viernes, 24 de octubre de 2008

A dos metros bajo tierra

Recuerdo que cuando era niña le tenía miedo al campo y cualquier invitación a pasar la noche en una finca fuera de la ciudad anticipaba para mí horas de indescriptible terror.
En la oscuridad, mientras todo el mundo descansaba plácidamente, yo me quedaba despierta imaginándome que enterrada bajo la cama, tan cerca que hasta podría tocarla, debería estar la momia de un indio que había vivido en esas tierras antes de que existiera la casa en la que me alojaba. Quizás no había sólo una momia, sino una tribu entera de momias, mortificadas por la presencia invasora de los blancos en su vida y en su muerte. Una especie de versión chibcha del retorno de los muertos vivientes, si me explico.
Lejos en el tiempo y en la distancia de esas pesadillas insomnes, la idea de que el espacio que ocupo ya fue ocupado y re-ocupado por otros seres no ha dejado de inquietarme. Es más, se ha recrudecido desde que vivo en Asia, en donde la historia de las civilizaciones se remonta cinco o seis mil años. En la práctica, eso da como doscientas generaciones de chinos (muertos, se entiende) que bien podrían yacer bajo los cimientos de mi edificio en este preciso momento.
Yo no sé el efecto que esa colección de energías pasadas puede producir en los seres vivos del momento, pero los chinos son muy supersticiosos y hay lugares de Hong Kong vetados por muchos locales por miedo al mal fengshui que tienen.
Uno de esos sitios es un escénico acantilado no lejos de donde vivo, conocido como Eucliff, en donde en diciembre de 1941 el ejército japonés masacró a 53 prisioneros de guerra británicos.
El acantilado está ocupado ahora por un lujoso conjunto residencial y no me sorprendería que algunos de sus habitantes no sepan de los muertos que yacen a sus pies. Yo no les pienso decir, así como espero que nadie me cuente jamás lo que sucedió antes en el predio que ahora ocupa mi edificio.
Lo último que quiero es empezar a tener otra vez las pesadillas delirantes de mi infancia.
A pesar de mis miedos irracionales, admito que una de las cosas que me maravilla de Hong Kong es encontrarme con la historia a cada paso y casi siempre lejos de los museos.
Me pasó el otro día cuando fui a caminar a una colina conocida como Mount Davis y que podría ser apenas un escenario más en mi batalla contra los kilos, si no hubiera sido el escenario de una batalla real: un importante depósito de artillería del ejército inglés bombardeado durante la invasión japonesa.
Las ruinas del depósito han sido cubiertas en parte por la maleza, pero todavía son visibles y estando allí no es difícil imaginarse la tensión entre los británicos que custodiaban el arsenal, al escuchar las noticias del avance de los japoneses en la isla.
Hace poco leí que algunos locales se toman tan en serio lo histórico de Mount Davis, que se disfrazan de soldados y se esconden entre las ruinas a jugar a la guerra. Me parece de un mal gusto indescriptible: ponerse a jugar en el mismo lugar en donde murieron soldados de carne y hueso.
En mi paseo por Mount Davis hace poco, yo me tomé unos minutos para pensar en los hombres que ocuparon esas barracas y recorrí las ruinas con respeto, tratando de no despertar malos sentimientos entre las almas de los caídos.
La verdad, no fue la virtud sino el miedo lo que me motivó. No quiero tener cuentas pendientes con ningunos muertos. Ya tengo bastante con no dejarme atormentar por los que habitan en los bajos de mi apartamento.

5 comentarios:

  1. Parece aterrador ponerse a pensar lo que pasó en el espacio que ocupamos hace algunos minutos, años, milenios. Sin embargo por más aterrador que sea creo que es necesario, ojalá tuviéramos conciencia de lo que pasa a nuestro alrededor, de lo que pasó, de lo que nos gusta, de lo que no. Tal vez así sería más facil construir sueños colectivos que nos hicieran mejores.

    Pero bueno, eso... eso no creo que pase, entonces por ahora te leo, lo disfruto y me imagino eso que no sé y que pasoó a dos metros bajo tierra.

    ¿Qué dirían los arqueólogos de todo esto?

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  2. Gracias por leerme y disfrutarlo. Los arqueólogos no se dedican a especular, como nosotros, sino a buscar. Más útil pero menos poético, supongo.

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  3. Me pusiste a pensar, debajo de mi edificio cabe la posibilidad de encontrar piratas fosilizados o generaciones de cocodrilos.
    Beso

    [ Qué imaginación la tuya ! ]

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  4. Hasta la Atlántida entera podría estar allí...

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  5. Temores de la infancia debe deshacerse, y la historia de su pueblo a recordar. Gracias.
    Saludos cordiales.

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