lunes, 8 de septiembre de 2008

El drama de los pequeños emperadores

Hace poco hablé de la Generación del Nido en China, que son los jóvenes cuya vida ha corrido en paralelo al resurgimiento del dragón asiático.
Esos “pequeños emperadores”, como también se les conoce, son la primera generación nacida bajo la política del hijo único que prohíbe a la parejas chinas tener más de un heredero y han crecido malcriados por el exceso de atención y convencidos de que en lugar de dar, les corresponde recibir.
Con la proverbial longevidad china, la mayoría de las familias hoy en día tienen una estructura de 4-2-1: cuatro abuelos, dos padres y un solo hijo. Es decir, seis adultos dedicados a atender todos y cada uno de los deseos de su retoño.
Pero no todo es felicidad en el reino de los pequeños emperadores.
En la última semana, pocos días después de haber empezado el año escolar, cuatro adolescentes en Shanghai trataron de suicidarse. Uno de ellos, un niño de 12 años, lo consiguió lanzándose por la ventana desde su apartamento, mientras sus padres lo esperaban en la calle para llevarlo al colegio.
Cualquiera que sea padre o madre sabe que inevitablemente uno acaba proyectando sus deseos y frustraciones en los hijos. Y es que en el fondo, de eso se trata la paternidad: de prolongar la propia existencia y de ganar una segunda oportunidad sobre la Tierra.
En China es peor. El amor y el respeto por los padres y los ancestros es uno de los valores confucionistas que la Revolución Cultural no logró destruir y los hijos tienen la obligación de vivir la vida que sus padres no pudieron tener, además de retribuirles todos los sacrificios que hicieron en su nombre.
La presión sobre los “pequeños emperadores” para que tengan la vida de éxito y prosperidad que les fue negada a las generaciones anteriores, está dando como resultado que el suicidio sea la principal causa de muerte en China entre la población de 20 a 35 años.
Expertos en la política del hijo único dicen que el país ha crecido mucho y muy rápido, pero no lo suficiente. Muchos de esos jóvenes egocéntricos, ultra-competentes e híper-educados, salen de las universidades para caer no en los brazos del futuro brillante que se habían imaginado, sino en la rutina de empleos mediocres y mal pagos. La frustración que sobreviene para ellos y para sus familias parece estar empujándolos al suicidio.
Pero, volviendo a Shanghai, ¿qué lleva a un niño de 12 años a saltar por la ventana? En el fondo, la misma razón: un sistema educativo brutal que con la complicidad de los padres extrae de los estudiantes hasta la última gota de energía y niega la posibilidad, tan humana, del fracaso.
Yo hablo con conocimiento de causa. En los últimos seis años he tenido la suerte de educar a mis hijas en colegios internacionales en Asia en donde se mantiene a raya la cultura de la competencia despiadada, pero me he codeado con muchas familias para las cuales los niños son sólo un instrumento de su ambición, una inversión a largo plazo que llegado el momento tendrá que empezar a dar rendimiento.
Digo lo que he dicho antes en otros posts: es obtuso criticar lo que son apenas diferencias culturales, pero el caso es que además de soberanos, los “pequeños emperadores” están siendo también esclavos de su destino.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Déjame un comentario