sábado, 30 de agosto de 2008

La religión del tambor

Algunos eligen ahogar sus penas en alcohol, otros dejan el salario en el psicólogo y hay quienes se desquitan con una pobre pelota en la cancha de fútbol o de squash.
A una percusionista japonesa en Hong Kong se le ocurrió otra alternativa para combatir los demonios interiores: la religión del tambor.
Menuda y con una carga de energía digna de la hormiga atómica, Kumi Masunaga se dio cuenta muy joven que su temperamento poco japonés desentonaba con la introspección de sus compatriotas y decidió irse con su música, es decir con sus tambores, a otra parte.
Esa parte es Hong Kong, en donde desde hace casi dos décadas Kumi lidera sesiones de percusión a las que nunca van menos de 60 ó 70 personas.
Los encuentros ocurren en un edificio del centro conocido como el Fringe Club y cualquiera puede ir. “Sólo hay que tener el corazón latiendo”, advierte Kumi.
Intrigada por una foto que había visto en una revista y bajo la mirada perpleja de los miembros de mi familia que no entendían que los cambiara por irme a tocar tambor con una japonesa loca, una noche de esta semana me uní al Drum Jam.
Cuando entré al salón eran cerca de las ocho y el lugar estaba casi lleno. Me senté en una butaca vacía frente a un yembe, uno de esos tambores africanos que se tiene que inclinar y abrazar con las piernas para dejar que salga el sonido.
A mi izquierda estaba Josephine, una oficinista que oyó hablar de Kumi hace un año y desde entonces no se pierde una sola sesión del Drum Jam. A mi derecha tenía a Robert, un banquero retirado que hace poco empezó a escribir su primera novela. Robert era el único en todo el grupo que en lugar de un tambor convencional tocaba la tabla egipcia y le ponía tanto empeño a la tarea que llegó un momento en que empecé a preguntarme si no tendría que haber llevado tapones para los oídos.
En la concurrencia había de todo: cuarentones con pinta de funcionario público, tímidas parejas de novios, hippies disfrazados de hippies, niños, grupos de amigos, universitarios, rubios de traje y corbata y hasta una señora de la cuarta o la quinta edad a quien le quería preguntar -pero no me atreví- si los tambores tienen algo que ver con su longevidad.
A las 8 en punto Kumi saltó al centro del salón y empezó la sesión poniendo a sonar los tambores más grandes. Los demás nos unimos al ritmo. Era tanto el barullo que yo no podía oír el sonido que producía mi yembe, pero no importaba. Se sentía bien: un acto básico y primitivo en una vida intoxicada por la tecnología y la modernidad.
Descubrí que me gustaba tocar y me divertía ver a Kumi moviéndose impulsivamente, organizando sin organizar la orquesta de tambores a su alrededor.
Por momentos le daba por gritar consignas y nos hacía repetirlas: “¡Somos libres! Nosotros aullábamos al únisono: "¡Somos libres!".
También nos hacía repetir sonidos sin sentido, como primates enviándose mensajes a través de la selva. Gritábamos y nos reíamos, entre avergonzados y orgullosos.
La apuesta de Kumi Masunaga es que todo el mundo anda a la búsqueda de experiencias liberadoras que lo conecten consigo mismo, en este caso con el ritmo interno, el latido del cuerpo.
Ella sabe también que a la gente le gusta sentirse parte de una tribu y que hay algo natural y hasta visceral en sentarse en círculo a tocar, gritar y cantar con otros, así sea con un grupo de perfectos desconocidos. Yo por mi parte pienso volver.
Después de haber probado y abandonado varias creencias, estoy dispuesta a ensayar esta religión del tambor.
Puse aquí algunos fragmentos de la sesión.



2 comentarios:

  1. Que interesante!!! aquí en latinoamerica se ha practicado algo parecido, no recuerdas el cacerolazo en Venezuela y las miles de réplicas incluso en Colombia?... aunque no creo que sea tan desestresante...

    Ya que los colombianos copiamos todo sería una buena idea esto!

    Saludos!

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  2. Ja, ja. Me hiciste reir con tu comentario. Es verdad, los latinoamericanos ya somos expertos en eso.

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