jueves, 18 de septiembre de 2008

Confesiones de un disidente

Ayer fui a una conferencia que no prometía mucho pero a la cual, en todo caso, había decidido ir. Tal como lo sospechaba no fue gran cosa y habría sido una gran pérdida de tiempo, si por pura casualidad no se hubiera sentado a mi lado Ching Cheong, el corresponsal en Hong Kong del periódico de Singapur The Strait Times.
Ching fue liberado en febrero pasado después de haber pasado cuatro años en una cárcel china, acusado de espionaje a favor de Taiwán.
Presionado por la prensa de Hong Kong que nunca se cansó de pedir la liberación de Ching y sin ninguna prueba que sustentara sus acusaciones, el gobierno chino acabó por dejar libre al periodista antes de que cumpliera la totalidad de su condena de cinco años.
Fue uno de esos casos en que las autoridades de Beijing violaron varios derechos –humanos, de defensa, de libertad de expresión -con total impunidad.
Cuando ví a Ching sentarse en el asiento de al lado lo saludé, dándole a entender de inmediato que lo había reconocido. Tenía ganas de preguntarle detalles de su cautiverio, saber si había sido maltratado, si todavía se sentía vigilado. Pero sobre todo, quería saber cómo había conservado su espíritu intacto y qué lo había ayudado a mantenerse cuerdo durante los casi 1.500 días en que estuvo encerrado.
“Me volví Cristiano”, me contestó. “Le pedí a los guardias que me consiguieran una Biblia y la empecé a leer”. ¿Había ido a una Iglesia antes de eso?, fue mi siguiente pregunta. “Nunca”, me dijo con total franqueza.
Para entonces, el conferencista se preparaba para hablar. Tiempo apenas para una última pregunta: ¿Ha vuelto a China desde entonces?
“Podría, porque las autoridades me devolvieron todos mis documentos, pero mi madre tiene 84 años y le prometí no volver a pisar el continente mientras ella esté viva”, me respondió con una sonrisa condescendiente.
“Más que justo”, pensé.

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