jueves, 30 de abril de 2009

Un encuentro con la fama

Hace unos años, cuando todavía vivía en Tokio, estaba parada en la antesala de un templo en donde unos actores hacían una representación teatral.
Como no entendía casi nada de lo que decían acabé distrayéndome mirando a los otros espectadores, hasta que mis ojos se detuvieron en un hombre solo que miraba concentrado el escenario.
Era Tom Hanks.
No tenía guardaespaldas, ni fotógrafos que lo seguían. Simplemente estaba parado ahí, como cualquier otro miembro del público.
Yo traté reaccionar con naturalidad, pero no podía dejar de mirarlo. Me daba vergüenza importunarlo en ese raro momento de anonimato, pero su figura a pocos pasos de mí era como un imán del que no me podía despegar.
Cuando se cansó de mirar a los actores y se alejó de donde yo estaba, busqué con nerviosismo mi teléfono móvil y marqué el número de mi marido. ¡Necesitaba contarle a alguien que había visto a Tom Hanks!
Estoy segura de que no estoy sola en mi fascinación por la gente famosa y por eso me atrevo a confesar que el otro día, cuando recibí una invitación para acreditarme para la entrega de los Premios Del Cine Asiático aquí en Hong Kong, me emocioné.
Yo sabía que no eran los Óscares pero estaba segura de que habría una que otra estrella y quién sabe si cumpliría por fin mi sueño dorado de ver en persona a Jackie Chan. Por lo menos tenía que tratar.
Después de acreditarme, que era lo urgente, pasé a lo importante: decidir la ropa que iba a usar.
No quería ponerme tacones porque sospechaba que iba a pasar horas de pie viendo pasar a las luminarias en medio de correrías y empujones, como sucede siempre que se juntan más de cinco periodistas.
Tampoco podía estar muy informal porque si las cámaras me llegaban a enfocar o –peor aún- si Jackie se me llegaba a acercar, me delataría en mi inmensa cortedad.
¿Vestido? No, demasiado serio ¿Pantalones? Muy aburrido ¿Jeans? Claro que no.
Opté por una faldita señorera, blusa blanca y unas sandalias bajas. También me maquillé lo mejor me pude, así cuando se me acercara una de esas actrices con piernas de dos metros y cara perfecta, me sentiría menos horripilante.
Llegué temprano y logré apostarme en primera fila, inmediatamente detrás de las barreras que había colocado la Policía.
No bien me había instalado en mi lugar, cuando sentí que alguien trataba de sacarme de mi recién conquistado metro cuadrado.
Me di vuelta furibunda y me enfrenté cara a cara con una china de unos 35 años, que cámara en mano avanzaba para apoderarse de mi lugar.
Actuaba sin agresividad, como si no se diera cuenta de que yo ya estaba ahí, con esa forma olímpica que los chinos tienen de ignorar al que está parado delante de ellos en la fila.
Yo, que en cambio sí era consciente de su existencia, la empujé de vuelta sin vacilar. Confieso que no fue muy señorial, pero me vino bien desquitarme de las miles de veces que me han arrollado, empujado y atropellado los peatones de esta ciudad en la que el codazo es una forma de vida.
Casi una hora después, cuando ya los pies me empezaban a doler, comenzaron a llegar las luminarias.
Todavía no me repongo de la desilusión.

Primero desfilaron discretas estrellitas de películas desconocidas a las que nadie tenía interés en entrevistar…



Luego personajes extraños que por una razón que escapa a mi entendimiento, se han hecho un lugar en el mundo del espectáculo...



Actrices con singular sentido de la moda…



Actrices con aún más singular sentido de la moda...



Actrices de dos metros y cara perfecta...



Y lo peor: muchos galanes que no lo eran...







No había Jackie Chan ni Takeshi Kaneshiro (el de La Casa de las Dagas Voladoras) y lo más parecido a Hollywood que sucedió en toda la noche fue cuando apareció por ahí Oliver Stone.
En todo caso admito que lo disfruté. Ese roce con la fama, aunque ni siquiera me supiera el nombre de los famosos, me hizo sentir linda y glamorosa. Pisé el tapete rojo y sentí los flashes de las cámaras... no estuvo mal para un simple martes por la noche.

2 comentarios:

  1. jajaja me reí mucho con lo del "empujoncito" por alguna razón es tan pero tan normal! Creo que ya te acostumbraste y sin necesidad de pedir mucho permiso, pedir disculpas, tratar de ser delicada al pasar, cuando quieras colarte en la fila, sentarte en el filo de una silla, o simplemente que te dejen avanzar, los empujas, y ya, ellos no se enojan ni te miran feo.
    No por ser cortés ni bacán, creo que no necesitas el tapete rojo ni los flashes.

    ResponderEliminar

Déjame un comentario