domingo, 23 de noviembre de 2008

Pijama urbana

Hace poco, un amigo periodista me dijo algo que me dejó pensando. Dijo que para escribir sobre un lugar, aunque sea un lugar conocido, hay que tratar de verlo como si fuera la primera y también la última vez.
Lo menciono porque es un ejercicio que trato de hacer casi a diario, el de ver la ciudad y el continente en donde estoy como si nos los hubiera visto jamás.
Pero no es fácil porque como sucede con todo, uno termina por acostumbrarse y lo que hace cinco años me habría dejado boquiabierta, hoy me puede pasar desapercibido.
Esta larga introducción se debe a que el viernes fui a buscar un regalo a un elegante centro comercial. Uno de esos lugares pomposos en los que las vendedoras siempre están mejor vestidas que yo y el empleado que se encarga de abrir y cerrar la puerta tiene un aire dignificado, como si la Reina Isabel de Inglaterra lo acabara de nombrar caballero del Imperio.
En ese preciso lugar, entre un almacén de Dunhill y otro de Ralph Laurent, vi el viernes a un anciano que caminaba impasible en pijama y pantuflas.
Alcancé a dar varios pasos antes de que mi cerebro procesara la incongruencia y entonces di media vuelta para poder verlo bien.
No había nada raro en él: no parecía un loco suelto del manicomio ni un abuelo senil que se le había escapado al nieto. Era un cliente como cualquiera, examinando con atención la ropa colgada en las vitrinas.
No me atreví a sacar la cámara por miedo a interrumpir su paseo matinal y seguí mi camino contenta con la idea de que toda la modernidad y el bombardeo cultural al que somete Occidente a Oriente, no han logrado acabar con la costumbre china de salir a la calle en pijama.
Hay quienes aseguran que lejos de estar desapareciendo, el uso de pijamas en la calle en ciudades como Shanghai está en aumento. Las usan los que van de camino al baño público, los que tienen mucho calor o los que quieren demostrar que su presupuesto es tan holgado, que hasta les da para comprar ropa de noche.
Al gobierno chino la idea no le gusta nada y aprovechó la celebración de los Juegos Olímpicos en Beijing en agosto pasado, para sugerir que sus ciudadanos se vistieran en público como el Partido manda.
Pero la gente sigue saliendo en pijama, sin motivo y porque quiere.
Es una escena tan común, que el fotógrafo Justin Guariglia, cuyo trabajo ha aparecido publicado en National Geographic y otros medios prestigiosos, le dedicó un capítulo entero en su reciente libro Planet Shanghai.
Es una lindísima colección de fotografías que captura un momento de la historia china. Un testimonio de algo que ahora está ahí, pero quien sabe si estará mañana.
No sé nada de Guariglia y tal vez no hace falta. Basta con ver sus fotografías para darse cuenta de que es alguien que mira la realidad como si fuera la primera y la última vez. Aquí su serie de pijamas urbanas:













2 comentarios:

  1. Hola, estuve en China durante los Olímpicos y no tuve la oportunidad de verlos en pijama... lástima, de tener una foto así montada en facebook habría tenido millones de comentarios.

    Tuve la oportunidad de conocer Hong Kong y me encantó!

    Me gustó mucho leerte... un abrazo.
    Nathalie

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