lunes, 19 de mayo de 2008

Pasaje a la India 7

Había tanto de García Márquez en los canales de Kerala. Tanto de Mutis y la finca de su infancia en el Tolima, tanto de Luis Sepúlveda y su viejo que leía historias de amor, que me dí cuenta de que no importa cuántos años pase uno fuera de su país, el país nunca estará afuera de uno.
Me sentía culpable mirando desde mi barco privilegiado a la gente viviendo vidas estrechas, luchando contra la malaria y la encefalitis, y defendiéndose de las inundaciones producidas por el calentamiento global.
Pero me encantaba respirar ese aire del trópico lleno de enormes hojas de plátano y me costó trabajo ocultar las lágrimas viendo feliz a Verónica, mi hija mayor, dejándose empapar por una lluvia torrencial.
Era como si de repente todo el trópico la mojara y yo pudiera darle una lección en cómo ser latinoamericana, sin todo ese conocimiento en inglés que le han inoculado en los colegios internacionales.
Como si en lugar de una casa-barco en la India, navegáramos en la piragua de Guillermo Cubillos y los niños que nos decían adiós desde las orillas estuvieran parados en El Banco y nos pudieran gritar en costeño, y no en el inglés recortado con que nos preguntaban si teníamos lápices o libros para regalarles.
De vez en cuando, el barco se quedaba enredado en la vegetación del pantano y los tres tripulantes se enfrascaban en una interminable discusión sobre cómo liberar la hélice. Iban y venían de la popa sacudiendo la cabeza y discutiendo con la tripulación de los barcos vecinos, como si fuera la primera vez que se enfrentaran a ese percance.
Adrián y yo nos mirábamos intrigados, lamentando saber tan poco de botes como de malayalam.
Luego de mucho deliberar y de gritos que cruzaban el barco de lado a lado, nos volvíamos a mover y el capitán se enrollaba la falda y se sentaba en su puesto, no sin antes abrir una sombrilla con la que a duras penas lograba defenderse del sol implacable. Cuando el barco se detenía, nos bajábamos a visitar los pueblos de las orillas, que más que pueblos eran una calle con ventorrillos en los que vendían recuerdos de viajes para los turistas, especias y frutas.
En uno de ellos había locales en los que se leía Ashram y que ofrecían masajes para la relajación, sanación espiritual en todas sus variedades y programas de rejuvenecimiento.
Lo del rejuvenecimiento me tentaba, claro, pero yo sabía que en una tarde me podrían remozar dos o tres años, como mucho. A esas alturas yo lo que necesitaba era décadas.
Nunca he sido amiga de los masajes ni de los tratamientos de belleza, pero sí hay algo que habría querido hacer y que ahora lamento no haber incluido en la ruta: dejarme abrazar por Mātā Amritanandamayī.
Amma, como también se la conoce, es una mujer de 55 años que empezó a tener experiencias místicas desde que era niña y que muchos en la India consideran una santa. Debe serlo, porque en los últimos 30 años Amma ha abrazado a 30 millones de personas en jornadas de hasta 20 horas por día. Y lo hace, según dicen, sin quejarse y sin moverse de su lugar, con disciplina y compasión sobrenaturales.
El abrazo de la santa permite a los mortales una efímera conexión con lo divino, y miles de personas se aglomeran cada día en su ashram en Kerala para asomarse por unos pocos segundos al universo celestial.
Dudo mucho que Adrián habría aceptado pararse durante horas en una fila para que lo abrazara una señora pasada de kilos, pero ahora que volví a Hong Kong en donde la gente le reza a los dioses para que la bolsa de valores no caiga, me arrepentí de no haber convencido a mi familia de haber tenido esa experiencia espiritual.
Al amanecer del tercer día emprendimos el regreso a Alappuzha, nostálgicos de los paisajes que acabábamos de ver y más nostálgicos aún de una comida en la que el curry no fuera el ingrediente principal.
A mí me encantaba el curry, pero eso había sido antes de ir a Japón.
Nuestros vecinos en Tokio eran paquistaníes, los seis miembros de la familia Rafique, cuyo patriarca era el representante del Banco Nacional de Pakistán.
Era un hombre alto y fornido, con modales imperiales, que cuando nos encontrábamos me miraba como si yo habitara en un mundo varios estratos más abajo que el suyo.
Su esposa en cambio, era tímida y sonriente. Una sufrida madre de cuatro hijos adolescentes que trabajaba como una esclava en la casa y todas las mañanas corría con un plumero a sacudir el polvo del carro mientras su marido, majestuoso, la miraba por el espejo retrovisor.
Me encantaba tener una vecina cuya experiencia de vida no podía ser más opuesta a la mía y yo la ayudaba cada vez que necesitaba consejo para descifrar la vida cotidiana en Tokio. Ella me pagaba invitándome a su casa por las tardes a comer ensalada de frutas rociada con Garam Masala, que yo saboreaba fingiendo que me encantaba.
El problema con Samina es que cocinaba curry todos los días. Todos los días en invierno, cuando el olor de su cocina me podía llegar a reconfortar, y todos los días en verano, cuando a la exasperación de la lluvia, el calor y la humedad, yo tenía que agregar un persistente olor a especias que se colaba por los resquicios de las ventanas de mi casa e invadía mi cocina, contaminando mi ajiaco, mis fríjoles y mi arroz con pollo.
Nunca me atreví a confesarle a Samina que por culpa de ella había empezado a odiar el curry, al punto que las pocas especias indias que tenía en mi cocina, las había encerrado herméticas en un frasco de vidrio que puse dentro de una bolsa que guardé en el fondo de un tarro de Saltinas, para que no hubiera peligro de que al abrir un gabinete el olor insidioso del curry se escapara y atacara mi nariz.
Casi dos semanas en India me habían hecho superar mi fobia, pero al final de nuestra expedición por los pantanos de Kerala sentía que había llegado a mi límite y estaba lista para ordenar la próxima pasta boloñesa que se me atravesara.
Mugli nos esperaba puntual en el puerto para llevarnos a Kochi, la última escala de nuestro viaje antes de volar de regreso a Hong Kong, al día siguiente.
Yo había estado hacía pocas semanas en Macao, la primera colonia europea en China, y sentía curiosidad por conocer Kochi, la primera colonia europea en la India.
Mentiría si dijera que las dos ciudades tienen mucho en común. Macao conserva una zona histórica con edificios y galerías que recuerdan a Cartagena de Indias, pero desde que decidieron convertirla en Las Vegas para chinos, es difícil ver su belleza entre tantos casinos monstruosos. Kochi, en cambio, sigue teniendo la simpleza de otros tiempos y ese ritmo costeño que nos vuelve locos a los que venimos de las montañas, pero que resulta pintoresco siempre que uno no tenga nada urgente que resolver.
Kochi fue un importante entrepuesto en el comercio de especias entre Europa y el Oriente y allá fueron a parar navegantes y extraviados de todas las nacionalidades y religiones.
Primero fueron los chinos, parte de la flota del almirante musulmán Zheng He, el mismo que según un historiador al que muchos no le creen, llegó a América antes que Colón.
En septiembre de 1500 fueron los portugueses al mando de Pedro Álvarez Cabral, quien completó la proeza de descubrir Brasil y abrir el comercio con la India, todo en el mismo año.
Como buen hombre de negocios, el maharajá de Kochi les ofreció la mano a los recién llegados, pero los portugueses se tomaron no sólo la mano sino la ciudad entera, construyendo iglesias y casonas, muchas de las cuales todavía están en pie.
Kochi pasó de los portugueses a los holandeses y de estos a manos de los ingleses en cuestion de dos siglos. Los indios la recuperaron en 1947, al tiempo con el resto del país. Suena complicado, pero el resultado es una ciudad con todo eso, una mezcla encantadora de distintas arquitecturas, mucha vegetación y un malecón que salimos a recorrer tan pronto como Mugli nos depositó en el hotel.

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