viernes, 28 de noviembre de 2008

Apocalipsis indio

A esta hora millones de personas en Asia continúan paralizadas frente a sus pantallas de televisión, siguiendo paso a paso el Apocalipsis que terroristas islámicos han desatado en Mumbai, la antigua Bombay, capital financiera de India.
Los ataques se producen a 4 mil kilómetros de aquí pero se sienten cerca, porque hace apenas cuatro días yo misma estaba en Nueva Delhi, asistiendo a una boda cuya crónica feliz todavía estoy escribiendo.
India es el caos conocido, la pobreza insultante y la contaminación que asfixia, pero el odio que motiva esta cruzada sangrienta no se siente en las calles, repletas siempre de gente sonriente y ruidosa.
La noticia de los ataques nos llegó a las 4 de la mañana a través del teléfono, con informes de muertos y heridos, entre los últimos uno de los periodistas que trabaja con Adrián y que estaba cenando en el restaurante Leopold cuando los terroristas desataron la balacera.
A las siete el teléfono empezó a sonar otra vez. Esta vez eran amigos y familia que nos había oído planeando el viaje a la India y sospechaban que hubiéramos quedado atrapados en el incidente.
A las nueve pasé por el supermercado de mi barrio y me encontré con una colega de la ONG para la que trabajo, quien compraba a la carrera para poder volver a su casa a esperar noticias de su esposo norteamericano. Él estaba en el hotel Taj Mahal Palace de Mumbai a la hora del ataque y logró escaparse con su pasaporte antes de que los terroristas lo encontraran.
No pude evitar estar todo el día distraída, pensando en el drama de los rehenes y mezclando las noticias con mis propias memorias de la Toma del Palacio de Justicia de Colombia por un grupo guerrillero en 1985, una acción tan osada y sangrienta como la que tiene lugar en Mumbai, que dejó más de 100 muertos.
Por la noche, cuando regresó del trabajo, Adrián estaba en un estado de ánimo similar, con una extraña sensación de familiaridad con el drama que ocurre lejos en el espacio, pero cerca en las emociones.
El fin de semana pasado, cuando estaba en Delhi, conocí a una señora de unos 70 años. Su nombre es Gini Desai y entre otras cosas, me mostró como bailar Dandiya Raas , una danza típica del estado indio de Gujarat, de donde ella es originaria.
Gini me ilustró sobre historia india, política, poesía, fe... Me insistió en que los dioses se ocupan de todo, por lo que no vale la pena que nosotros nos pre-ocupemos. Me ofreció su casa para la próxima vez que vaya a la India, me prometió mostrarme sus más de trescientos saris y me dio un abrazo y una larga mirada de despedida. "Uno no tiene que pasarse la vida entera con una persona para sentir que la conoce. Nosotras hicimos una conexión. Espero que nos volvamos a ver".
De gente como la señora Desai y no los terroristas que odian indiscriminadamente, se compone la India. Sinceramente, yo también quisiera volverla a ver.

2 comentarios:

  1. Hola, muy agradables tus comentarios y demas articulos. Te felicito, y gracias por ser una Colombiana haciendo quedar bien a esta patria en el exterior. mantas45@gmail.com

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  2. Me hace feliz que estos escritos le lleguen a compatriotas. Es una forma de estar cerca, a pesar de la distancia.

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