miércoles, 4 de enero de 2012

Lecciones

Nueva York.- Por si faltaran evidencias de que el crecimiento mundial está siendo liderado por Asia, un dato reciente que da mucho para pensar: el número de estudiantes chinos en pregrado en universidades de Estados Unidos aumentó 43 por ciento en el ultimo año, mientras que los ciudadanos chinos matriculados en estudios de postgrado subió 23 por ciento. En este momento, uno de cada cinco estudiantes internacionales en EEUU proviene de China, uno de cada siete de la India y uno de cada diez de Corea del Sur.
La presencia de estudiantes asiáticos en las universidades norteamericanas no es nueva –hace dos o tres décadas el mayor influjo era de japoneses- pero el actual salto en las matrículas de estudiantes chinos muestra que a medida que China gana poder, un porcentaje mayor de su población aspira a recibir la que es considerada la mejor educación universitaria del mundo.
Siguiendo este tema, me puse a leer las reacciones de los lectores estadounidenses a la noticia de que casi 160 mil chinos entraron a universidades de este país en el ultimo año y lo que encontré me sorprendió. Lejos de pensar que agregarle diversidad a la comunidad estudiantil la hace menos parroquial y ayuda a sus miembros a desenvolverse en un mundo globalizado, muchos de quienes comentaron el hecho, ven la oleada de estudiantes asiáticos como una amenaza.
No basta, dicen, con que los trabajadores chinos estén acabando con los empleos de millones de nortamericanos, sino que la superioridad educativa del país está siendo compartida, y posiblemente mejor aprovechada, por un número creciente de extranjeros que tiene los recursos para costearla.
Argumentan también que los estudiantes foráneos y en particular los asiáticos, son los responsables por el aumento a niveles estratosféricos de las matrículas universitarias, lo que ha hecho cada vez más inalcanzable la educación de primera calidad para la población en general. Muchos comentarios parecen puro y simple racismo, pero creo que en el fondo todos reflejan el miedo creciente a que China siga ganando terreno frente a Estados Unidos. Eso, si bien es entendible, tambien es un error.
Anque es verdad que las universidades norteamericanas se benefician de tener estudiantes de afuera que, al contrario de los locales, pagan matrícula plena y rara vez reciben becas o préstamos, las bondades de tener un alumnado diverso van más allá.
Para empezar, les da a los estudiantes locales una ventana al mundo que de otro modo no tendrían, porque hay que recordar que apenas un tercio de todos los estadounidenses ha sacado alguna vez el pasaporte.
Además, quienes se gradúan y vuelven a sus países de origen, lo hacen con una nueva comprensión del mundo y eso en el caso de China, en donde impera el hermetismo, es invaluable. No es exageración decir que el estudiante chino de hoy puede convertirse en el socio comercial de mañana.
Más importante todavía es que muchos de los graduados acaban quedándose en Estados Unidos, o sea que los beneficios de la educación que recibieron (y por la cual pagaron) nunca sale de aquí y a larga acaba traduciéndose en innovación y creación de empleos. Quienes desde foros de internet en Estados Unidos piden que los estudiantes chinos sean devuelto al cabo de sus estudios, están jugando en contra.
La antipatía por los chinos es circunstancial y lo mismo pasaría con los latinoamericanos si la oleada de estudiantes extranjeros viniera de nuestros países, pero ese no es el caso. De hecho, el número de estudiantes latinoamericanos en Estados Unidos bajó 2,2 por ciento en el último año. Entre México, Brasil, Colombia y Venezuela, los países que más estudiantes exportan a los EEUU, las cifra en el 2010 no llegó a 35,000.

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