lunes, 27 de abril de 2009

Ojo a la tentación antiimperialista

Una cosa me llamó la atención la semana pasada cuando leí en el periódico El Tiempo de Colombia el anuncio de que Corea del Norte va a reanudar su programa de armamento nuclear: no fue la noticia porque ya la había visto en los medios locales, sino los comentarios de los lectores del periódico.
Los comentaristas lamentaron la decisión norcoreana de reactivar una planta que produce plutonio, pero otros la celebraron con el argumento de que otro país nuclear representa un contrapeso bienvenido para Estados Unidos.
Yo sé que el antiimperialismo es un reflejo innato en nosotros los latinoamericanos y que Estados Unidos ha hecho méritos para ganarse ese resentimiento, pero es importante aclarar la confusión: que Corea del Norte tenga armas de destrucción masiva no hace del mundo un lugar más equilibrado, sino uno mucho más peligroso.
La Corea comunista acostumbra a aumentar sus amenazas cuando quiere mejorar sus condiciones de negociación, me explicó el profesor Baohui Zhang, un especialista en temas de seguridad de la Universidad Lingnan de Hong Kong. Puede que este sea el caso, pero con un régimen tan hermético e impredecible, cualquier análisis es siempre un ejercicio de adivinación.
Ningún estado debería desarrollar armas que ponen en peligro el futuro de la humanidad y mucho menos Corea del Norte, un país gobernado desde hace 60 años por una dinastía estalinista que prefiere dejar morir de hambre a su población antes que desistir de sus ambiciones militaristas.
Corea del Norte es la nación más pobre del Este Asiático y sus habitantes viven en un régimen de aislamiento y terror que no les ha permitido enterarse todavía de que la guerra fría se acabó a comienzos de los noventa.
Su dirigente, Kim Jong-il, es un tirano excéntrico y vanidoso, amante del brandy y la buena comida, que mantiene cientos de miles de prisioneros políticos en campos de detención al estilo de los gulags de la era soviética.
El “Querido Líder”, como se hace llamar Kim, derrama lágrimas en público por el estado lamentable en que viven sus gobernados, mientras les explica que todo ese dinero que debería ser destinado a mejorar su nivel de vida, es necesario para alimentar su insaciable maquinaria bélica.
El problema con que Corea tenga tecnología nuclear no es sólo que la pueda utilizar para atacar a otros países. De hecho, un cohete de largo alcance que disparó la semana pasada mostró que todavía está lejos de ser una amenaza real, aunque se está acercando.
El riesgo más inmediato, es que con esa tecnología ha ayudado a armarse a otros estados antidemocráticos –Irán, Pakistán, Siria y Sudán son algunos de sus clientes- y lo seguirá haciendo mientras siga desesperado por recursos y no tenga fuentes legítimas para conseguirlos.
¿Será que Corea del Norte es el contrapeso que necesita Estados Unidos? Claro que no. Hay que cuidarse de la tentación antiimperialista y mirar bien con quién se alinea uno, en lugar de pensar que la solución al armamentismo nuclear es que más países se armen.
Naturalmente que para que esa noción equivocada de justicia no se popularice las potencias nucleares, especialmente Estados Unidos y Rusia que poseen el 95 por ciento del total del arsenal del planeta, deben emprender en serio un proceso de desarme. Sin esa autoridad moral, jamás van a convencer a Corea y a otros regímenes como Irán de que no tienen necesidad de armarse.
No hay evidencia de que el arsenal nuclear en manos de un país democrático es menos peligroso que el que está en poder de un gobierno autoritario, pero la idea de que en un futuro no muy lejano el dictador Kim Jong-il o uno de sus hijos pueda representar una seria amenaza para Asia –si no para toda la humanidad- es inquietante, por decir lo menos.

Columna publicada en El Tiempo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Déjame un comentario