sábado, 12 de julio de 2008

Manos libres y bolsillos llenos

¿Habrá algo menos atractivo que esa gente que anda por ahí con un auricular del móvil incrustado en el oído creyendo que así se ve interesante y moderna?
Si uno es taxista vaya y pase. Al fin y al cabo, manejar un automóvil y sostener un teléfono son funciones totalmente incompatibles. Pero ¿es necesario sentarse a comer una hamburguesa o hacer la fila del banco con un alien brotándole a uno de la oreja?
Supongamos que sí, que es necesario. Lo que no entiendo, es que haya gente dispuesta a gastar 8 mil dólares para conseguir el efecto.
El jueves hablé en este blog de un anuncio en el periódico que ofrecía auriculares enchapados en oro y diamantes. No me aguanté las ganas y ayer los fui a ver.
Me siento mal con el vendedor que estaba convencido de que me quería comprar uno (aunque en el fondo creo que me halagó que haya visto en mí los rasgos de opulencia y desprendimiento de quien no tiene inconveniente en gastar ocho mil dólares de un plumazo) pero no le podía decir que en realidad me parecía obsceno que a alguien siquiera se le hubiera ocurrido la idea.
Se le ocurrió a un inglés cuya línea de trabajo es enchapar en oro y diamantes todo lo que sus clientes le pidan y su última “creación” es este auricular.
Se llama Motopure H12, está hecho de oro sólido y tiene 246 diamantes en una superficie de 4 x 2 centímetros.
El peso no es problema para mi delicado oído, me explicó el vendedor: miserables 12 gramos. Tampoco el color, porque los diamantes pueden ser blancos, rosados o negros, lo que me parezca mejor. Pero eso sí, me advirtió, tengo que ser paciente porque cada auricular es fabricado por encargo y únicamente nueve ejemplares serán vendidos en Hong Kong.
¿Nueve ejemplares? ¿Y a eso le llaman exclusividad?
“No sé”, le dije al dependiente. “Tendré que pensarlo”.
Salí del local entre divertida y deprimida, pensando en que esta ciudad de excesos nunca dejará de sorprenderme. En esas estaba cuando alguien me empujó para pasar. Volteé a mirar para quejarme, pero ¿qué podía decirle a la señora que con tanta prisa avanzaba empuñando su Louis Vuitton de cinco mil dólares?

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