jueves, 17 de julio de 2008

Los hombres-jaula: la historia

Hace una semana fui a Tai Kok Tsui, una parte de Hong Kong que de lejos encandila con sus luces brillantes y su movimiento perpetuo, pero de cerca revela una realidad descascarada y empobrecida a la que parecería que el gobierno de esta ultra-rica ciudad le da la espalda.
Unos días atrás escribí una corta entrada sobre el tema. Aquí está la historia completa de los hombres-jaula, prisioneros de la miseria en Hong Kong.
Visto desde lejos, el lugar podría ser un negocio de venta de animales. Jaulas de techo a piso se ordenan a lado y lado de un estrecho corredor y el aire tiene un olor rancio, una mezcla indefinible de comida, sudor y desechos.
A la entrada, un aviso en chino e inglés que cuelga de una pared manchada, previene a los intrusos: “Área Privada, no entrar”. Sze Lai Shan, trabajadora social de una ONG local, ignora la advertencia y entra sonriente al cuarto, un rectángulo de no más de 50 metros en cuyo piso desgastado se acumula la mugre, entre baldes de plástico, periódicos viejos y recipientes de icopor con sobras.
El sol se acaba de poner y un raquítico bombillo derrama su luz cavernosa sobre la escena, que tiene algo de prisión, de pabellón psiquiátrico. Algo, incluso, de perrera municipal.
Los hombres que a esa hora se hacinan en la deprimente habitación saludan a Sze, una de las pocas almas en Hong Kong que se apiada de los “hombres-jaula”. Acostados en sus camastros, algunos miran ensimismados al vacío, mientras otros se aglomeran frente a un pequeño televisor para ver las noticias que dan cuenta ese día de la reunión en Japón del grupo de los países más poderosos.
En Hong Kong, la ciudad que se ufana de tener el mayor número de automóviles Rolls Royce per cápita, la sede del más desfachatado consumismo, hay seres humanos que viven, comen y duermen en jaulas.
Su delito es ser los más pobres entre los pobres: gente sin familia, desempleados, inmigrantes venidos de China continental para quienes el lujo y la opulencia que aparenta la pujante “capital de Asia”, son una cruel ironía.
“El gobierno es bueno con los ricos pero no con lo pobres”, se queja Lan Wai Man, mientras devora un trozo de cerdo mezclado con arroz frito que reposa en el fondo grasiento de una caja de cartón.
Wai Man tiene un leve retraso mental y su paso por una institución de salud es una mancha que lo tiene desempleado desde hace un año y medio. Su familia no quiere saber de él y hace tres meses no tuvo más remedio que pasarse a vivir a una jaula en este descascarado edificio de Tai Kok Tsui, un distrito comercial al oeste de Kowloon, la parte de Hong Kong que no es isla sino territorio continental.
A los 32 años Wai Man es un hombre joven y tiene esperanzas de encontrar trabajo como entregador de mercancías, el oficio que dice conocer. Cuando ya no queda un solo grano de arroz en el recipiente de cartón, abandona la caja y estira los brazos para mostrarme las señales de los insectos que se trepan por las noches a su jaula y no lo dejan dormir.
En Hong Kong, alquilar una jaula de tres metros ha sido una alternativa de vivienda desde hace más de cinco décadas, cuando surgieron los primeros cubículos como solución para albergar a los inmigrantes chinos que llegaban a la ciudad atraídos por la ilusión de la prosperidad.
Con el tiempo, las jaulas se han vuelto el refugio de todos los despojados, cada vez más numerosos desde que China tomó control de la antigua colonia británica y las fábricas se fueron de Hong Kong en busca de la mano de obra barata del continente.
Según la Sociedad para la Organización Comunitaria -la ONG para la que trabaja Sze Lai Shan- hay más de cien mil “hombres-jaula” en Hong Kong. Son apenas una fracción del más de un millón de personas que vive por debajo de la línea de pobreza en la ciudad con la propiedad raíz más cara del planeta.
El gobierno le da vivienda de alquiler a precios por debajo del mercado a prácticamente la mitad de los habitantes de su jurisdicción, pero eso no es suficiente. Generoso en el cobro de impuestos a las clases más altas, el Jefe Ejecutivo de la ciudad, Donald Tsang, parece administrar con un ojo en las necesidades de la población pero el otro en las exigencias del empresariado.
“Es un problema de ideología”, dice Szé. “El gobierno cree que en Hong Kong sólo es pobre el que quiere y el que no progresa es perezoso”.
Son casi las siete en la habitación de Tai Kok Tsui y los “hombres-jaula” empiezan a prepararse para pasar la noche. Es la hora de la cena y algunos hacen pequeñas excursiones a las cafeterías vecinas para buscar comida.
Por el equivalente a 130 dólares mensuales cada “hombre-jaula” tiene derecho a su cubículo y al uso de un baño común, pero no hay cocina porque las autoridades lo prohíben. Todo lo que comen tienen que comprarlo en la calle.


Sentado en su jaula, el tío Tai se concentra en sus fideos. Tiene 78 años y es posiblemente el decano de los “hombres-jaula”: ha vivido en la suya durante las últimas cuatro décadas.
Cansado del desfile de periodistas que de tanto en tanto pasan por su cubículo con sus flashes enceguecedores y sus preguntas ingenuas, el tío Tai opta por hablar poco. A esa hora el cansancio y el aguardiente que usa para consolarse ya han hecho mella en él. El antiguo obrero de construcción que paga el alquiler gracias a los servicios de asistencia social, cierra la puerta de su jaula y se acuesta.


Dos ventiladores oxidados hacen lo mínimo por aliviar el calor húmedo y sofocante que se apodera de cada rincón mientras afuera, en la ciudad, la lluvia opaca las luces de neón que iluminan las calles vecinas.
A pocos kilómetros de Tai Kok Tsui, obreros de construcción trabajan a marchas forzadas para levantar el que será el edificio más alto de Hong Kong. Se me ocurre que muchos de ellos irán esa noche a dormir en sus propias jaulas.
Mientras tanto, en los bares y restaurantes de los barrios de moda, la gente brindará por los negocios del día y la riqueza por venir.
Pienso que quizás a esa misma hora, en su oficina, el Jefe Ejecutivo de Hong Kong estará dando por terminada la jornada, mientras le da una larga mirada a su Rólex, uno de los muchos relojes que hacen parte de su preciada colección.

7 comentarios:

  1. Holaa..

    tengo 14 años..
    y siempre he tenido la idea de que hong kong tiene una gran cultura..

    sin embargoo me doy cuenta que no es como lo pensaba..

    que bueno que publiques este tipo de cosas..

    me voy
    otro dia te escribo nuevamente



    hasta pronto..

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  2. Hola Perla,

    Gracias por escribir.
    No quiero que te lleves la idea de que Hong Kong no tiene una gran cultura, porque en verdad la tiene. Sólo que tiene contradicciones que al menos para mí, son inesperadas.
    Es un lugar muy interesante y espero que algún día lo puedas visitar.

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  3. ... definitivamente no tengo palabras... las pocas que tuve las dejé en el pasado comentario de la anterior entrada de los hombres jaula.
    Solo me resta decir, que esta historia (como otras de las tantas que existiran ocultas en las mejores ciudades del mundo) es algo a lo que le llamo "hipocresía de las cifras".
    Saludos
    Excelente post.

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  4. no tengo palabras..

    max_flow_ready@hotmail.com

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  5. Bendito sea el periodismo independiente que nos quita el velo rosa que tratan de poner los gobiernos, sobre aquellos que no tenemos la oportunidad de conocer la realidad de otros paises.

    No dejes nunca de escribir...Besos, Hector.

    Shamwol@hotmail.com



    Hector.

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  6. Escalofriante, para qué vivir así, más bien morir...
    El ser humano es capaz de adaptarse a todo, incluso a esto, a ser infeliz hasta q llegue la muerte.
    Mientras otros sienten haber nacido en cuna de oro, y x eso se creen diferentes o mejores. Esos otros, están en la loca carrera de comprar ese auricular de oro y diamantes q comentabas en la primera parte de esta nota, creyendo q al usarlo sentirán algo parecido a la felicidad.

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