miércoles, 10 de septiembre de 2008

El feng shui del contratista

Escribo este post tratando de sostener mi computador para que la vibración que hay en mi escritorio no acabe por estrellarlo contra el piso. No, no es que haya un terremoto: en Hong Kong hay tifones pero no temblores.
Aunque pensándolo bien, sí hay un terremoto pero no uno causado por la naturaleza sino por los taladros de un batallón de obreros que desde esta mañana invadió el apartamento de encima y empezó a destruirlo sistemática y escrupulosamente.
He sentido a los trabajadores reduciendo a escombros las paredes de concreto y levantando hasta la última pieza de baldosa y madera para dejar el espacio complemente gris y desnudo, tal como vino a este mundo.
He visto por la ventana los camiones que poco a poco se han ido llenando de desechos de construcción y he oído con desconsuelo de boca del portero que los trabajos de renovación del apartamento apenas comienzan. “Tenga paciencia”, me ha gritado Eddie, sin mucha convicción, tratando de ahogar con su voz el estruendo indescriptible de las brocas.
No sé por qué me quejo ahora, si esta debe ser la octava o novena vez en el último año que la plaga destructora ataca este edificio. En Hong Kong lo llaman “renovación” y supongo que se justifica cuando el lugar es antiguo o está deteriorado. Pero ¿por qué “renovar” un apartamento que hace dos años ya había sido “renovado”?
Para hacer felices a los contratistas, en primer lugar. Pero en el fondo –estoy convencida- “renovar” también permite borrar cualquier trazo de la existencia de los antiguos moradores de un apartamento y en una sociedad tan supersticiosa como ésta, el tema de las energías y de lo que atrae la buena o la mala suerte nunca se puede subestimar.
Yo le debo a una amiga que me haya advertido desde antes de mudarme a Hong Kong que le huyera al Feng shui. “Uno sabe cuándo empieza pero no cuando termina. Primero le hacen cambiar de orientación los muebles del cuarto y cuando uno menos se da cuenta ya ha cambiado la casa entera. Ni de peligro”, me avisó.
Yo le hice caso y me reí con condescendencia cuando la funcionaria de la agencia de finca raíz que me mostró este apartamento, me aseguró que el Feng shui del lugar era inmejorable: montaña por un lado, agua por el otro. A mí me interesaba más saber cuánto costaba el mantenimiento y si nos iba a alcanzar el presupuesto para pagar el alquiler ridículo que estaban cobrando.
Han pasado 18 meses desde que llegue a Hong Kong y todavía no he logrado creer en el Feng shui. Es más, todavía me asombra que gente seria como los arquitectos que diseñaron este edificio que queda a cinco minutos del mío, hayan resuelto dejarle un hueco en la mitad para que el dragón que vive en la montaña pueda bajar al mar cada vez que se le ocurre:


O que la aversión por el número cuatro, cuya pronunciación en chino es muy parecida a la de la palabra “muerte”, sea tan común que hasta existe un término para ella: tetrafobia.
O que haya gente que está dispuesta a pagar el equivalente a un millón de dólares para comprar el uso de una placa de tránsito que tenga sus números de la suerte.
Pero allá cada cual con sus creencias.
Volviendo al apartamento de encima: estoy segura de que después de la jornada apocalíptica de hoy ya no debe haber ni una sola nanopartícula de energía que recuerde a sus antiguos habitantes.
Pero como también sé que tan pronto el reloj marque las ocho de mañana los obreros se montarán en sus taladros y empezarán una nueva jornada de trepidación, estoy dispuesta a subir a llorarle al contratista.
Pienso proponerle que prendamos unas velas y que hagamos algunos sahumerios. Estoy dispuesta hasta a ofrecerle que le rezo unos padrenuestros y algunas avemarías para darle más categoría a la oferta.
La verdad es que no tengo muchas esperanzas de poder convencerlo porque cuanto más lo pienso, más lo entiendo: ese contratista al que jamás le he visto la cara tiene un trabajo que muchos quisiéramos tener. Él arregla lo que, para empezar, nunca estuvo dañado.

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