sábado, 2 de agosto de 2008

Estado de animación

Yo creo que mucha gente cuando piensa en Asia se imagina un Buda, unas barras de incienso y a alguien sentado recitando mantras en la posición de loto. Pero francamente, viviendo aquí, yo rara vez siento que esa imagen esotérica coincida con la realidad.
Los jóvenes en esta foto, por ejemplo: ¿estaban sentados meditando, tratando de alcanzar la iluminación? No. Estaban sentados ahí desde hacía tres días tratando de ser los primeros en entrar a una Feria de Cómics en donde esperaban comprar figuritas plásticas de personajes animados con la intención de venderlas después en eBay.
No estoy cuestionando la espiritualidad de nadie, pero no creo que las nuevas generaciones en Asia tengan un lado muy meditativo, o al menos yo no lo he percibido.
Yo había visto en el periódico la foto de los jóvenes acampando en el pavimento a 30 grados de temperatura y pensé que si había gente capaz de hacer eso, la Feria de los Cómics que se inauguraba ayer debía ser buena.
“Buena no: buenísima”, pensé cuando llegué al Centro de Convenciones y vi las filas que se desparramaban por varias cuadras a la redonda.
Había convencido a mis hijas de que me acompañaran prometiéndoles que habría Disney y Tintín, pero cuando vieron las filas ellas, que son mucho más adultas que yo, trataron de convencerme de que era preferible perderse al Pato Donald que morir asfixiado.
A mí ya me había picado la curiosidad. Hay tantas cosas de Asia que yo no entiendo y nunca entenderé, que no me iba a perder la oportunidad de tratar de descifrar al menos ésta.
Después de haber ido y vuelto sigo sin entender un pepino y me está costando trabajo escribir este post sin quedar como un dinosaurio antediluviano, pero creo que no tengo alternativa.
Cuando considerablemente más estrujadas, sudadas y despeinadas logramos cruzar la puerta del salón de exhibiciones, la avalancha sensorial nos dejó estupefactas. ¡Qué Disney ni qué nada!
Una enorme pantalla escupía las escenas de un juego electrónico en el que marines norteamericanos patrullaban las calles de ciudades convertidas en escombros. En otra pantalla, unos pasos más allá, dos adversarios se batían en un duelo híper-modernista entre explosiones de 200 decibeles.
Desde lo alto del recinto, personajes de animé japonés con sus enormes ojos redondos y vestidos extravagantes nos seguían con la mirada mientras en los rincones, otra vez sentados en el piso, ejércitos de adolescentes libraban febriles batallas en sus Nintendo y Playstations, ajenos al estruendo que los rodeaba.
Mis hijas me miraron con cara apocalíptica. Las había llevado engañadas al infierno electrónico en donde los pecadores son obligados a jugar Final Fantasy por toda la la eternidad.
Mientras negociábamos penosamente nuestro avance por los pasillos tratando de divisar algún producto que fuera de este mundo, empezamos a cruzarnos con seres que se habían salido de las pantallas de los videojuegos. Nos sentíamos en la cantina de Mos Eisley de la Guerra de las Galaxias, rodeadas de Aliens por todos lados.
Eran escenas parecidas a las del barrio de Harajuku en Tokio, en donde hay una plaza en la que todos los domingos se reúnen seres extrañísimos que de lunes a viernes fingen ser estudiantes o empleados, pero los fines de semana deciden asumir su verdadera personalidad.
Saqué mi cámara y tratando de no parecer tan prehistórica les pedí a los seres que me dejaran tomarles fotos. Preguntándose seguramente cómo habría ido a parar allí esa cuarentona extraviada, la mayoría accedió:




















Me moría de ganas de hablar con algunos de los personajes, pero tenía miedo de que nos secuestraran y tuviéramos que acabar nuestros días saltando de un muro a otro en una pantalla de Nintendo, perseguidas por Super Mario.
Antes de salir, vencí mi miedo y me acerqué a Lina:


Me contó que ella -es la de la izquierda en la foto- fabricó su propio traje inspirándose en Hiiro no Kakera, una novela visual japonesa convertida en juego de Playstation. Dijo también que va religiosamente a las ferias de cómics porque allí se consiguen los últimos juegos a una fracción del precio normal.
No fue una gran entrevista porque habito en un mundo tan ajeno a los videojuegos, la manga y el animé, que ni siquiera se me ocurría qué preguntarle a Lina. Tampoco entendí qué la impulsará a ella y a los 80 mil aficionados que atiborraron ayer el Centro de Convenciones de Hong Kong, a reverenciar ese universo imaginario. Quizás sea una forma de espiritualidad que prefiere la animación a la meditación.
Yo, en todo caso, ya estaba lista para volver a la normalidad.
Con un suspiro de alivio cruzamos la salida de la Feria y paramos el primer taxi que encontramos. Era viernes por la tarde y había un sol radiante. Qué bien se sentía la realidad.

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