jueves, 3 de julio de 2008

En Camboya, un pasado que no ha pasado


Una de mis películas favoritas de todos los tiempos es Los Gritos del Silencio, basada en la historia real de un periodista de The New York Times y de su colega camboyano a finales de los 70. Ese fue el sangriento período en el que el Kmer Rojo se tomó el poder en Camboya y a través de purgas políticas y de hambrunas eliminó a dos millones de personas, una quinta parte de la población camboyana en ese momento.
Ahora que lo pienso no sé por qué me conmovió tanto ese relato –quizás fue porque en la época yo misma estudiaba periodismo- pero sí sé que en los años que han pasado desde entonces, jamás volví a acordarme del país asiático, el más pequeño de la península Indochina.
Jamás me volví a acordar hasta hace un par de semanas, cuando Adrián y yo volamos a Siem Reap, la ciudad que es la puerta de entrada a los templos de Angkor Wat.
Nunca ví las Pirámides de Egipto pero me cuesta creer que sean más imponentes que los templos camboyanos, construidos a partir del siglo noveno en medio de una vegetación húmeda y espesa. Con el paso del tiempo, las raíces de los árboles se han vuelto parte de los templos, doblegando sin piedad las gruesas paredes de los monumentos.
Más que admirar a los reyes que mandaron construir Angkor Wat o a los dioses en cuyo nombre se edificaron, habría que homenajear a esos bloques de madera dueños de un poder maravilloso y al mismo tiempo asustador.


El templo que más me impresionó fue Beng Mealea, que en el siglo XII era una construcción monumental y hoy es un edifico en ruinas de dar envidia a Indiana Jones, lleno de pasadizos estrechos, enormes rocas yuxtapuestas y enigmáticas figuras talladas en piedra que de vez en cuando se deben poner a escupir flechas envenenadas.
Recomiendo al viajero llevar ropa resistente, porque fue subiendo uno de sus muros dislocados que mis pantalones decidieron protestar por el ángulo de inclinación, y se rasgaron de tal manera que creo que la dimensión de mi retaguardia expuesta competía con la del magnífico templo.
En Angkor Wat no nos asaltaron espías al servicio de los nazis ni nativos contratados por arqueólogos corruptos -como le suele pasar a Indiana Jones en sus excursiones- sino grupos de niños que vagaban entre las ruinas, felices y descamisados, sin ninguna noción de que el escenario de sus aventuras infantiles es uno de los lugares más asombrosos que existen.
De vez en cuando nos cruzábamos también con ruidosos grupos de turistas coreanas que llenaban el aire con su parloteo y me dejaban intrigada, por decir lo menos, con su singular sentido de la moda.
Luego, a la salida de los templos, nos atacaban ejércitos de vendedores locales, cobrando en dólares por sus artesanías y promocionando libros piratas como si fueran auténticos. Después de hacerles este video, me di cuenta de que algunos eran tan buenos vendedores como estudiantes de geografía.



Con los templos de Angkor Wat recibiendo más de dos millones de visitantes por año, la economía camboyana está dolarizada en la práctica y al igual que pasa en otros países de Asia, hay precios para los locales y precios -a veces estrambóticos- para los extranjeros. Algunas cosas, sin embargo, no son muy caras. Por ejemplo, los grillos.
Medio kilo de grillos fritos en el mercado de Siem Reap vale dos dólares norteamericanos, no muy diferente de lo que cuestan los saltamontes, las hormigas rojas, los escarabajos y las arañas que venden en los puestos vecinos.
Sina, el guía que nos mostró los templos, me explicó que las luces de la ciudad ahuyentan a los grillos, por lo que es cada vez más difícil cazar los insectos en las trampas nocturnas que tienen algunas familias en sus jardines.
En su niñez, recuerda el camboyano, su madre llegaba a atrapar 100 grillos en una noche.
Después de haberme educado en la economía del bicho, lo único que me faltaba era probar uno. “Sólo tengo que pensar que es un maní con alas”, me dije para darme fuerzas. El problema es que además de alas tenía patas y cabeza, y quien sabe qué otras cosas repugnantes adentro de su raquítico y crocante cuerpo.
Mejor tragarme el orgullo que el grillo.
Hace muchos años, según me contaron, mi mamá se había comido una mosca sin darse cuenta. Creo que esa es toda la interacción gastronómica con los insectos que le correspondía a mi familia.
Mis cuatro días en Camboya me alcanzaron para asomarme a la tragedia que todavía vive ese país de 14 millones de habitantes luego de tres décadas de guerra, porque los efectos del nefasto período se ven por todas partes. Como en la gente sin brazos o piernas que uno cruza a cada rato o como en este grupo de niños con los que conversé gracias a que Sina me hacía de traductor y que me describieron con detalles cómo la semana anterior habían visto una mina antipersonal sembrada en un campo de arroz.
En medio de la conversación se me ocurrió preguntarles cuántos años tenían y se quedaron mirándome confundidos. "No saben cuántos años tienen", me explicó el guía. ¿Sería una metáfora? ¿Tendrá futuro un país en el que los niños no saben su edad pero son capaces de reconocer una mina cuando la ven?
No tengo ni idea, pero por algún motivo sentí que sí, que Camboya verá mejores días y que algún día todo ese país se verá como la porción izquierda de esta valla que el gobierno ha puesto por todas partes, para que la población haga el ejercicio de imaginarse cómo es la vida cuándo uno sale del lado oscuro.


Claro, siempre habrá mutilados andando por la calle porque entre el Kmer Rojo y el ejército vietnamita sembraron en Camboya 6 millones de minas antipersonales, muchas de las cuales no podrán ser desactivadas jamás.
Pero Camboya ya fue un imperio y los templos de Angkor Wat están ahí para atestiguarlo. Quizás su días de gloria no pertenecen únicamente al pasado.

5 comentarios:

  1. Adriana,
    Felicitaciones por tu blog!!!

    Quiciera saber si puedo poner el link de este en el portal de nuestra radio www.radiolaradio.com y en www.latinunidos.com pues queremos tener contenidos de gran calidad

    Gracias

    Francisco Llanos

    Mi blog: enletrados.blogspot.com

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  2. Adriana querida,
    me sigue conmoviendo este blog, mejor que cualquier documental de cualquier medio "mainstream". Los temas que eliges, como los escribes, esa naturalidad que tienes de mezclar lo ajeno, lo que te rodea, con lo propio, tu propia experiencia y la de tu familia.
    Te queria contar que a partir de la prox. semana habra un link en nuestra pagina web para que nuestros lectores puedan acceder a el. Si quieres chequear como se ve: www.chron.com y ve a espanhol.
    Estaremos de vacaciones en Key Biscayne, acordandonos mucho de ustedes...

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  3. Mhhhhh... De acuerdo con Aurora, que lindo es leerte, siempre tan divertida, tan humana, tan real... que hasta me parece que fui contigo al tal palacio y también me reí del gustico fashion de las coturristas (no eco-turistas, sino coturristas la exótica mezcla entre cotorras y turistas), a mi no se me rompió el pantalón, pero si me reí de tu chasco (sin mezclar palabras jajaja)... Y me conmovió el alma esa infancia adolorida, ingenua, adolorida, sonriente, adolorida... que me recuerda la carita de los niños indígenas envueltos en sus mantitas, tiritando del frío capitalino... ah... Gracias por tus historias... Y te seguiré leyendo desde la muy, muuuuuy re-muuuy linda Bogotá...

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  4. Qué emoción, qué comentarios tan generosos. Gracias desde el fondo de mi corazón. Estando tan lejos físicamente (y a veces lejos también de mí misma) he perdido el norte y se me ha olvidado a qué fue que vine a este planeta, pero escribir y saber que tengo lectoras y lectores que quieren unirse al viaje, me sirven como brújula.
    A Aurora: lo del Houston Chronicle es más que emocionante. Gracias por ayudarme a llegarle a esos lectores.
    Daphne: me gustó lo de coturristas y les cuadra muy bien a las elegantes señoras con su colorido plumaje.

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  5. Hola Francisco,

    No te había contestado, perdona. Claro que sí, te agradezco también. Visite los portales y me parecen muy interesantes. Me encantaria ver los otros blogs que tienes enlazados para ver lo que hacen los colegas "blogueros". Tu haces poemas y letras para canciones. Te felicito.

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