lunes, 11 de agosto de 2008

En esta esquina del mundo

En general trato de no hablar de cosas muy personales en este blog, a no ser para reírme de lo que me pasa en esta esquina del mundo, pero creo que hoy voy a permitirme un poco de filosofía.
Uno va por la vida como si fuera a vivir cien años, como si la enfermedad estuviera reservada para los ancianos y como si las historias de dolor y los relatos de incidentes y de accidentes que le llegan a uno, pasaran en un planeta fuera de esta órbita con el que no se tiene ni jamás se tendrá contacto.
Y tiene que ser así, porque pensar en la adversidad asusta y la idea de que el precario equilibrio en el que transcurre la vida está siempre a un paso de romperse, es perturbadora… amenazadora.
Tuve que llevar a Adrián de urgencia al hospital el sábado por la noche por un dolor tan intenso en el pecho que casi no lo dejaba respirar. Mientras manejaba por la carretera al hospital más cercano tratando de no matarnos en las curvas, hacía lo posible por no pensar, concentrándome en el carro de enfrente y ahogando con todas mis fuerzas la idea de que podía ser un infarto, una embolia o quién sabe qué cosa horrible que la fatalidad, siempre acechando, había reservado todos estos años esperando el momento perfecto para dejarme saber que al fin y al cabo es ella quien decide.
Era un hospital privado y a esa hora, cerca de la medianoche, el lugar estaba silencioso y sus paredes verdes y su luz amarillenta me parecían más tristes y mortecinas que nunca. El médico de turno era un indio severo de piel oscura y canas mal disimuladas al que habíamos visto en otra oportunidad y que me inspiraba confianza por su aire de suficiencia. Un diablo que sabe por ser viejo y también por ser diablo.
Era claro que no era un infarto sino un problema respiratorio, una neumonía tal vez. Al oir el diagnóstico yo misma empecé a respirar mejor. Neumonía: para eso hay antibióticos, pensé.
Había que hacer radiografías y análisis de sangre. Era mejor hospitalizarlo, nos aconsejó. El neumólogo vendría a verlo a primera hora para confirmar el diagnóstico y decidir el tratamiento.
El analgésico que le habían dado había hecho efecto y pronto Adrián estaba durmiendo en la habitación. Decidí volver al apartamento a recoger ropa para el día siguiente. Era casi la una de la mañana.
Cuando regresé al hospital la habitación estaba vacía. La enfermera del piso me informó que Adrián había sido llevado una vez más a radiología para hacer nuevos exámenes.
Crucé la puerta de radiología y lo encontré envuelto en una manta, tiritando. “Creen que tengo coágulos en la sangre”, me dijo.
En un momento de esos, el cerebro batalla para mantenerse enfocado y no dejar que el pánico tome el control. Para no dejar que los escenarios desastrosos empiecen a desfilar como una película en la cabeza y nublen el juicio.
El técnico preparaba afanosamente el equipo que hace las tomografías computarizadas y mientras esperábamos, una médica apareció y tomó control del proceso. Era la radióloga de turno y cuando la ví aparecer en jeans y con la cara lavada se me ocurrió que la habían sacado de la cama. “¿Estaba durmiendo?, le pregunté”. “Por supuesto”, me contestó sin mirarme.
El examen fue rápido y volvimos a la habitación a esperar los resultados.
Exhausto, Adrián se deslizó en el sueño nuevamente. Yo me recosté, tratando de conciliar el sueño y luchando desesperadamente para bloquear la mente. ¿Estaría al borde de una embolia? ¿Cuándo le avisaría a mis hijas? ¿Sería muy tarde para aprender a rezar?
Me quedé quieta con las luces apagadas, lamentando estar tan lejos de la familia y los mejores amigos. Sentí que pasó una eternidad.
Adrián respiraba tranquilo y eso me pacificaba. Finalmente a una hora que no sé determinar apareció el médico de turno, el doctor indio que nos había recibido en Emergencia.
“No hay coágulos”, dijo sin preámbulos. “Las alteraciones en la sangre pueden ser causadas por una reacción del cuerpo para defenderse de la neumonía, pero no son coágulos”.
Adrián y yo intercambiamos una sonrisa nerviosa. Cuando el doctor salió del cuarto nos confesamos las emociones de las últimas tres horas. Yo hablé de mi esfuerzo por evadir la realidad y bloquear a toda costa los escenarios negativos. Adrián de cómo había repasado mentalmente lo que me diría, sus recomendaciones para más tarde, si las cosas se ponían peores.
No hubo escenas románticas ni confesiones de amor como en las series de televisión. Nos dormimos al rato, cansados y con una punta de ansiedad por no saber exactamente qué sería lo que andaba mal.
El médico dio de alta a Adrián ayer y ahora está en el apartamento convaleciendo y viéndose mejor que dos días atrás. El diagnóstico, un poco confuso todavía, es una neumonía combinada con una costilla rota, producto de un violento partido de fútbol que jugó con algunos colegas hace más de un mes. Los dos médicos que lo evaluaron no saben si hay una correlación entre la infección y la fractura.
El dolor ha disminuido y los antibióticos están haciendo efecto y es posible que antes del fin de semana Adrián pueda volver a trabajar.
Yo por mi parte, aprendí de mi pequeño viaje al hospital. Es una de esas ocasiones en que la vida le recuerda a uno que todo es prestado y que lo único que se tiene es el momento presente, frágil, vulnerable y maravilloso.

1 comentario:

Déjame un comentario