miércoles, 11 de junio de 2008

Pasaje a la India 8 (y último)


Han pasado dos meses desde que volvimos de la India y las imágenes y emociones de ese viaje todavía están conmigo.
Antes de volar a Nueva Delhi, la India era una noción remota, una idea mística envuelta en olores perfumados y teñida con henna, tan diferente de la realidad como lo es una foto del original.
El país es todo eso y también lo contrario. Belleza sublime que convive con horrenda fealdad, sin filtros y sin anestesia.
Lo que más me impactó del país era lo que no me esperaba: la vitalidad de su historia que no está reservada para los museos ni los monumentos, sino que se respira a cada paso. Y que la historia no es excusa para vivir de esplendores pasados como a veces he creído sentirlo en Europa, porque a pesar de ser muy viejo, es un iluminado Nuevo Mundo.
Hay algo en los viajes que hace que uno se conecte con los lugares que visita y con las personas con las que se cruza, en una especie de epifanía sobre la fragilidad del momento presente. Tal vez por eso, me desperté nostálgica en mi último día en la India.
Aprovechando que el sol asesino no se había acabado de asomar en Kochi, salimos a caminar por el malecón de la zona antigua, en donde grupos de pescadores kochinos –yo no tengo la culpa de que tengan ese gentilicio- operan un primitivo sistema de pesca conocido como las Redes Chinas. El mecanismo de las redes es intensivo en mano de obra y no muy útil para atrapar algo que no sea escuálidos e infelices pescaditos. Pero es infalible en al arte de pescar turistas y nosotros no fuimos la excepción. Las redes salen lindas en las fotos y los pescadores no tienen inconveniente en que otros les hagan el trabajo, gracias a lo cual ahora puedo ahora agregar a mi hoja de vida mi breve experiencia como pescadora en el sur de la India. Dudo que eso me ayude a encontrar un buen empleo en periodismo, pero dicen que todo cuenta. Nadie en Kochi sabe por qué las redes chinas se llaman Redes Chinas y no hay registros históricos que lo expliquen, pero lo que los pescadores sí saben es que algún día ese pedazo de tierra que ocupan puede estar bajo agua. De acuerdo con el grupo ambientalista Greenpeace que ha sembrado de avisos esa parte de la ciudad, el calentamiento global hará que se inunde parte del casco antiguo de Kochi.
Es un problema común a varias ciudades de la India y especialmente dramático en el vecino Bangladesh, en donde el aumento de un metro en el nivel del mar, un escenario pesimista pronosticado por los científicos, hará que se pierda casi el 20% de la superficie del país. En todo caso, la inundación de la zona antigua de Kochi sería una ironía histórica, pues el lugar se volvió un punto importante en el comercio de especias con China y el Medio Oriente, gracias a una inundación que acabó en el siglo XIV con Kodungalur, el mayor puerto de entonces.
Por lo pronto, esa mañana en el malecón yo estaba inundada pero de sudor, tratando de parecer atlética en medio del grupo de trabajadores morenos, pura fibra y músculo, manos laceradas por la sal y las cuerdas.
Medio en inglés y medio a señas, uno de ellos me contó que se llamaba Xavier, como San Francisco Javier, el Apóstol de las Indias. Otra vez la religión. ¿Cómo ir a la India y no cruzarse con Dios o los dioses a cada paso?
Kochi tiene una importante colección de iglesias católicas, 38 en total, pero sólo un puñado de ellas tiene importancia histórica.
La Iglesia de San Francisco fue construida en 1503 y dedicada primero a San Bartolomé y luego a San Antonio, antes de ser consagrada a su patrono actual, San Francisco de Asís. Suerte que los santos no pueden albergar sentimientos mezquinos como los celos y la envidia, porque el fundador de los franciscanos parece ser un favorito en la India. Veinte años después de la fundación de la iglesia, el templo se convirtió en la tumba del explorador Vasco de Gama, quien murió en Kochi durante su tercer viaje a la India. El cuerpo del portugués fue llevado a Lisboa en 1538, con lo que San Francisco perdió a su huésped más ilustre.
La Iglesia es linda y sencilla, típica de un pueblo del interior. Nos sentamos en los bancos de madera a disfrutar de la penumbra. A esa hora el sol ya castigaba por igual a fieles e infieles y me volví a acordar de los curas misioneros, San Francisco Javier para empezar, que habían sobrevivido horrendas travesías náuticas y encarado el calvario del trópico para difundir su fe.
También pensé en la crueldad que habían inflingido a los no creyentes, cientos o miles de inocentes que padecieron prisión y pena de muerte a manos de los inquisidores en Goa, al norte de Kochi.
Pero los católicos no fueron los únicos que llegaron a este antiguo puerto con su catálogo de creencias.
En 1568, los judíos que vivían en el sur de la India controlaban una parte importante del comercio de especias y construyeron varias sinagogas en el subcontinente, de las cuales sólo una sigue funcionando como templo. Resolvimos ir a visitarla.
Quien recibía las boletas a la entrada era una mujer blanca de pelo rizado y piel blanquísima. Era judía, una de apenas trece descendientes de los fundadores de la sinagoga que quedan en la ciudad.
Era mujer de pocas palabras y no fue mucho más lo que nos dijo, pero se veía muy sola, derrotada y heroica en su marcha inexorable hacia la extinción.
No teníamos más tiempo, así que emprendimos camino hacia el aeropuerto. Dos semanas en la India no me habían curado de mi descreimiento, pero aún así sentía ganas de dar de dar gracias al poder superior que me había dado licencia para estar allá y tratar de entender cómo es que vive una sexta parte de la población del planeta.
Cuando llegamos al aeropuerto, el lugar estaba en ebullición. Las filas en los mostradores eran kilométricas, pero los únicos que parecían no notarlo eran los empleados de Air India que ajenos al desorden generalizado, estudiaban parsimoniosos las pantallas de sus computadores. No paraba de preguntarme cómo un lugar pequeño como Kochi podía tener tanta población viajante.
Aburrida y exasperada, empecé a mirar a mi alrededor. La mayoría de los viajeros eran hombres jóvenes de aspecto humilde, con pequeños maletines plásticos como único equipaje y relucientes pasaportes en las manos.
El letrero en el mostrador me lo acabó de aclarar: eran emigrantes que iban a Dubai a probar fortuna como obreros, cocineros o empleados domésticos. El estado de Kerala ha exportado más de 150 mil de sus habitantes a los países del Golfo y mis colegas de fila eran una fresca remesa a punto de ingresar al floreciente mercado de trabajo del Medio Oriente.
Sin querer, me dediqué a estudiarlos y a imaginarme que tenían padres, esposas e hijos que a esa hora estarían llorando porque sólo volverían a ver a los desterrados en años o tal vez lustros. Quería sacar mi cámara y fotografiarlos, pero me faltaba el coraje que a ellos les sobraba.
Cuando por fin llegamos a la sala de espera nos encontramos con otro ejército expatriado: mujeres musulmanas de Indonesia, que se alistaban para embarcarse en el vuelo a Dubai, en donde alguien las contrataría como niñeras o empleadas del servicio, Como pude le pregunté a una de ellas de donde venía. Me contestó sin levantar la vista, con una tristeza irremediable en la cara.
Miré a mis hijas y pensé que lejos estaban ellas de las durezas de la vida, viviendo felices en la burbuja que les hemos construido y de la que inevitablemente tendrán que salir algún día.
Era casi la medianoche cuando nos llamaron a abordar. Ya era hora de volver a casa.

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