jueves, 18 de septiembre de 2008

Criminal mala leche

Que los productores de leche –no todos, claro- le agregan agua para diluirla y sacarle más ganancia, es un cuento viejo y sucede en todas partes del mundo. Del mundo subdesarrollado, quiero decir.
Todavía me parece ver a mi padre quejándose en la mesa del desayuno por el sabor insulso de la leche, que según decía en ese entonces “ya no era como antes”. Confieso que a los siete años, la idea de que la leche de mi infancia era distinta a la de los tiempos de mi papá me intrigaba. Una vaca era una vaca, pensaba yo. El mundo no podía haber cambiado tanto.
Con los años entendí el truco de la industria lechera y la lógica comercial que lleva al dueño de un hato ganadero a hacer pasar por leche lo que en realidad es mitad agua y mitad leche.
Pero por más que lo pienso, no logro entender cómo se pudo haber vuelto práctica común en la industria láctea de China mezclar la leche con melamina, un químico que se usa para hacer plásticos.
La leche en polvo adulterada ya mató a cuatro bebés y ha mandado al hospital a más de 6 mil, cientos de ellos con falla renal severa.
Hasta el momento, el gobierno chino ha encontrado que 22 empresas lecheras –una quinta parte del total de la industria- le ponen melamina a la leche y que esa costumbre viene ocurriendo por lo menos desde el 2005.
No es la primera vez que China se enfrenta a un escándalo como éste en el que la avaricia de sus empresarios combinada con la corrupción y la falta de control de calidad, tiene consecuencias fatales para los inocentes consumidores que no tienen más remedio que comprar la escoria envenenada que venden en los supermercados.
No es la primera vez, digo, pero tengo la impresión de que se les fue la mano a los adulteradores y que la extensión del daño está causando un malestar social que el gobierno chino puede encontrar difícil de contener.
Yo por mi parte no estoy ni una gota sorprendida y tampoco lo estaré si se descubre que además de la leche en polvo, los adulteradores vienen envenenando también la leche común, el yogurt y todo lo demás. Al fin y al cabo, inspectores de salud ya encontraron ayer en un supermercado de Hong Kong una barra de helado que contiene melamina.
Lo que pasa es que yo pertenezco a esa reducida porción de la población que vive en esta parte del mundo, que se puede dar el lujo de hacerle mala cara a los productos chinos. Y es exactamente lo que he hecho desde el primer día que llegué a Hong Kong.
El resultado es que las Naciones Unidas habitan en mi cocina. El arroz viene de Tailandia, el aceite de Italia, los huevos son norteamericanos, la carne es argentina, el cerdo es canadiense, el pollo es brasilero, los pepinos son japoneses, las aceitunas españolas, las tortilla tejanas, las lentejas de la India, el pescado es chileno, el queso suizo, las fresas israelíes, los champiñones de Malasia, la mantequilla de Francia, el jugo de naranja es australiano y la cerveza es filipina.
No es que seamos muy exquisitos. Es que cada vez que tengo en mis manos un producto alimenticio “Made in China” me da no sé qué comprarlo. Son baratos y se ven iguales a los importados, pero me producen una desconfianza fundamental que este escándalo de la leche adulterada seguramente no va ayudar a aliviar.
Aquí está la paradoja: la leche que compramos en mi casa viene de China. Tiene la marca Nestlé y eso me daba seguridad, hasta que oí esta mañana en las noticias que Nestlé se la compra, a su vez, a los ganaderos chinos. ¿Será a los mismos que la rinden con melamina?
Habrá que preguntarle a mis riñones.

1 comentario:

  1. Adriana,
    Yo creo que es intolerable que pongan melamina en lo que los bebes toman y comen. Es horrible que maten bebes por plata.
    Y aunque no quisieran haberlo hecho, la melamina se usa para plasticos y no para la comida.

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