía ocultar la felicidad por deshacerse de mí y arrancó antes de que yo acabara de cerrar bien la puerta.


La casa no era bien lo que yo me había imaginado. Es más, no era para nada lo que yo me había imaginado. Su aspecto no mentía: era un motel en el que a la entrada una hilera de carros trataban de esconderse detrás de una cortina de rayas, y un empleado en una cabina de vigilancia miraba embobado un televisor de media pulgada.
Saqué el papel en el que había anotado la dirección para estar segura de que no me había equivocado y decidí acercarme a hablarle al empleado, un indio que ya debe estar cansado de responder la misma pregunta: “¿Es ésta la casa de Bruce Lee?”
“Yes”, me respondió sin quitar los ojos del televisor. “¡Pero es un motel!, le dije en tono de queja. Me miró con infinito desprecio y me señaló la calle con un ademán como el que usaría para espantar a un perro callejero, si es que en Hong Kong hubiera perros callejeros.
Salí a la calle y empecé tomar fotos esperando que en cualquier momento el indio saliera a perseguirme, pero se ve que la telenovela que mostraban en el televisor microscópico era un plan más interesante.
No creo que haya nadie en esta galaxia que no haya oído hablar de Bruce Lee, pero por las dudas: Lee es el maestro de Kung Fu más famoso que haya dado la historia y sus películas llenas de puños y patadas voladoras son un objeto de culto entre miles de millones de seguidores. Su muerte en circunstancias misteriosas a los 32 años acabó de elevarlo a la categoría de leyenda.
De hecho, entre las primeras cosas que hicimos cuando llegamos a Hong Kong fue ir al museo de cera, en donde Adrián le enseñó dos o tres de sus trucos a la imagen de Bruce Lee.
Volví caminando a la estación de Kowloon Tong, feliz de haber encontrado la dirección del ídolo y filosófica sobre las vueltas que da la vida.
Esa casa que hace 40 años era la mansión del hijo más ilustre de Hong Kong y acabó convertida en refugio para parejas furtivas, está destinada nuevamente a la nobleza.
Su dueño es el millonario de 86 años Yu Panglin, el mayor filántropo de China, quien esta semana anunció que ha puesto a la venta la propiedad de 500 metros cuadrados y donará todo lo recaudado a las víctimas del terremoto de Sichuan.
La empresa que administra la casa y se la alquila al Romance Hotel fijó el precio de venta en US$ 12 millones. Lástima que es mucho dinero para los seguidores del “Dragón”, quienes querrían poder comprar la casa y convertirla en un museo, o al menos en una casa decente que repare el olvido y el agravio con que Hong Kong le ha pagado al magnífico Bruce Lee.

4 comentarios:

  1. Buenísimo el artículo sobre la casa de Bruce Lee. El único consuelo es que de todas maneras el predio ha estado dedicado al "entretenimiento"

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  2. Yo creo que en vida Bruce Lee entretenía y se entretenía. Él no murió en esta casa sino a unas pocas cuadras en la casa de una "amiga" que nunca ha podido explicar bien las circunstancias de la muerte.

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  3. Me encantó la historia...lo mantiene a uno en suspenso todo el tiempo. Queremos saber el final

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  4. definitivamente el sexo vende y la prueba no es sòlo la casa de Bruce Lee, sino tambièn tu artìculo que nos mantuvo en suspenso hasta el final.

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