jueves, 16 de octubre de 2008

En el nombre de (un) Dios

¿Qué será lo que tienen en común esta foto...


...y esta foto?:


Aunque hay una distancia de cuatrocientos años entre una y otra imagen, el paralelo es la violencia a que han sido sometidos sus protagonistas debido a sus creencias religiosas.
En las últimas seis semanas 30 personas han sido asesinadas, tres mil casas incendiadas y más de 130 iglesias destruidas en el estado oriental de Orissa, en la India.
Las víctimas, entre ellas la niña en la foto, son parte del dos por ciento de la población india que profesa el cristianismo, llevado a esas tierras por primera vez en el año 52 por el propio Apóstol Santo Tomás.
Los responsables por los ataques son hindúes, enardecidos por el asesinato en agosto de un venerado sacerdote de su religión que defendía la supremacía del Hinduismo.
Además de matar inocentes y quemar casas e Iglesias, los fanáticos han obligado a miles de cristianos en Orissa a renegar de su fe y, en una especie de invertida versión de la Inquisición, los han forzado a presenciar la quema de sus Biblias y de sus imágenes de Cristo.
El cuadro que se ve en la segunda foto y que por coincidencia me encontré el fin de semana en un museo de Macao -la antigua colonia portuguesa que queda a una hora de Hong Kong- relata una historia parecida.
Se trata de la crucifixión en Nagasaki de 26 sacerdotes, la mayoría japoneses, bajo las órdenes del máximo gobernante de la isla en la época.
Por algún motivo -no será por mi abundancia de fe- la saga de los misioneros y los fieles católicos en el Japón de hace cuatro siglos me produce fascinación y me ha hecho devorarme varios libros sobre el tema.
Lo que me impresiona no es tanto que los creyentes japoneses fueran perseguidos y obligados por el gobierno a pisotear imágenes de Jesucristo y de la Virgen, lo cual era hasta cierto punto previsible.
En realidad, lo que me asombra es esto: que a los misioneros portugueses les haya dado por convencer a los habitantes de esa lejana isla del Pacífico patrullada por temibles samurais, de la conveniencia de que cambiaran de religión.
Sinceramente, no me puedo imaginar lo que debían pensar los japoneses del siglo dieciseis de esos padres y frailes que venían de tierras inimaginables, contando historias de profetas y reinos sobrenaturales.
Aún hoy, en pleno siglo XXI, Japón sigue siendo un lugar remoto en el tiempo y en el espacio. Un planeta aparte de los demás que a pesar de todos los intentos de la civilización occidental, se mantiene triunfalmente a-isla-do.

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