jueves, 7 de agosto de 2008

Beijing 2008: China entrega sus credenciales

Faltan prácticamente horas para la inauguración de los Juegos Olímpicos, el evento más emblemático de la historia moderna de China y en el que invirtió más de 40 mil millones de dólares, o sea una suma parecida a las reservas internacionales de Argentina y el doble de las de Colombia.
Para sus organizadores, el comienzo de la cita deportiva se debe sentir como el final de un largo y hasta cierto punto accidentado proceso, pero muchos otros lo ven como el comienzo de una era en la historia de la próxima potencia mundial.
China es el país más populoso del planeta, el que tiene mayor número de internautas, el principal productor de acero, el que más óxido de carbono lanza a la atmósfera, el que ha sacado de la pobreza al mayor número de personas y el que más sentencias de muerte aplica.
China es el gigante de nuestros tiempos. Un gigante contradictorio, que estuvo confinado a la pobreza y al aislamiento durante la mayor parte del último siglo –el siglo de la humillación lo llaman ellos- pero que ha recuperado su supremacía económica y está a camino de convertirse en una potencia geopolítica.
Por eso, los Olímpicos tendrán un clima más de epopeya que de torneo deportivo y las hazañas de los atletas pasarán a un segundo plano, comparadas con la proeza que China siente haber conseguido: volver a ser relevante para el mundo, tras un largo y oprobioso paréntesis.
“China ha sido siempre una de las grandes civilizaciones, pero en el último siglo estuvo subyugada a los poderes occidentales. Beijing ve los Juegos como un símbolo de su resurrección como potencia y como una oportunidad para que el resto del mundo reconozca ese poder”, me dijo Baohui Zhang, profesor de ciencias políticas en la Universidad Lingnan de Hong Kong.
Es un escenario parecido al de Japón en 1964, cuando los Olímpicos de Tokio simbolizaron el cierre del capítulo de la postguerra y el comienzo de la recuperación espectacular de la economía nipona.
Muchos preferirían, sin embargo, que hubiera más paralelos con la Olimpiada de Seúl en 1988, que acabó propiciando el fin de cuarenta años de gobiernos autoritarios y ayudó a disparar el desarrollo coreano.
Entre la población china los Olímpicos son populares. Tan populares, que al menos cuatro mil recién nacidos en los últimos meses han sido bautizados con el nombre Aoyun, que significa precisamente “Juegos Olímpicos”. Y muchas empresas chinas, incluso las que no son patrocinadoras oficiales de la Olimpiada, han diseñado sus campañas alrededor de los Juegos en el mismo tono épico e inflamado de fervor patrio que destila la propaganda gubernamental.
Al contrario de lo que sucedió en otros continentes en donde el paso de la Antorcha Olímpica fue recibido con protestas, en el territorio chino -Hong Kong incluído- el símbolo tuvo recepciones multitudinarias, lo que a los ojos del gobierno ha sido una especie de referendo de su propio desempeño.
Dicho en otras palabras, la cúpula del país se ha fortalecido. "China y su población van a emerger de los Juegos más confiados y por lo tanto más dispuestos a casar peleas. No significa que el país quiera usar la fuerza, sino que no va a dejarse doblegar en términos diplomáticos y será menos cooperativo. Esa nueva confianza es una invitación al conflicto”, comentó el profesor Zhang.
Es similar a lo que sostiene Susan Shrik, una alta funcionaria del Departamento de Estado norteamericano para asuntos chinos, en un libro reciente que se ha convertido en una especie de Biblia para tratar de entender lo que reserva el futuro. “La fuerza es apenas una parte de la ecuación. Las intenciones –cómo China elige usar su poder- harán la diferencia entre la guerra y la paz”, escribe Shrik en el libro en el que también asegura que el principal objetivo político de los dirigentes chinos es mantener la estabilidad social porque en ella radica la supervivencia del gobierno, por tanto sus decisiones de política exterior estarán determinadas por la necesidad de mantener el consenso interno.
En un país de dimensiones continentales con más de cincuenta grupos raciales y enormes disparidades económicas, la estabilidad social vive en estado de permanente fragilidad, pero estas tres últimas décadas en las que China se ha enriquecido, han producido como resultado una juventud más pragmágtica y nacionalista de lo que la gente en Occidente piensa.
“Los jóvenes chinos son diferentes ahora porque nacieron en una sociedad más próspera y menos controlada. Son más individualistas, más sofisticados y están mejor informados. Las recientes manifestaciones de nacionalismo mostraron que también les interesa la política”, me comentó la escritora Lijia Zhang, quien fue operaria en los años 80 en una fábrica de misiles en Nanjing y organizó protestas en 1989 en apoyo al levantamiento de los jóvenes en la plaza Tiananmen.
Zhang, quien vive ahora en Beijing, cree que la dieta de propaganda nacionalista que se le da a los jóvenes chinos ha influenciado sus posiciones políticas, pero no es lo único que explica por qué en lugar de lanzarse a las calles a respaldar la independencia del Tíbet en marzo pasado, la juventud salió en masa a defender al gobierno. “Los chinos tienen buenas razones para estar orgullosos de lo que han conseguido. La fuerte explosión de nacionalismo fue provocada en parte por lo que es visto como reportes parcializados de la prensa extranjera”, dice.
Simplificando las cosas, China se percibe como una víctima de la avaricia y la envidia de Occidente, a pesar de lo cual ha logrado dar saltos gigantescos que la han colocado en la ruta hacia convertirse en la principal economía del globo. También existe la percepción de que mientras los líderes de los países democráticos reclamanla independencia del Tíbet y rechazan las violaciones a los derechos humanos del regimen comunista -tal como lo acaba de hacer el Presidente Bush esta semana- no tienen inconveniente en beneficiarse de su lucrativa relación comercial con la nación asiática.
La percepción de esa doble moral ha generado en la juventud china desconfianza hacia Occidente. “Yo veo que mis estudiantes dudan de la propaganda del gobierno porque saben que no es equilibrada, pero son mucho más escépticos de la democracia al estilo Occidental de lo que eran los jóvenes hace veinte años. La democracia como modelo no los inspira”, me dijo desde Beijing Daniel Bell, profesor canadiense que enseña teoría política en la Universidad Tsinghua, una de las más prestigiosas del país.
Según Bell, las nuevas generaciones de chinos no son tan materialistas y hedonistas como se les retrata y sienten una especie de “misión moral” de proteger a la sociedad inspirada en los valores confucionistas que han vuelto a ser enseñados en las aulas de clase.
Aunque los jóvenes también están expuestos a los productos culturales occidentales a través de programas y series de televisión que son seguidas con avidez en la Internet su lealtad es a su país. “Creo que el interés de la gente china por Occidente es mayor que el interés de los occidentales por China”, opina Wu Yun, una joven de 26 años, a punto de terminar una maestría de ética en Tsinghua, con quien conversé por teléfono.
Originaria de la provincia de Hubei, Yun no participó de las protestas en contra de los extranjeros que surgieron espontáneamente hace un par de meses, pero entiende por qué fueron motivadas. “La mayoría de los chinos, incluyendo los jóvenes, prefiere adoptar la opinión unificada o autorizada de los hechos. En el caso del Tíbet, esa mayoría cree que el gobierno ha mejorado mucho las condiciones de vida en la región, por lo tanto los tibetanos no tienen motivos para oponerse al gobierno”, explica Yun.
La joven es crítica del control de la información que impide a la opinión china tener una visión más amplia, y cree que resolver las desigualdades sociales y los conflictos étnicos es el mayor desafío que tiene por delante el gobierno del Presidente Hu Jintao.
Un desafío que seguramente volverá al primer plano una vez pasada esta fiebre Olímpica que más que evento deportivo es un acto político: algo así como la entrega de credenciales a la comunidad internacional del más nuevo miembro del selecto club de las superpotencias.

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