martes, 19 de agosto de 2008

Hay protestas, pero lejos de Beijing

Cuando en marzo pasado el Tíbet fue escenario de violentos disturbios a pocos meses del inicio de los Juegos Olímpicos, todo el mundo se imaginó que el ambiente este mes en Beijing estaría caldeado y no precisamente por las temperaturas del verano.
En realidad, la capital china no ha visto protestas a excepción de algunas pancartas con proclamas de “Free Tibet” desplegadas por extranjeros y que han sido prontamente retiradas por las autoridades.
El gobierno chino delimitó las zonas en las que los grupos interesados en manifestarse pueden congregarse una vez obtengan la autorización oficial -lo que suena muy civilizado- pero hasta esta noche, once días después de inaugurados los Olímpicos, ni un solo permiso ha sido otorgado.
No es tan simple, pero la falta de canales para protestar hace que la ciudadanía, en China y en cualquier otro lugar, apele a la violencia para tramitar sus reclamos y eso es en parte lo que parece estar sucediendo en Xinjiang, en el noroccidente de China.
Para entender lo que sucede en esa región predominantemente musulmana, conversé con algunos expertos.
En poco más de una semana, extremistas armados con bombas caseras y cuchillos han producido tres ataques dirigidos contra la fuerza pública de Xinjiang, que han dejado como saldo una treintena de víctimas y han puesto en máxima alerta al régimen comunista.
Los atentados han sido cuidadosamente planeados para atraer la atención mundial sobre un conflicto que algunos analistas aseguran está alimentado por grupos islámicos internacionales, pero que es esencialmente un problema étnico.
Xinjiang queda a tres mil kilómetros de Beijing en la frontera con ocho países de Asia Central entre ellos Rusia y Pakistán y es una región estratégica no sólo desde el punto de vista geográfico sino de recursos naturales.
Xinjiang fue anexada a China después de la revolución comunista en 1949 y es el hogar de unos ocho millones de Uigur, una etnia de filiación musulmana parecida a la de antiguas repúblicas soviéticas como Kazajstán y Uzbekistán.
Como parte de China, los Uigur han sido sometidos a un proceso de aculturación y han visto disminuir su influencia en la región bajo el efecto de la masiva migración a Xinjiang de chinos de origen “Han”, la etnia a la cual pertenece el 90% de los habitantes de ese país.
El gobierno chino ha denunciado que el descontento de los Uigur está siendo capitalizado por grupos jihadistas islámicos que tiene sus bases en Pakistán y eso piensan también algunos analistas en seguridad, que han denunciado que por lo menos 40 individuos de origen Uigur han sido entrenados en campos vinculados a Al-Qaeda y el Talibán en áreas de Pakistán que no están bajo el control del gobierno de ese país.
China ha dicho que el principal responsable por los ataques en Xinjiang es un grupo separatista conocido como Movimiento Islámico de Turquestn del Este (IMET), uno de cuyos supuestos campos de entrenamiento fue allanado en enero del año pasado en un operativo que dejó varios muertos y capturados.
Hace poco China ejecutó a dos individuos acusados de pertenecer al IMET y condenó a otros 15 a diferentes sentencias por actividades separatistas.
La semana pasada hablé con el brigadier retirado Gurmeet Kanwal que es director del Centro para el Estudio de Guerras Territoriales con sede en Nueva Delhi y él coincidió con la hipótesis de que los militantes Uigur están asociados con movimientos islámicos del centro de Asia, pero también criticó a las autoridades chinas que no han podido prevenir los atentados recientes. “El hecho de que terroristas montaron ataques a pesar de la captura de más de un centenar de sospechosos desde el comienzo del año, muestra la continua debilidad del Ministerio Chino de Seguridad Pública, que es el responsable por la inteligencia interna”, dijo el brigadier.
Claro que justamente la política de represión con que China maneja el descontento de la minoría Uigur es señalada como una de las causas de que la violencia esté aumentando en Xinjiang. “El nombre que se le da a esos grupos no tiene importancia porque ellos se agrupan y se disuelven según la necesidad. El problema es que los Uigur sienten que no tiene las mismas oportunidades de educación y de trabajo que los chinos de origen “Han” que han migrado a sus tierras, y sienten también que las autoridades cierran los ojos a esa discriminación”, me dijo el profesor Chien-peng Chung, académico experto en disputas territoriales y conflictos étnicos de la Universidad Lingnan de Hong Kong.
El profesor Chung cree que la motivación de los Uigur involucrados en atentados no viene de afuera sino de dentro de China. “Esto no es una guerra santa. Los Uigur son musulmanes pero lo que quieren es independencia. Son un grupo separatista con una agenda separatista”, explicó.
Para China la independencia de Xinjiang, como de cualquiera de sus regiones, está fuera de cuestión. No sólo por su tamaño –la provincia ocupa un sexto del total del territorio chino- y su posición estratégica, sino porque el régimen comunista chino está cimentado en parte en un discurso nacionalista cuya fractura pondría en peligro su supervivencia.
Beijing teme que si relaja los controles y otorga más autonomía a sus minorías –en este caso los Uigur- puede acabar reproduciendo las circunstancias que resultaron en el fin de países como la Unión Soviética y Yugoslavia.
En todo caso, la respuesta china a los últimos atentados ha sido tibia porque los ojos del mundo están fijos en Beijing, pero una vez que la atención se desvíe a otros lugares habrá más mano dura en Xinjiang “El gobierno va a seguir cada pista e investigar hasta el último detalle. Creo que estamos a las puertas de un gran operativo policial”, fue lo que predijo el profesor Chung.

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