martes, 21 de octubre de 2008

Retratos de un paseo dominguero

Una amiga me habló hoy de la placidez de la escena en la foto que abre este blog: una balsa en el río Li, en la provincia china de Guangxi, en donde la vida transcurre a ritmo parsimonioso.
Como en cualquier lugar, el campo en China tiene un paso muy distinto del de las grandes capitales: Beijing, Shanghai y especialmente Hong Kong, esta ciudad galopante y atropellada en la que todos vivimos de afán, como si alguien nos hubiera puesto una fecha de expiración y tuviéramos las horas contadas.
En el punto medio entre la tranquilidad de Guangxi y el movimiento perpetuo de Hong Kong está Macao, una adormilada península a una hora en ferry de aquí, cuyo aspecto decadente y empobrecido esconde el hecho de que fue la primera y la última colonia europea en territorio chino.
Con el traspaso del control de manos portuguesas a chinas en 1999, la mayoría de los europeos se fue de Macao. Sin embargo, ese carácter un poco tristón tan propio de los lusitanos no se ha ido todavía –aunque los desarrolladores pronto se encargarán de eso- y la ciudad acaba siendo una mezcla rara y encantadora de Oriente y Occidente con una ventaja inmensa: desde los nombres de las calles hasta las advertencias de la Policía pasando por los letreros de las tiendas, los menús de los restaurantes y los avisos en los buses, todo en Macao está escrito en portugués.
No tiene nada que ver que del medio millón de habitantes del lugar apenas dos mil hablen el idioma. Para fortuna de nosotros los nostálgicos, el portugués se resiste a irse de su antigua morada.
Es difícil saber lo que va a pasar con la ciudad, a la que grandes inversionistas locales y extranjeros están tratando de transformar en Las Vegas asiática.
Quizás con lo años todo acabe convertido en un montón de casinos horrendos y relucientes como los que han sido levantados recientemente.
Las calles estrechas a cuyos lados se asientan dulcerías, mercerías y ventas de artículos misceláneos, están seguramente condenadas a desaparecer. Pero mientras eso sucede, espero poder volver a Macao y caminar nuevamente por la Transversal de la Pasión, toparme con el Patio de la Felicidad Eterna y apretar bien fuerte mi cartera cuando pase por la Calle de los Ladrones.
Para quien vive en Hong Kong, Macao es el perfecto paseo dominguero. Hay muchos -la mayoría, en realidad- que sólo van a apostar y no ven más allá de las mesas de Black Jack y las maquinitas de monedas.
Es un desperdicio, porque Macao tiene sabor a viejo y tarde o temprano, las huellas de ese pasado van a desaparecer
Por lo pronto, aquí está lo que se ve en Macao, en un paseo dominguero.

El Museo de la Santa Casa de la Misericordia, que solía albergar huérfanos y prostitutas en el siglo 18:


Partidas en la Plaza Luis de Camoes:



En primer plano, las ruinas de la Catedral de San Pablo, la primera Iglesia de Asia. Al fondo, el monstruoso Casino Gran Lisboa.


Reunión de amigos a la sombra. En China los pájaros, y no sólo los perros, van al parque con sus dueños.


La familia de Danny Lei lleva 130 años vendiendo cocos en el mismo local.


Restaurante.


En fin...la fea belleza de Macao.













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