lunes, 9 de febrero de 2009

Confesión

Yo no había querido decir nada porque todo el mundo tiene derecho a su privacidad, pero llega un momento en que uno no se puede quedar callado y desafortunadamente ese momento ha llegado para mí.
Yo llevo dos años aquí haciéndome la boba, actuando como si nada pasara, poniendo la misma cara de inocente que tienen los habitantes de los otros 39 apartamentos de mi edificio, como si no fuera la única que es consciente de la realidad, la dueña de una verdad que al revelarla puede cambiar para siempre el curso de las cosas.
Dos años prometiéndome que no voy a decir una palabra, en parte por respeto a una decisión que no me corresponde juzgar, pero también –tengo que confesarlo- por miedo a las consecuencias que inevitablemente una noticia como ésta va a desatar.
Lamentablemente creo que ha llegado el momento de poner la verdad por encima de cualquier consideración, por delicada e incómoda que ella sea. Y que pase lo que tenga que pasar.
La verdad, estimado lector, es que esa persona que comanda multitudinarias manifestaciones en las calles de Caracas y se sienta en el lecho de enfermo de Fidel Castro a darle sopita. Ese individuo que insulta a los presidentes del mundo civilizado mientras se abraza con Ahmadinejad. Ese que se siente Robin Hood porque dizque libera a rehenes de las Farc mientras les regala petróleo a los pobres, ese señor que se autodenomina Hugo Chávez, Presidente de Venezuela, es un impostor.
Yo lo sé por el motivo más evidente e incontrovertible de todos y es que Hugo Chávez, el verdadero Hugo Chávez, trabaja como portero en mi edificio.
Yo no sé en qué momento Chávez decidió escapar del infierno que debe ser actuar como Presidente en su país (y sinceramente no lo culpo) pero a mí me bastó verlo una sola vez, una fría noche de invierno, para darme cuenta de la farsa.


Todo en él lo delataba: su porte militar, su presencia imponente a pesar de su corta estatura, su inconfundible boina.
Lo saludé desde mi carro cuando me abrió la puerta tratando de que no leyera en mi cara que lo había reconocido y subí corriendo al apartamento, el corazón desbocado, tratando de decidir qué hacer.
Quería llamar a alguien pero no se me ocurría a quien. Tenía miedo de que él, Hugo, se diera cuenta de que había sido yo, la recién llegada, la que lo había delatado. ¿Habría percibido que yo era latina? Improbable. Era de noche y estaba oscuro. ¿Y si me lo encontraba de frente en un pasillo, sería capaz de disimular?
Pasé unos días infernales, aterrorizada de dejar mi apartamento, tratando de averiguar las horas de entrada y de salida de Chávez. Poco a poco me fui tranquilizando y me convencí de que él no sospechaba que yo sospechaba.
Con el tiempo, me hice amiga del jefe de porteros y fui acopiando información. Chávez se hace pasar por celador y trabaja por una empresa que recluta Gurkhas, los famosos soldados nepaleses herederos de una brigada que sirvió en el ejército británico hace más de un siglo. Una placa en su pecho lo identifica como Gurung Magrash.
Trabaja en el turno de la noche pero nadie en el edificio sabe a qué se dedica durante el día. Yo les puedo decir a qué se dedica, pero mucho me temo que no me van a creer. Cómo me lo imagino sentado en su puesto de mando en una oscura oficina de Hong Kong hablando por teléfono, planeando el próximo complot, dándole órdenes a su doble en el Palacio de Miraflores sobre su próximo jugada.
Yo venía buscando la oportunidad perfecta para desenmascararlo y se me presentó ayer, cuando salí temprano a hacer fotografías por los alrededores. Chávez estaba a punto de irse y cuando lo vi, le pregunté sin pensar si le podía hacer una foto.
Su ego pudo más y asintió sonriente.


"Te tengo", pensé. Era la prueba que necesitaba.
Volví corriendo al apartamento a esconder la tarjeta de memoria de la cámara, antes de que los servicios secretos venezolanos descubrieran lo sucedido y vinieran a buscarme. Revisé la fotografía. No había duda: tenia que ser el mismo.


Los servicios secretos no han venido y si vienen ya no me importa, porque a esta hora ya todo el mundo debe saber que el supuesto héroe bolivariano no es más que un farsante al que las masas equivocadas le rinden pleitesía.
Hace un rato bajé al garaje y aproveché para espiar al coronel. Se veía tranquilo y confiado, como siempre, haciendo sus rondas nocturnas.
Sentí un poco de compasión. Me dio no sé qué verlo ahí, inocente, sin tener ni idea de que sus días de anonimato están contados.

2 comentarios:

  1. seria un gran alivio para lo venezolanos que estuviera Chavez en HK

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  2. No sé qué pensaría si tuviera a Chavez de portero en mi casa en Colombia. Pero lo cierto es que estando tan lejos tener supongo que independientemente de todo me haría su amiga, escudriñaría un poco más en saber lo que piensa, por qué se fue... y seguramente al final tendría una visión más clara de mi portero y de mi misma. Es más... sería mejor no esperar a que Chavez fuera mi portero y hablar hoy mismo con el del turno nocturno de mi casa ¿quién será realmente?

    Abrazo,

    RDS

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